Desarrollo social
A raíz de la muerte de 17 niños indígenas en la comarca Ngöbe Buglé, resulta que todos se han convertido en expertos en ese problema y no hay quién hable de ellos con propiedad. Pues, a nadie le importa con lo que les sucede.
Empezamos porque, en su momento, el presidente Pérez Balladares les entregó una gran cantidad de tierra para que se encerraran en sus comarcas a morir o sobrevivir, llenos de enfermedades, sin atención médica ni educación, sin empleos y mucha hambre. Si se los hubiera incluido a la civilización, a vivir entre nosotros, otro pájaro cantaría. Encima, no queremos que los niños trabajen como siempre lo han hecho. Es que no hemos sabido solucionarles sus problemas y ahora hablamos en su nombre como sabiondos.
Las escuelas, la salud, los empleos, las viviendas están de este lado y, aunque sus tierras pertenecen a Panamá, son de ellos y no del país. Podemos agradecer que los indígenas son pacíficos y se comen su propia miseria sin chistar. Los hemos relegado a ser paupérrimos, enfermos, nómadas y con una vida indigna, infrahumana. Nadie los recuerda si no existe un gran problema que nadie desea. ¿Hasta cuándo permitiremos los panameños que esos compatriotas sobrevivan? Ellos pueden conservar sus costumbres entre nosotros, pero sin hambre y con salud. ¿No les ha pasado a otras etnias que no han perdido sus costumbres y viven entre nosotros?
Mientras los gobiernos no quieran arreglar ese problema e incluirlos a la civilización; mientras a nadie le importe con los indígenas sin hipocresía y acabemos con la discriminación en que viven, habrá dos Panamá, la civilizada y la de ellos, sin esperanzas de una vida digna.
Hagamos algo para que sean tan panameños como nosotros y se sientan iguales.