Dictaduras burocráticas
José Ortega y Gasset sostenía que el mayor peligro que amenaza a la civilización es la estatificación de la vida. Dice que el Estado, a través de un intervencionismo radical, absorberá la espontaneidad social, que en definitiva es lo que sostiene, nutre y empuja el desarrollo de las naciones. Para llegar a esa situación, lo fundamental es anular la individualidad de cada hombre, hasta convertirlo en un ser idéntico a los demás y con miedo -justificado- a dejar de serlo porque automáticamente será segregado por el resto de sus congéneres. Durante el siglo XX, reino indiscutido de los "ogros filantrópicos" -como Octavio Paz llamó a los Estados omnipotentes, hipertrofiados y dadivosos-, la individualidad fue señalada como el peor defecto y combatida desde todos los frentes imaginables. Así surgió el hombre-masa y el estado social perfecto, para que el poder público tiranice sin grandes resistencias a los ciudadanos. Porque no hay condición social más apta para ser esclavizada que aquella donde prevalece la homogeneidad entre los hombres.
Mientras que las cualidades que caracterizan a un hombre libre son la perseverancia, moderación, individualidad y -sobre todo- el sentido del deber, que es lo que lo capacita para afrontar los trabajos duros y prosperar, el hombre-masa ante cualquier dificultad o para lograr un objetivo se inclina por la segura posibilidad de conseguirlo todo -sin esfuerzo, lucha, duda ni riesgo-, simplemente tocando el resorte que hace funcionar a la portentosa maquinaria del Estado. Al primero, no se le somete con facilidad; los segundos, cambian su libertad por un plato de lentejas.
Ortega nos advierte que de triunfar la segunda posibilidad, "el resultado de esa tendencia será fatal. La espontaneidad social quedará violentada una vez y otra por la intervención del Estado; ninguna simiente podrá fructificar. La sociedad tendrá que vivir para el Estado; el hombre para la máquina del Gobierno". Alcanzado ese punto, el de la burocratización absoluta de las vidas, con el Estado metido en todo, aparece un fenómeno que cualquier habitante de un país de esa categoría es capaz de reconocer: el desprecio con que es tratado por la parte "visible" del Estado; es decir, por los burócratas, los políticos y los favorecidos por el régimen.
Los individuos y las familias pasan a ser meros materiales que el poder soberano usa para sus propios fines. Si el esclavo estaba en manos de su dueño, el ciudadano está en las garras de las autoridades.
En el Uruguay, todos los partidos políticos son estatistas e intervencionistas. Pero el Frente Amplio, el partido con mayores chances de ganar las próximas elecciones nacionales, es el considerado de "izquierda". Desde 1990, gobierna a través de la comuna montevideana. Sus autoridades son las que regulan y controlan al servicio de transporte colectivo capitalino. Sus burócratas otorgan los "permisos" para operar, y deciden los recorridos, frecuencias y precios (que están subsidiados) de los boletos. El servicio -que está repartido entre unas pocas cooperativas- es malo, caro y los usuarios se quejan del mal trato con que son atendidos. Cada vez menos personas lo utilizan. Los empresarios aseguran que "es imprescindible una reestructura pero para llevarla a cabo necesitamos la anuencia de la Comuna". Esta no la acepta -aunque las empresas del transporte la consideren "imprescindible" para superar la crisis y mejorar el servicio- hasta que no comprueben "científicamente" que es necesario.
La libertad no es un medio para alcanzar un fin político mayor: es el fin político más elevado. La gran idea política de santificar la libertad fue lo que enseñó a los hombres a respetar las libertades de los demás como las suyas propias, y a defenderlas por amor a la justicia y a la caridad. También fue el principio generador de cuanto es grande y bueno en la historia de la humanidad. Es una idea sencilla: Cada individuo debe poder decidir sus propios asuntos. Y las instituciones del país deben ser sabiamente estructuradas de modo tal de proteger a la libertad, incluso en contra de los peligros de la democracia.
* Analista uruguaya.
(c) www.aipenet.com
En 1991, el cabotaje representaba el 9% de la carga total, para el 2002 sólo representó el 0.8%. Aquellas actividades que tienen relación con el mercado exterior, obedeciendo a variables exógenas, crecen con importancia, aún en un disminuido mercado interno, y que muchas de las veces las mismas no guardan una relación estrecha, ni como demandantes ni como proveedores del resto de la economía.
En lo relativo a los puertos, que juegan un papel trascendente en la estrategia de desarrollo global de algunos países, donde se han convertido de meros puntos de enlace o piezas del sistema de transporte, en complejos sistemas denominados "mercados portuarios", y que se constituyen en verdaderos complejos industriales, en puertos concentradores, que irradian prosperidad a la economía en su conjunto, vinculando orgánicamente los mercados externos e internos. Más, debido a la irrupción de la tecnología en el componente puerto-buque, las instalaciones portuarias han pasado a ser sistemas intensivos de capital, no ya de trabajo. Por ello, si no hay un desarrollo organizacional en el país que permita que los puertos adopten la forma de polos de desarrollo, una vez más estaremos frente a una versión de enclaves económicos, cuyas ganancias y beneficios se van al exterior, debiéndose conformar el país sede con "algo" de generación de empleo y los impuestos que reciba del concesionario.
Para evitarlo, se debe hacer, entre otras cosas, lo que ocurrió en el manejo del Canal, incorporar de manera sistemática, dinámica y creciente, personal panameño en todos los puertos. Así se podrá perseguir la congruencia entre el potencial marítimo del país y la actividad económica derivada de esa dotación de recursos naturales e infraestructurales.
Mientras que las cualidades que caracterizan a un hombre libre son la perseverancia, moderación, individualidad y -sobre todo- el sentido del deber, que es lo que lo capacita para afrontar los trabajos duros y prosperar, el hombre-masa ante cualquier dificultad o para lograr un objetivo se inclina por la segura posibilidad de conseguirlo todo -sin esfuerzo, lucha, duda ni riesgo-, simplemente tocando el resorte que hace funcionar a la portentosa maquinaria del Estado. Al primero, no se le somete con facilidad; los segundos, cambian su libertad por un plato de lentejas.
Ortega nos advierte que de triunfar la segunda posibilidad, "el resultado de esa tendencia será fatal. La espontaneidad social quedará violentada una vez y otra por la intervención del Estado; ninguna simiente podrá fructificar. La sociedad tendrá que vivir para el Estado; el hombre para la máquina del Gobierno". Alcanzado ese punto, el de la burocratización absoluta de las vidas, con el Estado metido en todo, aparece un fenómeno que cualquier habitante de un país de esa categoría es capaz de reconocer: el desprecio con que es tratado por la parte "visible" del Estado; es decir, por los burócratas, los políticos y los favorecidos por el régimen.
Los individuos y las familias pasan a ser meros materiales que el poder soberano usa para sus propios fines. Si el esclavo estaba en manos de su dueño, el ciudadano está en las garras de las autoridades.
En el Uruguay, todos los partidos políticos son estatistas e intervencionistas. Pero el Frente Amplio, el partido con mayores chances de ganar las próximas elecciones nacionales, es el considerado de "izquierda". Desde 1990, gobierna a través de la comuna montevideana. Sus autoridades son las que regulan y controlan al servicio de transporte colectivo capitalino. Sus burócratas otorgan los "permisos" para operar, y deciden los recorridos, frecuencias y precios (que están subsidiados) de los boletos. El servicio -que está repartido entre unas pocas cooperativas- es malo, caro y los usuarios se quejan del mal trato con que son atendidos. Cada vez menos personas lo utilizan. Los empresarios aseguran que "es imprescindible una reestructura pero para llevarla a cabo necesitamos la anuencia de la Comuna". Esta no la acepta -aunque las empresas del transporte la consideren "imprescindible" para superar la crisis y mejorar el servicio- hasta que no comprueben "científicamente" que es necesario.
La libertad no es un medio para alcanzar un fin político mayor: es el fin político más elevado. La gran idea política de santificar la libertad fue lo que enseñó a los hombres a respetar las libertades de los demás como las suyas propias, y a defenderlas por amor a la justicia y a la caridad. También fue el principio generador de cuanto es grande y bueno en la historia de la humanidad. Es una idea sencilla: Cada individuo debe poder decidir sus propios asuntos. Y las instituciones del país deben ser sabiamente estructuradas de modo tal de proteger a la libertad, incluso en contra de los peligros de la democracia.
* Analista uruguaya.
(c) www.aipenet.com
En 1991, el cabotaje representaba el 9% de la carga total, para el 2002 sólo representó el 0.8%. Aquellas actividades que tienen relación con el mercado exterior, obedeciendo a variables exógenas, crecen con importancia, aún en un disminuido mercado interno, y que muchas de las veces las mismas no guardan una relación estrecha, ni como demandantes ni como proveedores del resto de la economía.
En lo relativo a los puertos, que juegan un papel trascendente en la estrategia de desarrollo global de algunos países, donde se han convertido de meros puntos de enlace o piezas del sistema de transporte, en complejos sistemas denominados "mercados portuarios", y que se constituyen en verdaderos complejos industriales, en puertos concentradores, que irradian prosperidad a la economía en su conjunto, vinculando orgánicamente los mercados externos e internos. Más, debido a la irrupción de la tecnología en el componente puerto-buque, las instalaciones portuarias han pasado a ser sistemas intensivos de capital, no ya de trabajo. Por ello, si no hay un desarrollo organizacional en el país que permita que los puertos adopten la forma de polos de desarrollo, una vez más estaremos frente a una versión de enclaves económicos, cuyas ganancias y beneficios se van al exterior, debiéndose conformar el país sede con "algo" de generación de empleo y los impuestos que reciba del concesionario.
Para evitarlo, se debe hacer, entre otras cosas, lo que ocurrió en el manejo del Canal, incorporar de manera sistemática, dinámica y creciente, personal panameño en todos los puertos. Así se podrá perseguir la congruencia entre el potencial marítimo del país y la actividad económica derivada de esa dotación de recursos naturales e infraestructurales.