¡Dieciséis años después!... ¿otro Panamá?
Estoy consciente que abordo un tema delicado, pero especialmente significativo para los hijos de nuestra querida tierra, incluidos aquellos que, adoptándola como propia, les importa de veras lo nuestro, al punto que, de una parte sentimos que "nos duele la Patria", pero también nos enorgullecen enormemente los logros comunes.
Para empezar, me pregunto: ¿qué preferirían los lectores que enfoquemos primero: lo positivo o lo negativo, que hemos estado observando cuidadosamente? Y, me contesto a mí mismo: La verdad es que los medios de comunicación, en su casi totalidad, -y virtualmente en todas partes- nos han acostumbrado desde siempre a las malas noticias. Se afirma de un experimento llevado a cabo por un periódico del Oeste norteamericano que se propuso publicar solamente lo positivo, pero fracasó al poco tiempo de iniciado.
Será preferible, pues, que empecemos por allí. Eso sí, no sin antes dejar muy claro que son tantos los acontecimientos positivos que ocurren a diario, que los anunciantes no podrían sufragar los costos de imprimir los voluminosos periódicos que serían necesarios, ni tampoco alcanzarían las 24 horas de la televisión y la radio. "Pues bien... yo necesito decirte que te quiero..." ha expresado magistralmente el poeta. Decirte Panamá incluso lo negativo, aunque ello solamente constituya un telón de fondo frente al cual se destaque luego lo positivo.
Tal vez lo que más nos ha impactado al volver, es el hecho de que, al lado de los ahora denominados "piedreros" (término antes inexistente entre nosotros) se ven jóvenes con el cerebro destruido o "tostado", como también decimos, por las drogas. Incluso en el interior, las drogas están ya diezmando irreparablemente a jóvenes de ambos sexos.
Si a esto agregamos el grave desempleo de más del 30% a fines de la década del "80, y el 15% aún vigente (para no referirnos siquiera al subempleo), el futuro puede presentarse alarmante, sobre todo en las familias de más bajos recursos económicos. ¿A su vez, será lo antes anotado, una causa o un efecto de lo que señala loable periodismo investigativo, sobre alarmante desintegración familiar?
Un antídoto a lo anterior, que parece un verdadero récord a nivel del continente, pudiese consistir en que los ciudadanos conscientes (y no solamente el gobierno, con sus universales limitaciones de presupuesto y, en nuestro caso particular, una extraordinaria deuda acumulada) afronte, con verdadera responsabilidad ciudadana e hidalguía, el reto de una educación especial y otras medidas extraordinarias.
A propósito de las irrazonables "exigencias" que todos pareciéramos hacer ahora precisamente a los gobernantes electos, permítanme expresar que he conocido bien sociedades, tanto en Europa como en América del Norte, con un sesgo interesante sobre el particular. En éstas, los contribuyentes de impuestos calculan primero cuánto les va a costar, de su propio bolsillo, cualquier iniciativa gubernamental. Esto llega a tal punto, aparentemente inconcebible para nuestros paisanos demasiado acostumbrados a los préstamos internacionales, que cuando algún político demagogo propone algo suntuoso, la pregunta inmediata que le formula la comunidad consciente del uso de su dinero es: ¿Y cuánto costará eso que Ud. propone?
Otro aspecto inaudito a fines de 1983, cuando fui obligado a abandonar el país durante la dictadura de Noriega, hubiese sido el cierre frecuente de calles por grupos diversos, aparte de los estudiantes, siempre idealistas y hasta generalmente utópicos, aunque no siempre bien informados. A este respecto, recuerdo que mi padre afirmaba dudar de la "ira santa" de los estudiantes que se enfrentaban valientemente a la caballería de la Policía Nacional o la Guardia Nacional, en razón de los problemas nacionales y hasta internacionales; pero en cambio no se rebelaban contra condiciones deplorables e irresponsabilidad administrativa a veces existentes en sus propios colegios.
¿Recuerdan aquellos días cuando el diario El Panamá América se editaba bajo la mirada vigilante del G-2 de la Avenida A, con el nombre de La República? ¿O que ese otro importante periódico, La Prensa, tenía solamente dos anunciantes? No es necesario agregar que el almacén Danté era uno de ellos. Tampoco existían para entonces accionistas de este periódico que esperasen, ni mucho menos, dividendos cada fin de año. Por supuesto que tampoco recordamos el tono insultante, por parte de algún agresivo reportero, que acosase a ningún representante del gobierno militar. ¡Ah!... ustedes me dirán: Esto representa precisamente una de las ventajas de la democracia y su libertado de prensa y crítica constante, para beneficio de los gobernados y hasta de los propios gobernantes.
(Continuará)
Para empezar, me pregunto: ¿qué preferirían los lectores que enfoquemos primero: lo positivo o lo negativo, que hemos estado observando cuidadosamente? Y, me contesto a mí mismo: La verdad es que los medios de comunicación, en su casi totalidad, -y virtualmente en todas partes- nos han acostumbrado desde siempre a las malas noticias. Se afirma de un experimento llevado a cabo por un periódico del Oeste norteamericano que se propuso publicar solamente lo positivo, pero fracasó al poco tiempo de iniciado.
Será preferible, pues, que empecemos por allí. Eso sí, no sin antes dejar muy claro que son tantos los acontecimientos positivos que ocurren a diario, que los anunciantes no podrían sufragar los costos de imprimir los voluminosos periódicos que serían necesarios, ni tampoco alcanzarían las 24 horas de la televisión y la radio. "Pues bien... yo necesito decirte que te quiero..." ha expresado magistralmente el poeta. Decirte Panamá incluso lo negativo, aunque ello solamente constituya un telón de fondo frente al cual se destaque luego lo positivo.
Tal vez lo que más nos ha impactado al volver, es el hecho de que, al lado de los ahora denominados "piedreros" (término antes inexistente entre nosotros) se ven jóvenes con el cerebro destruido o "tostado", como también decimos, por las drogas. Incluso en el interior, las drogas están ya diezmando irreparablemente a jóvenes de ambos sexos.
Si a esto agregamos el grave desempleo de más del 30% a fines de la década del "80, y el 15% aún vigente (para no referirnos siquiera al subempleo), el futuro puede presentarse alarmante, sobre todo en las familias de más bajos recursos económicos. ¿A su vez, será lo antes anotado, una causa o un efecto de lo que señala loable periodismo investigativo, sobre alarmante desintegración familiar?
Un antídoto a lo anterior, que parece un verdadero récord a nivel del continente, pudiese consistir en que los ciudadanos conscientes (y no solamente el gobierno, con sus universales limitaciones de presupuesto y, en nuestro caso particular, una extraordinaria deuda acumulada) afronte, con verdadera responsabilidad ciudadana e hidalguía, el reto de una educación especial y otras medidas extraordinarias.
A propósito de las irrazonables "exigencias" que todos pareciéramos hacer ahora precisamente a los gobernantes electos, permítanme expresar que he conocido bien sociedades, tanto en Europa como en América del Norte, con un sesgo interesante sobre el particular. En éstas, los contribuyentes de impuestos calculan primero cuánto les va a costar, de su propio bolsillo, cualquier iniciativa gubernamental. Esto llega a tal punto, aparentemente inconcebible para nuestros paisanos demasiado acostumbrados a los préstamos internacionales, que cuando algún político demagogo propone algo suntuoso, la pregunta inmediata que le formula la comunidad consciente del uso de su dinero es: ¿Y cuánto costará eso que Ud. propone?
Otro aspecto inaudito a fines de 1983, cuando fui obligado a abandonar el país durante la dictadura de Noriega, hubiese sido el cierre frecuente de calles por grupos diversos, aparte de los estudiantes, siempre idealistas y hasta generalmente utópicos, aunque no siempre bien informados. A este respecto, recuerdo que mi padre afirmaba dudar de la "ira santa" de los estudiantes que se enfrentaban valientemente a la caballería de la Policía Nacional o la Guardia Nacional, en razón de los problemas nacionales y hasta internacionales; pero en cambio no se rebelaban contra condiciones deplorables e irresponsabilidad administrativa a veces existentes en sus propios colegios.
¿Recuerdan aquellos días cuando el diario El Panamá América se editaba bajo la mirada vigilante del G-2 de la Avenida A, con el nombre de La República? ¿O que ese otro importante periódico, La Prensa, tenía solamente dos anunciantes? No es necesario agregar que el almacén Danté era uno de ellos. Tampoco existían para entonces accionistas de este periódico que esperasen, ni mucho menos, dividendos cada fin de año. Por supuesto que tampoco recordamos el tono insultante, por parte de algún agresivo reportero, que acosase a ningún representante del gobierno militar. ¡Ah!... ustedes me dirán: Esto representa precisamente una de las ventajas de la democracia y su libertado de prensa y crítica constante, para beneficio de los gobernados y hasta de los propios gobernantes.
(Continuará)