Dicky Bermúdez en el recuerdo
He tenido siempre para mí, que los hombres buenos, dedicados y afanosos, no mueren; viven siempre en el corazón donde sembraron admiración, afecto y respeto; viven en el sentimiento y en la gratitud de la sociedad a la que sirvieron; se convierten en paradigmas, cuyas virtudes es preciso exaltar e imitar. Su estela imborrable de realizaciones positivas, la confianza que su superación genera, su desprendimiento y su rectitud los hacen perpetuarse después de la muerte, y estimular la práctica de su entrega.
Por eso, al cumplirse el pasado 19 de septiembre un año de la partida de Ricardo J. Bermúdez, es justo, y hasta necesario, por lo formativo y por lo honroso, en medio de tan escaso de valores, que se exalte y se acuda a su memoria viviente entre nosotros. El tiempo es la medida de nuestras aspiraciones y ansiedades, y pareciera como que no se hubiera ido nunca, al sorprendernos con la actualidad de su palabra afable y mesurada, al sentir de pronto la necesidad y la intención de acudir a su consejo sano y desinteresado, al buscar como antes el placer de su modesta palabra docta, de la serenidad de sus enfoques convincentes, y de su equilibrio.
Dicky escribió páginas imperecederas, desde la acción y el intelecto, como escritor, como periodista, como poeta, como arquitecto, como catedrático, como académico, como líder estudiantil, como político responsable, como funcionario público probo. En todo dejó su huella particular. Sobre todo en el corazón de sus amigos. Sus colegas lo recuerdan con el hálito de su ética y su lealtad. Sus estudiantes conservan la chispa de su inspirada creatividad, contagiada y transmitida dentro del marco tutelar de su docencia vocacional. En su quehacer político, la ambición jamás deformó su concepto de responsabilidad cívica.
En sus amigos, la comunicación es constante. En su familia, la veneración, creciente. En la sociedad, pesar, porque no hay muchos como él, que tanta falta hacen. Estas no son simples palabras poéticas, que bien las merece y merecería en ese acento también. Yo tuve la fortuna de merecer su amistad y de beneficiarme de su cordura cordial, y de su efecto.
Cuando llega la hora de partir, digno es encararla como lo hizo Dicky; con legítima satisfacción, pero sin jactancias, por el deber cumplido como una obligación que arranca del compromiso raigal de ser buen hijo de Dios y de la patria. Por eso, vive con nosotros.
Por eso, al cumplirse el pasado 19 de septiembre un año de la partida de Ricardo J. Bermúdez, es justo, y hasta necesario, por lo formativo y por lo honroso, en medio de tan escaso de valores, que se exalte y se acuda a su memoria viviente entre nosotros. El tiempo es la medida de nuestras aspiraciones y ansiedades, y pareciera como que no se hubiera ido nunca, al sorprendernos con la actualidad de su palabra afable y mesurada, al sentir de pronto la necesidad y la intención de acudir a su consejo sano y desinteresado, al buscar como antes el placer de su modesta palabra docta, de la serenidad de sus enfoques convincentes, y de su equilibrio.
Dicky escribió páginas imperecederas, desde la acción y el intelecto, como escritor, como periodista, como poeta, como arquitecto, como catedrático, como académico, como líder estudiantil, como político responsable, como funcionario público probo. En todo dejó su huella particular. Sobre todo en el corazón de sus amigos. Sus colegas lo recuerdan con el hálito de su ética y su lealtad. Sus estudiantes conservan la chispa de su inspirada creatividad, contagiada y transmitida dentro del marco tutelar de su docencia vocacional. En su quehacer político, la ambición jamás deformó su concepto de responsabilidad cívica.
En sus amigos, la comunicación es constante. En su familia, la veneración, creciente. En la sociedad, pesar, porque no hay muchos como él, que tanta falta hacen. Estas no son simples palabras poéticas, que bien las merece y merecería en ese acento también. Yo tuve la fortuna de merecer su amistad y de beneficiarme de su cordura cordial, y de su efecto.
Cuando llega la hora de partir, digno es encararla como lo hizo Dicky; con legítima satisfacción, pero sin jactancias, por el deber cumplido como una obligación que arranca del compromiso raigal de ser buen hijo de Dios y de la patria. Por eso, vive con nosotros.