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Dime qué deseas y te diré quién eres (II)


Detecta cuáles son tus deseos más profundos. Pregúntate si van de acuerdo con las normas evangélicas y éticas y si te están llevando por el camino adecuado. Luego lo ideal es tener algún confidente, persona preparada para escucharte. Todos deberíamos tener “un director espiritual” o consejero. Hay que ser sincero y valiente para purificar el corazón de los deseos que hagan daño. El querer siempre sobresalir y ser el primero, vivir a “costillas de otro”, escaparse y no cumplir los compromisos contraídos, vengarse de alguna persona, cualquier mal deseo debe ser descubierto a tiempo y neutralizado.

Hay que enfocar tu atención en ideales nobles. Ese el gran reto nuestro. Entiendo por ideal noble el que te haga mejor persona, te ayude a crecer integralmente y mejore en algo la condición de la humanidad y del universo. Desde el que se ha decidido a estudiar y mejorar la condición de las mariposas en las selvas, hasta el que busca descubrir una vacuna contra el cáncer, pasando por la madre que quiere formar en lo mejor posible a sus hijos, o el que quiere montar un taller de mecánica y servir con calidad al cliente, los ideales son múltiples, variados y todos complementarios. Los buenos deseos son aspiraciones que intentan siempre mejorar la condición humana personal y comunitaria. Los malos deseos siempre al final tienen víctimas, gente que termina padeciendo la maldad producida por las acciones que alimentan el “ego” de alguien. ¿Cómo queda el alma y el cuerpecito de una niña violada por un desalmado? ¡Cuánto cuesta superar ese trauma!

Detrás de los asesinos hay deseos de aniquilación. Nadie mata por matar. Los que se atreven a quitarle la vida a alguien, primero lo mataron con su corazón. Poco a poco, sea por resentimientos y odios, o por dinero si es un vil sicario, el asesino planea el crimen, lo hace visual, se motiva con las imágenes. Siente un gozo morboso y sádico al ver mentalmente a la víctima rodar por el suelo y sangrar. Lo está matando en su alma y por eso Jesús nos dice que el que insultó mentalmente a otro lo está matando y merece el mismo juicio que un asesino, así como el que deseó a la mujer de su prójimo ya adulteró. Es decir, “del corazón del hombre nacen los homicidios, robos, adulterios….” Debemos estar siempre vigilando nuestros deseos, porque pueden ser el origen de una vida dichosa y plena, o de nuestros más terribles sufrimientos y frustraciones. Recuerde que con Jesús podemos purificarnos de nuestros malos deseos, porque con Él somos invencibles.

101 años de Panamá América

 
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