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"Desgraciados" panameñistas


Empiezo reconociendo que a Don Guillermo Endara Galimany me unen vínculos de amistad añejos, y que guardo respeto y afecto por su persona. Ello me permite rechazar sus desafortunados comentarios y epítetos endilgados a la masa panameñista, aún cuando algunos piensan que los dirigió a sus directivos.

Cuando se tiene una formación política lograda junto a una dirigencia forjada en la oposición, lo prudente es mantener una actitud de apoyo y tolerancia, porque el insulto, la calificación con adjetivos desagradables, en nada enaltece y lo único que ofrece es la oportunidad al adversario para estimar qué es lo usual en todos.

Don Guillermo es fruto del panameñismo, de esa clase que junto al líder inolvidable, luchamos por la democracia y la libertad de opinión en el país, por la libertad de asociación y por el ejercicio del derecho político sin condiciones. Crear rivalidad anticipada no refuerza ninguna causa. El político debe ser mesurado, cuidadoso del lenguaje y respetuoso de los demás, aún cuando tenga fundados motivos para censurar algunas de sus actuaciones.

La masa panameñista fue precisamente la que permitió su acceso a la Presidencia de la República, y la que, ante su capricho de volver al solio presidencial, volcó cientos de miles de votos tras él, eligiendo una divisa ajena.

Sus irreflexivas expresiones han dejado un amargo sabor en quienes lo apoyaron en dos ocasiones, confiando en su convicción panameñista. Sabemos que se le distinguió en la dirección del partido, razón demás para evitar agravios a los miembros de ese colectivo.

Falta mucho tiempo para definir en definitiva los acuerdos del grupo opositor, pero existe ansiedad por no ceder y por lograr más espacio en la distribución de posiciones y cargos que aún no se tienen. Es necesario ponderar las posibilidades de triunfo, porque sin lograrlo no se puede pensar en gobernar.

Personalmente expresé a miembros del Partido Panameñista en el que milito, que sin una alianza sólida, con desprendimiento y pensando en conquistar el poder, los esfuerzos de algunos dirigentes serían inútiles. Hay que pensar en conquistar el poder con seguridad, el divisionismo no asegura, sino el fracaso. La vanidad, el interés personal por figurar, las campañas personalistas con ausencia de un plan para integrar un gobierno fruto de la unión opositora, darán al traste con las esperanzas de todo un pueblo que ansía y quiere el cambio, ante la experiencia vivida y sufrida con el grupo gobernante.

Por eso hoy más que nunca, los calificativos al partido opositor mayoritario deben servir para encausar la lucha, dejando a un lado el rencor y el enfrentamiento de los dirigentes. El primer propósito es conquistar el poder, sólo así "volveremos".

101 años de Panamá América

 
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