Desafíos del docente
DE LA NECESIDAD surge el cambio y éste, a su vez, no es más que el mejoramiento de lo anterior, es su síntesis. Parece ser lo más absoluto en nuestra existencia.
Al finalizar el siglo XX nos encontramos con una realidad científica y cultural diferente, en donde la tecnología impuso uno de los ritmos de crecimiento y desarrollo más acelerados en toda la historia de la humanidad. Se han derrumbado muchas hipótesis en el terreno de las ciencias sociales y naturales; se ha revolucionado el conocimiento biológico del ser humano; el desciframiento del genoma humano, la ingeniería genética en fin el ascenso de la era digital en todas sus manifestaciones.
Además de los avances en la calidad de vida, que todo esto ha provocado, en miles de personas y sociedades, también coexisten formas o modelos de sociedades que viven en el más inhumano atraso social. Las cifras y estadísticas sobre los índices de desarrollo humano así lo demuestran.
Grandes revoluciones en el pensamiento y creación científica, política, cultural son las principales señales y evidencias del desarrollo de las fuerzas productivas y sus bienes culturales tecnológicos. Realmente esto ha sido tremendo. La voluntad del ser humano, la curiosidad y la creatividad nos han llevado a trascender lo inimaginable.
El docente de este siglo debe aprender del docente del siglo pasado que supo ingeniárselas para cumplir con los objetivos que hoy vemos hecho realidad. Han sido ellos los artífices de estas grandes transformaciones, no podemos menospreciar su labor entendida dentro de sus contextos y opciones epistemológicas que de alguna forma han movido los motores del devenir del pensamiento y creaciones humanas.
Nos queda a las actuales generaciones continuar, aunque parezca una tarea difícil o de "otra gente", promover los aprendizajes y vivir los cambios. Es el momento de empezar a interiorizar que la educación permanente y continua no significa una sucesión de grados, títulos y cargos académicos. Va más allá, es la capacidad y la voluntad de estar presente en todos los cambios que se requieren para caminar paralelo al desarrollo de las fuerzas productivas y los que se están produciendo en las escuelas. Esto demanda de un educador consciente de su función, de su papel de mediador y partero de los saberes en la sociedad. Él es parte de un andamiaje llamado superestructura en la que él o ella son responsables por lo que ocurra en el devenir de los pueblos. Por ello, el educador del siglo XXI, mandatoriamente, debe ser un individuo nacional e internacional, un ciudadano del mundo con los pies en la tierra, libre de dogmas enajenantes, comprometido con su fe en la educación. Esto requiere de un trabajo acompañado de una ética del desarrollo y la inteligencia, que nos haga responder por nuestros actos y asumir nuestras responsabilidades de manera proactiva, asertiva y autónoma.
El docente debe vivir los valores de manera afectiva, ser ejemplo de trabajo y compromiso. Para ello, requiere ser un verdadero ingeniero social, debe escudriñar los secretos de la tierra y el espacio (ciencias de la naturaleza); conocer los problemas que aquejan a sus semejantes y poder elaborar hipótesis sobre sus posibles causas y presentar soluciones sobre la base de supuestos lo más objetivos posibles. Son grandes las tareas de este educador, pero de nada servirá la promoción de valores educativos, tecnológicos y didácticos si realmente no existe la autoconciencia y autoconocimiento de la razón de ser un educador, que ignora lo que ocurre en su entorno y no propone soluciones.
Por este motivo, la educación permanente y continua rompe con la visión estrecha y egoísta de la colección de cargos y diplomas. Es estar presente en la distribución de las tareas nacionales y mundiales para llevar luz donde hay oscuridad; llevar la paz y la armonía en donde hay perturbación y ser parte de la solución de las contradicciones. Si no se está dispuesto a asumir esa responsabilidad profesional es mejor buscar otros derroteros en donde podamos brindar y entregar nuestros mejores esfuerzos.
El docente enfrenta, entonces, grandes desafíos no sólo al final del siglo XX y el presente, ha sido siempre, y no depende de esquemas pesimistas de fin del mundo construidos por nosotros. Debe reconstruir el papel de las escuelas universidades y sus caducas esquemas administrativos y adecuarlos claro está a la promoción del aprendizaje permanente en donde éste sea realmente la materia prima por excelencia y la inteligencia el insumo inequívoco del proceso de enseñanza y aprendizaje.
El poder de las nuevas sociedades está en esa gran competencia humana que para muchos pensadores educativos no es más que "la capacidad y disposición de aprender" esa es la gran cualidad que debemos cultivar todos los trabajadores de la educación del presente siglo y por ende en los procesos educativos. Inclusive todos los que tengan una función relacionada con el progreso de la humanidad no deben perder de vista este principio.
"El maestro ha dicho" tuvo sus méritos y tiene su sitial en nuestra historia humana. Hoy las ciencias naturales y sus métodos nos ponen como punto de encuentro el tratar de explicar o entender realidades físicas o metafísicas no con la esperanza de la certeza sino de la incertidumbre, siempre en espera de nuevas formas o estados físicos y sociales. Es decir, las verdades absolutas lo son hasta que ellas misma nos brinden su propia y siguiente contradicción y surja la necesidad de reelaborar sus hipótesis.
El espacio del conocimiento humano actual ha trascendido los límites del temor a los grandes héroes y dioses, todos han sido renovado con el transcurrir del tiempo y reemplazados por otros. Sólo basta recordar a los del Olimpo, y es exactamente eso, solo recordar, es historia o mitología. Es un punto sensitivo para el educador del siglo XXI, sin embargo ser escéptico no lo convertirá en hereje pero sí en buscador constante de su propia sabiduría y libertad.
aalvarado@ois.edu.pa
Al finalizar el siglo XX nos encontramos con una realidad científica y cultural diferente, en donde la tecnología impuso uno de los ritmos de crecimiento y desarrollo más acelerados en toda la historia de la humanidad. Se han derrumbado muchas hipótesis en el terreno de las ciencias sociales y naturales; se ha revolucionado el conocimiento biológico del ser humano; el desciframiento del genoma humano, la ingeniería genética en fin el ascenso de la era digital en todas sus manifestaciones.
Además de los avances en la calidad de vida, que todo esto ha provocado, en miles de personas y sociedades, también coexisten formas o modelos de sociedades que viven en el más inhumano atraso social. Las cifras y estadísticas sobre los índices de desarrollo humano así lo demuestran.
Grandes revoluciones en el pensamiento y creación científica, política, cultural son las principales señales y evidencias del desarrollo de las fuerzas productivas y sus bienes culturales tecnológicos. Realmente esto ha sido tremendo. La voluntad del ser humano, la curiosidad y la creatividad nos han llevado a trascender lo inimaginable.
El docente de este siglo debe aprender del docente del siglo pasado que supo ingeniárselas para cumplir con los objetivos que hoy vemos hecho realidad. Han sido ellos los artífices de estas grandes transformaciones, no podemos menospreciar su labor entendida dentro de sus contextos y opciones epistemológicas que de alguna forma han movido los motores del devenir del pensamiento y creaciones humanas.
Nos queda a las actuales generaciones continuar, aunque parezca una tarea difícil o de "otra gente", promover los aprendizajes y vivir los cambios. Es el momento de empezar a interiorizar que la educación permanente y continua no significa una sucesión de grados, títulos y cargos académicos. Va más allá, es la capacidad y la voluntad de estar presente en todos los cambios que se requieren para caminar paralelo al desarrollo de las fuerzas productivas y los que se están produciendo en las escuelas. Esto demanda de un educador consciente de su función, de su papel de mediador y partero de los saberes en la sociedad. Él es parte de un andamiaje llamado superestructura en la que él o ella son responsables por lo que ocurra en el devenir de los pueblos. Por ello, el educador del siglo XXI, mandatoriamente, debe ser un individuo nacional e internacional, un ciudadano del mundo con los pies en la tierra, libre de dogmas enajenantes, comprometido con su fe en la educación. Esto requiere de un trabajo acompañado de una ética del desarrollo y la inteligencia, que nos haga responder por nuestros actos y asumir nuestras responsabilidades de manera proactiva, asertiva y autónoma.
El docente debe vivir los valores de manera afectiva, ser ejemplo de trabajo y compromiso. Para ello, requiere ser un verdadero ingeniero social, debe escudriñar los secretos de la tierra y el espacio (ciencias de la naturaleza); conocer los problemas que aquejan a sus semejantes y poder elaborar hipótesis sobre sus posibles causas y presentar soluciones sobre la base de supuestos lo más objetivos posibles. Son grandes las tareas de este educador, pero de nada servirá la promoción de valores educativos, tecnológicos y didácticos si realmente no existe la autoconciencia y autoconocimiento de la razón de ser un educador, que ignora lo que ocurre en su entorno y no propone soluciones.
Por este motivo, la educación permanente y continua rompe con la visión estrecha y egoísta de la colección de cargos y diplomas. Es estar presente en la distribución de las tareas nacionales y mundiales para llevar luz donde hay oscuridad; llevar la paz y la armonía en donde hay perturbación y ser parte de la solución de las contradicciones. Si no se está dispuesto a asumir esa responsabilidad profesional es mejor buscar otros derroteros en donde podamos brindar y entregar nuestros mejores esfuerzos.
El docente enfrenta, entonces, grandes desafíos no sólo al final del siglo XX y el presente, ha sido siempre, y no depende de esquemas pesimistas de fin del mundo construidos por nosotros. Debe reconstruir el papel de las escuelas universidades y sus caducas esquemas administrativos y adecuarlos claro está a la promoción del aprendizaje permanente en donde éste sea realmente la materia prima por excelencia y la inteligencia el insumo inequívoco del proceso de enseñanza y aprendizaje.
El poder de las nuevas sociedades está en esa gran competencia humana que para muchos pensadores educativos no es más que "la capacidad y disposición de aprender" esa es la gran cualidad que debemos cultivar todos los trabajadores de la educación del presente siglo y por ende en los procesos educativos. Inclusive todos los que tengan una función relacionada con el progreso de la humanidad no deben perder de vista este principio.
"El maestro ha dicho" tuvo sus méritos y tiene su sitial en nuestra historia humana. Hoy las ciencias naturales y sus métodos nos ponen como punto de encuentro el tratar de explicar o entender realidades físicas o metafísicas no con la esperanza de la certeza sino de la incertidumbre, siempre en espera de nuevas formas o estados físicos y sociales. Es decir, las verdades absolutas lo son hasta que ellas misma nos brinden su propia y siguiente contradicción y surja la necesidad de reelaborar sus hipótesis.
El espacio del conocimiento humano actual ha trascendido los límites del temor a los grandes héroes y dioses, todos han sido renovado con el transcurrir del tiempo y reemplazados por otros. Sólo basta recordar a los del Olimpo, y es exactamente eso, solo recordar, es historia o mitología. Es un punto sensitivo para el educador del siglo XXI, sin embargo ser escéptico no lo convertirá en hereje pero sí en buscador constante de su propia sabiduría y libertad.
aalvarado@ois.edu.pa