Despedida de un ángel llamado Jairo
No podía entenderlo, aún no acabo de entenderlo. Un día llegó al hotel en Miami donde estábamos hospedados mi esposo, mi hijo y yo, el pastor de una de las iglesias cristianas de aquel lugar; venía a visitarnos con el fin de orar por nosotros para fortalecimiento espiritual y emocional. Aprovechó para decirnos algo que Dios había puesto en su corazón. Es que cada vez que Jairo iba a la iglesia sentía que Dios le ministraba por medio de su presencia, y no sólo a él, sino también a la iglesia, a cada uno de los hermanos. Para él, Jairo era un ángel, un enviado del cielo. Este fue uno de los muchos mensajes divinos y proféticos que recibimos de muchas personas y en diferentes lugares.
A pesar de no haberle tratado mucho, nos decían que sentían algo muy especial por él, y en su corazón nacía el sentimiento de que se trataba de un ángel, un enviado de Dios, un santo. Pero, estas manifestaciones nunca hicieron que Jairo cambiara su forma sencilla de ser, solamente sonreía, y glorificaba a Dios, y pedía que oraran por él. Había algo tan especial en él: era un hijo, por demás obediente, sensible al dolor y a la necesidad de los demás. Manifestaba amor en todo momento: a nosotros sus padres, a sus hermanos, y a todo el que conocía. Además, amaba a Dios, en gran manera, como no había conocido a otro joven de su edad. Sus ojos reflejaban dulzura y una diáfana pureza, y lo más admirable de todo, y que a mí, a veces me asustaba, era su lenguaje celestial y su ávido deseo de estar siempre en todas las actividades de la iglesia, y sirviéndole al Señor en todo momento.
Llegó un tiempo, cuando su situación de salud empeoró, que empecé a preocuparme porque se levantaba a las 3 ó 4 de la mañana a orar. Leí la Biblia varias veces al día y constantemente estaba alabando y glorificando a Dios. Podía darme cuenta de que no era una persona normal, pues, vivía sanamente. Nos enseñó a pedir perdón y a perdonar. Recuerdo que en cada una de las ocasiones en que fue atacado por los derrames -12 en total-, decía: “Mami, no tengas miedo, di gloria a Dios porque El tiene cuidado de mí”. Esto iba llenando mi corazón de dolor, ya que sentía en los más profundo de mi ser, que así como yo quería tenerlo conmigo, Jesús también lo quería en el cielo.
Jairo, a pesar de que era feliz, y de que Dios le permitió disfrutar de todo lo que humanamente a él le agradaba, no se aferró a nada de este mundo. En su vida hubo tres profecías iguales, por diferentes personas y en diferentes lugares. Es ahora que estamos tratando de comprender lo que decían: “Hay un pueblo grande dentro de ti”. La primera la recibió en casa a los 20 años, la segunda en Hosanna y la tercera en Estados Unidos, en una iglesia cristiana que lo conocía muy poco. Aunque no lo entendimos, continuamos orando y reclamando sanidad por nuestro amado hijo. Pero su condición de salud empeoraba, a pesar de que no lo aparentaba, pues hasta el último día de su vida sonrió y transmitió fe y amor a todo el que se le acercaba.
Mientras pudo, Jairo oró por muchas personas, a las cuales Dios sanó y muchos se convirtieron. A medida que se acercaba su partida al cielo su rostro mostraba, cada vez más, la presencia de Dios en su vida. Sé que fue un santo, un verdadero ángel, y que la misión que Dios le había encomendado, había terminado. Lo entendí el 4 de febrero de 2003 a las 3:00 a.m., cuando su rostro comenzó a brillar y de sus hombros salían unas sombras como especies de alas.
Pude darme cuenta de que ya se iba y no podía retenerlo, que el mismo Señor Jesús lo había enviado a buscar. Así lo expresó Jairo al abrir sus ojos de forma muy especial, y esbozar una sonrisa tierna, como diciéndome adiós.
Aún después de su partida, hubo testimonios de sanidades y conversiones a través de los reportajes aparecidos en los medios, en uno de los cuales, Jairo había señalado: “Esta enfermedad Dios la ha permitido para que la gente ore por mí, pero para que ellos busquen a Dios”. De algo estoy segura, aunque sea un ángel, nunca lo olvidaré ni dejará de estar en mi corazón. Seguiré dando a conocer su vida por medio del libro que estoy escribiendo, y que recorrerá el mundo entero con las “Memorias de un ángel llamado Jairo”.
A pesar de no haberle tratado mucho, nos decían que sentían algo muy especial por él, y en su corazón nacía el sentimiento de que se trataba de un ángel, un enviado de Dios, un santo. Pero, estas manifestaciones nunca hicieron que Jairo cambiara su forma sencilla de ser, solamente sonreía, y glorificaba a Dios, y pedía que oraran por él. Había algo tan especial en él: era un hijo, por demás obediente, sensible al dolor y a la necesidad de los demás. Manifestaba amor en todo momento: a nosotros sus padres, a sus hermanos, y a todo el que conocía. Además, amaba a Dios, en gran manera, como no había conocido a otro joven de su edad. Sus ojos reflejaban dulzura y una diáfana pureza, y lo más admirable de todo, y que a mí, a veces me asustaba, era su lenguaje celestial y su ávido deseo de estar siempre en todas las actividades de la iglesia, y sirviéndole al Señor en todo momento.
Llegó un tiempo, cuando su situación de salud empeoró, que empecé a preocuparme porque se levantaba a las 3 ó 4 de la mañana a orar. Leí la Biblia varias veces al día y constantemente estaba alabando y glorificando a Dios. Podía darme cuenta de que no era una persona normal, pues, vivía sanamente. Nos enseñó a pedir perdón y a perdonar. Recuerdo que en cada una de las ocasiones en que fue atacado por los derrames -12 en total-, decía: “Mami, no tengas miedo, di gloria a Dios porque El tiene cuidado de mí”. Esto iba llenando mi corazón de dolor, ya que sentía en los más profundo de mi ser, que así como yo quería tenerlo conmigo, Jesús también lo quería en el cielo.
Jairo, a pesar de que era feliz, y de que Dios le permitió disfrutar de todo lo que humanamente a él le agradaba, no se aferró a nada de este mundo. En su vida hubo tres profecías iguales, por diferentes personas y en diferentes lugares. Es ahora que estamos tratando de comprender lo que decían: “Hay un pueblo grande dentro de ti”. La primera la recibió en casa a los 20 años, la segunda en Hosanna y la tercera en Estados Unidos, en una iglesia cristiana que lo conocía muy poco. Aunque no lo entendimos, continuamos orando y reclamando sanidad por nuestro amado hijo. Pero su condición de salud empeoraba, a pesar de que no lo aparentaba, pues hasta el último día de su vida sonrió y transmitió fe y amor a todo el que se le acercaba.
Mientras pudo, Jairo oró por muchas personas, a las cuales Dios sanó y muchos se convirtieron. A medida que se acercaba su partida al cielo su rostro mostraba, cada vez más, la presencia de Dios en su vida. Sé que fue un santo, un verdadero ángel, y que la misión que Dios le había encomendado, había terminado. Lo entendí el 4 de febrero de 2003 a las 3:00 a.m., cuando su rostro comenzó a brillar y de sus hombros salían unas sombras como especies de alas.
Pude darme cuenta de que ya se iba y no podía retenerlo, que el mismo Señor Jesús lo había enviado a buscar. Así lo expresó Jairo al abrir sus ojos de forma muy especial, y esbozar una sonrisa tierna, como diciéndome adiós.
Aún después de su partida, hubo testimonios de sanidades y conversiones a través de los reportajes aparecidos en los medios, en uno de los cuales, Jairo había señalado: “Esta enfermedad Dios la ha permitido para que la gente ore por mí, pero para que ellos busquen a Dios”. De algo estoy segura, aunque sea un ángel, nunca lo olvidaré ni dejará de estar en mi corazón. Seguiré dando a conocer su vida por medio del libro que estoy escribiendo, y que recorrerá el mundo entero con las “Memorias de un ángel llamado Jairo”.