Desconcierto y falta de claridad
En cualquier ámbito de reflexión se coincide en la complejidad de la crisis actual. Porque no sólo se habla de la falta de perspectivas económicas, sino de una gran debilidad política, que sin dudas, agrega a la angustia económica, la inseguridad institucional y la falta de contención del gasto por parte del poder público. Y es que con un Estado más ausente que nunca, no hay forma de aliviar siquiera el enorme dolor de los marginados, de los que no logran insertarse en el sistema económico o, peor aún, de los que diariamente son expulsados del mercado.
Pero la falta de claridad, el desconcierto imperante es producto de la propia dimensión que ha adquirido la crisis, sumado a la ineptitud gubernamental. Basta con pensar que, hasta hace pocos días, imaginar que el índice de la corrupción alcanzara los 3.7 de un máximo de 10, era pensar en un país inviable. Hoy, se festeja o se siente alivio, porque el país está mejor que la mayoría de nuestros vecinos latinoamericanos o en el punto medio de una lista de casi 100 países del mundo evaluados.
Un claro ejemplo de la confusión enunciada es que el programa económico se fundamenta en el recobro viable de las finanzas públicas mediante la aplicación de un severo ajuste fiscal, como condición necesaria de los organismos multilaterales de crédito que facilitan el otorgamiento de préstamos a los países en desarrollo.
Recientemente, el Ministro de Economía y Finanzas destacó la decisión del Ejecutivo de autorizar la emisión de bonos por más de 245 millones de dólares. Lo grave de esto es que la incertidumbre ronda, y una operación de esta naturaleza en medio de una recesión como la nuestra sería tan inconveniente como que, en la mitad del proceso de ordenar la casa, sus habitantes le prendan fuego.
La tarea primordial es volver a recuperar la confianza. Pero no a través de acciones mediáticas y vacías, sino de hechos concretos que en lugar de conformar a las instituciones financieras internacionales, satisfagan a la gente. Porque tal es la confusión que refleja la realidad que si la Presidenta promete hoy más ajustes y controles, y mano dura contra la corrupción, tal vez calmará los mercados, pero no así al pueblo que después de 22 meses de aguantarse a la actual administración, todavía espera que llegue el cambio.
Pero la falta de claridad, el desconcierto imperante es producto de la propia dimensión que ha adquirido la crisis, sumado a la ineptitud gubernamental. Basta con pensar que, hasta hace pocos días, imaginar que el índice de la corrupción alcanzara los 3.7 de un máximo de 10, era pensar en un país inviable. Hoy, se festeja o se siente alivio, porque el país está mejor que la mayoría de nuestros vecinos latinoamericanos o en el punto medio de una lista de casi 100 países del mundo evaluados.
Un claro ejemplo de la confusión enunciada es que el programa económico se fundamenta en el recobro viable de las finanzas públicas mediante la aplicación de un severo ajuste fiscal, como condición necesaria de los organismos multilaterales de crédito que facilitan el otorgamiento de préstamos a los países en desarrollo.
Recientemente, el Ministro de Economía y Finanzas destacó la decisión del Ejecutivo de autorizar la emisión de bonos por más de 245 millones de dólares. Lo grave de esto es que la incertidumbre ronda, y una operación de esta naturaleza en medio de una recesión como la nuestra sería tan inconveniente como que, en la mitad del proceso de ordenar la casa, sus habitantes le prendan fuego.
La tarea primordial es volver a recuperar la confianza. Pero no a través de acciones mediáticas y vacías, sino de hechos concretos que en lugar de conformar a las instituciones financieras internacionales, satisfagan a la gente. Porque tal es la confusión que refleja la realidad que si la Presidenta promete hoy más ajustes y controles, y mano dura contra la corrupción, tal vez calmará los mercados, pero no así al pueblo que después de 22 meses de aguantarse a la actual administración, todavía espera que llegue el cambio.