Desempleo y miseria en la tierra del banano
A pesar de su desventura son precisamente sus seis pequeños su razón de vida y su mayor orgullo. “Gracias a Dios, mi hija, la de 12, se graduó este año y a los demás, de algún modo, los volveré a enviar a la escuela”.
Sin embargo, cada mañana es una cruda batalla por la incertidumbre de no saber si sus hijos podrán asistir a la escuela, porque “yo no puedo mandarlos con hambre”, nos dijo e inclinó la cabeza para evitar ser descubierta en medio de su emotividad.
Al levantarla, volvió aquel temple y continuó su relato. “Nadie me ayuda, yo sola hago lo que puedo para mantener a mis hijos”.
Pero a pesar de que es precisamente su precaria situación lo que en ocasiones le impide a sus niños cumplir con su horario escolar, Bélgica nos confesó que “me da pena decirle a la maestra que no los mando porque no tengo que darles en el desayuno” y de inmediato señaló “pero ella ya debe imaginarse”.
Clemente Torres, de 32 años y cinco varones, no es ajeno a la realidad de su vecina, Bélgica. Su casa lucha también por no caer. Las cañazas suplican a gritos un reemplazo y el zinc parece haberle pedido tregua a varios inviernos para no sucumbir.
Desde el 97 está tras un PARVIS y al igual que Bélgica no ha recibido respuesta. “Cinco veces he aplicado y nada”.
El tema de la promesa incumplida del MIVI encendió los ánimos de Clemente y sin titubear dijo que “es por eso que cuando me vienen a hablar de política yo les digo que yo soy un hombre de palabra y por eso el voto se le da al que se lo merece”.
Joven y luchador, Clemente refleja la desesperación de la carencia. Con Gravin, el más pequeño, en brazos, narró lo que han sido estos ocho meses de infortunio, desde mayo, cuando lo liquidaron en la compañía bananera. Mientras, en el fogón aún humeaba el “bienmesabe” del que Mahomed y Diego raspaban hasta el concho. Ya estaba listo para la venta.
“Desde mayo estoy parado, haciendo camarones y estibando madera en el lado tico”. Trabaja cerca de 14 horas diarias. Parte a las 4:00 de la mañana de la casa y regresa a eso de las 6 ó 7 de la noche, pero casualmente nuestra visita coincidió con el último día de labores de Clemente. Unos 25 más de esa misma área quedaron cesantes y sólo dos de ellos no tienen hijos.
“De lo que me quedó, por ahí en diciembre, he estado comprando la comida y también debo todavía algunas cosas que cogí a crédito”, dijo llevándose la mano a la cabeza. Su preocupación era evidente.
Es un padre amoroso. Mientras conversaba acariciaba tiernamente la cabeza de Gravin, quien no le perdía un paso a su papá. “Se come cualquier cosa. Arrocito con huevo, cuando hay o como en el campo se está acostumbrado a sembrar, también yuca o plátano”.
Afortunadamente la ocasión fue propicia para que Clemente lograra colocar el bienmesabe entre los visitantes.
La representante del corregimiento “Rodolfo Aguilar Delgado”, Idalia Vega, quien facilitó el vehículo para el recorrido del equipo de El Panamá América, Mélida Cubilla y Adriano Sánchez, dirigentes del sector y unas dos personas más aprovecharon el momento para degustar un postre propio de la provincia chiricana y que esta vez sería la mejor excusa para no pasar por alto las necesidades de Clemente y su familia.
El corría por la casa en busca de alguna bolsa para empacar la venta y, su esposa Vielka Ortiz de Torres, de 31 años, preparaba el almuerzo, que como bien presagió su esposo, sería solo arroz y “nada más”. Tímida y reservada se mantuvo en un pequeño rancho que les sirve de cocina, en la parte posterior de la casa.
Pero, sólo hizo falta preguntarle: “cómo estás”, para que sus ojos se inundaran y dejaran correr las lágrimas.
“Mal le digo... imagínese que cuando mi niño Andrews se enferma de asma no tengo ni para las medicinas”. “Por ahí están las recetas y ¿cómo hago?”.
En ese momento faltaban palabras para consolarla. Resultaba difícil hacerlo. En su lugar era preferible sólo escucharla, quizás le hacía falta.
Y buscando una sonrisa la llamamos “reina por ser la única mujer en medio del sexo fuerte” y lo logramos. Vielka se despidió con la esperanza de que el clamor de su esposo cale profundo en el corazón de quienes tengan en sus manos la solución.
Para José Morris Quintero, sindicalista reelecto, quien el 1 de febrero iniciará su quinto período, “la propia empresa es culpable de la situación de las fincas pues quiere crear una crisis social para lavarse la cara internacionalmente”.
A su juicio, la PAFCO está atentando contra la seguridad social creando inestabilidad, por lo que “no existe tal pobreza extrema”.
Por su parte, la representante Vega aduce que el desempleo se asocia directamente a la precaria situación que se vive en las 13 fincas bananeras.
“Acá no hay otra forma de vida, sólo se vive del banano”, expresó, al tiempo que señaló que como se trata de zonas rurales, muchas veces la gente no tiene la preparación, no se planifica y las familias se multiplican rápidamente.
Sin embargo, cada mañana es una cruda batalla por la incertidumbre de no saber si sus hijos podrán asistir a la escuela, porque “yo no puedo mandarlos con hambre”, nos dijo e inclinó la cabeza para evitar ser descubierta en medio de su emotividad.
Al levantarla, volvió aquel temple y continuó su relato. “Nadie me ayuda, yo sola hago lo que puedo para mantener a mis hijos”.
Pero a pesar de que es precisamente su precaria situación lo que en ocasiones le impide a sus niños cumplir con su horario escolar, Bélgica nos confesó que “me da pena decirle a la maestra que no los mando porque no tengo que darles en el desayuno” y de inmediato señaló “pero ella ya debe imaginarse”.
Clemente Torres, de 32 años y cinco varones, no es ajeno a la realidad de su vecina, Bélgica. Su casa lucha también por no caer. Las cañazas suplican a gritos un reemplazo y el zinc parece haberle pedido tregua a varios inviernos para no sucumbir.
Desde el 97 está tras un PARVIS y al igual que Bélgica no ha recibido respuesta. “Cinco veces he aplicado y nada”.
El tema de la promesa incumplida del MIVI encendió los ánimos de Clemente y sin titubear dijo que “es por eso que cuando me vienen a hablar de política yo les digo que yo soy un hombre de palabra y por eso el voto se le da al que se lo merece”.
Joven y luchador, Clemente refleja la desesperación de la carencia. Con Gravin, el más pequeño, en brazos, narró lo que han sido estos ocho meses de infortunio, desde mayo, cuando lo liquidaron en la compañía bananera. Mientras, en el fogón aún humeaba el “bienmesabe” del que Mahomed y Diego raspaban hasta el concho. Ya estaba listo para la venta.
“Desde mayo estoy parado, haciendo camarones y estibando madera en el lado tico”. Trabaja cerca de 14 horas diarias. Parte a las 4:00 de la mañana de la casa y regresa a eso de las 6 ó 7 de la noche, pero casualmente nuestra visita coincidió con el último día de labores de Clemente. Unos 25 más de esa misma área quedaron cesantes y sólo dos de ellos no tienen hijos.
“De lo que me quedó, por ahí en diciembre, he estado comprando la comida y también debo todavía algunas cosas que cogí a crédito”, dijo llevándose la mano a la cabeza. Su preocupación era evidente.
Es un padre amoroso. Mientras conversaba acariciaba tiernamente la cabeza de Gravin, quien no le perdía un paso a su papá. “Se come cualquier cosa. Arrocito con huevo, cuando hay o como en el campo se está acostumbrado a sembrar, también yuca o plátano”.
Afortunadamente la ocasión fue propicia para que Clemente lograra colocar el bienmesabe entre los visitantes.
La representante del corregimiento “Rodolfo Aguilar Delgado”, Idalia Vega, quien facilitó el vehículo para el recorrido del equipo de El Panamá América, Mélida Cubilla y Adriano Sánchez, dirigentes del sector y unas dos personas más aprovecharon el momento para degustar un postre propio de la provincia chiricana y que esta vez sería la mejor excusa para no pasar por alto las necesidades de Clemente y su familia.
El corría por la casa en busca de alguna bolsa para empacar la venta y, su esposa Vielka Ortiz de Torres, de 31 años, preparaba el almuerzo, que como bien presagió su esposo, sería solo arroz y “nada más”. Tímida y reservada se mantuvo en un pequeño rancho que les sirve de cocina, en la parte posterior de la casa.
Pero, sólo hizo falta preguntarle: “cómo estás”, para que sus ojos se inundaran y dejaran correr las lágrimas.
“Mal le digo... imagínese que cuando mi niño Andrews se enferma de asma no tengo ni para las medicinas”. “Por ahí están las recetas y ¿cómo hago?”.
En ese momento faltaban palabras para consolarla. Resultaba difícil hacerlo. En su lugar era preferible sólo escucharla, quizás le hacía falta.
Y buscando una sonrisa la llamamos “reina por ser la única mujer en medio del sexo fuerte” y lo logramos. Vielka se despidió con la esperanza de que el clamor de su esposo cale profundo en el corazón de quienes tengan en sus manos la solución.
Para José Morris Quintero, sindicalista reelecto, quien el 1 de febrero iniciará su quinto período, “la propia empresa es culpable de la situación de las fincas pues quiere crear una crisis social para lavarse la cara internacionalmente”.
A su juicio, la PAFCO está atentando contra la seguridad social creando inestabilidad, por lo que “no existe tal pobreza extrema”.
Por su parte, la representante Vega aduce que el desempleo se asocia directamente a la precaria situación que se vive en las 13 fincas bananeras.
“Acá no hay otra forma de vida, sólo se vive del banano”, expresó, al tiempo que señaló que como se trata de zonas rurales, muchas veces la gente no tiene la preparación, no se planifica y las familias se multiplican rápidamente.