¡Dios te salve, reina!
El 7 de octubre pasado se me aceleró el pulso con El Pulso de Panamá. Sugiero que considere el autor que la mujer coquetea y sus métodos van desde un movimiento de cabeza hasta un caminar acompasado y sugestivo que hace admirar a la dueña y a su figura. Su vestimenta o la falta de ella, debe llevar al observador a un juicio estético y a la apreciación de una obra de arte viviente. La mujer bella no necesita asediar ni acosar, tiene algo para hacer que un admirador exclame con sinceridad: "¡Dios te salve, reina!" Los hombres han aprendido, o debieran haber aprendido, aunque parece que otros lo han olvidado por el ambiente de vulgaridad que los rodea, que cuando se pretende halagar a una fémina, tiene que hacerse gala de todo su atractivo varonil, de su caballerosidad pero, sobre todo, de su cultura para ganar en la competencia que, obviamente, tendrá que sostener con otros de su sexo si quiere merecer los favores de una damisela.
Gana quien mejor se comporta, por supuesto. Gana el poeta, gana el caballero. Pero, mucho le falta al varón que siente que un decreto, por más estricto que éste sea, lo va a amordazar y le cerrará la avenida para lanzar un requiebro. Ahora bien, si lo que al tal varón solamente se le ocurre son las vulgaridades tan en boga hoy en día, es porque carece de cacumen, y el cerebro se nutre en las cloacas. Para los tales, bendito y bienvenido sea el tal decreto. Todos los varones deben tener familiares del sexo femenino, ya sea madre, abuela, tía, que le dé lecciones sobre cómo cortejar, cómo expresar admiración ante la belleza, cómo rendirle tributo a la que pudiera llegar a ser la compañera del resto de su vida. Antes, esta cualidad era innata; nadie necesitaba que le soplaran. Pero en fin, el pasar del tiempo perjudica.
Que vayan esos varones, que se sienten amordazados y limitados, a pedirle consejo a personas que bien los quieran las que los van a orientar basándose en sus propias experiencias. Los que carecen de cultura necesaria para tratar con el bello sexo, tienen dos alternativas: tomar cursos de buena educación, dedicándole muchas horas a la lectura de calidad, o no hablar. Esto no se logrará con facilidad aquí.
Si periodistas editorialistas carecen del repertorio para agradar, sin usar las sandeces que se escuchan por doquier, ¿qué se le puede pedir al mozalbete que en su diario hablar practica con asiduidad las palabras que antes eran consideradas vituperables por todos y que hoy están formando parte del repertorio insultante con que se hiere a quien lo escuche? Desde el hombre humilde de la montaña más alejada de nuestra serranía, hasta el caballero de sombrero y levita, las que tuvimos el placer de escucharlos podemos dar testimonio del buen gusto, de la delicadeza, del ingenio y del placer que producían cuando echaban al aire un piropo que, dentro de su estilo, era toda una sinfonía improvisada con aroma de jardín florecido. ¡Qué vivan el buen gusto y la buena educación, señor!
Que a los partidos políticos se les quiera regular...Herejía. Que se aspire a modificar el Código Electoral... Pura ilusión cualquier efecto más allá del maquillaje. Y el desorden político continúa.
En buen panameño, cualquier sector de la sociedad que goce, o que crea que le corresponde alguna ventaja que produce injusticia o atenta contra la colectividad, por lo cual se hace impostergable un reordenamiento, lo que produce es un conflicto social y político que profundiza el desorden generalizado que vivimos.
La libertad o el derecho de alguien, termina donde empieza la libertad o el derecho de otro o de otros.
Venimos de veintiún años de dictadura donde todo estaba permitido, menos atentar contra el régimen militar. El que quisiera miccionar en la calle, botar basura, hacer escándalo, manejar desordenadamente, no pagar impuestos, drogarse exponiendo a otros, corromper a servidores públicos, coimear y cuanta aberración que atentara contra una convivencia organizada se podía realizar, y seguro que poca o ninguna oposición encontraba para salirse con la suya. Y en los doce años de democracia (¿) las cosas no han variado mucho en cuanto a tener más orden.
Tratar de ordenar la sociedad por sectores conduce al fracaso, a la frustración y, peor aún, a generar más desorden.
Llegó la hora de la sensatez y de cambiar actitudes; llegó la hora de un gran acuerdo nacional; llegó la hora de que todos seamos políticos; llegó la hora de buscar el bien común... Y esta hora no se irá hasta que hagamos una Constituyente exitosa y no fracasada como las Constituyentes de 1941 y 1946, para que constituyamos la nueva república con libertad y orden.
Gana quien mejor se comporta, por supuesto. Gana el poeta, gana el caballero. Pero, mucho le falta al varón que siente que un decreto, por más estricto que éste sea, lo va a amordazar y le cerrará la avenida para lanzar un requiebro. Ahora bien, si lo que al tal varón solamente se le ocurre son las vulgaridades tan en boga hoy en día, es porque carece de cacumen, y el cerebro se nutre en las cloacas. Para los tales, bendito y bienvenido sea el tal decreto. Todos los varones deben tener familiares del sexo femenino, ya sea madre, abuela, tía, que le dé lecciones sobre cómo cortejar, cómo expresar admiración ante la belleza, cómo rendirle tributo a la que pudiera llegar a ser la compañera del resto de su vida. Antes, esta cualidad era innata; nadie necesitaba que le soplaran. Pero en fin, el pasar del tiempo perjudica.
Que vayan esos varones, que se sienten amordazados y limitados, a pedirle consejo a personas que bien los quieran las que los van a orientar basándose en sus propias experiencias. Los que carecen de cultura necesaria para tratar con el bello sexo, tienen dos alternativas: tomar cursos de buena educación, dedicándole muchas horas a la lectura de calidad, o no hablar. Esto no se logrará con facilidad aquí.
Si periodistas editorialistas carecen del repertorio para agradar, sin usar las sandeces que se escuchan por doquier, ¿qué se le puede pedir al mozalbete que en su diario hablar practica con asiduidad las palabras que antes eran consideradas vituperables por todos y que hoy están formando parte del repertorio insultante con que se hiere a quien lo escuche? Desde el hombre humilde de la montaña más alejada de nuestra serranía, hasta el caballero de sombrero y levita, las que tuvimos el placer de escucharlos podemos dar testimonio del buen gusto, de la delicadeza, del ingenio y del placer que producían cuando echaban al aire un piropo que, dentro de su estilo, era toda una sinfonía improvisada con aroma de jardín florecido. ¡Qué vivan el buen gusto y la buena educación, señor!
Que a los partidos políticos se les quiera regular...Herejía. Que se aspire a modificar el Código Electoral... Pura ilusión cualquier efecto más allá del maquillaje. Y el desorden político continúa.
En buen panameño, cualquier sector de la sociedad que goce, o que crea que le corresponde alguna ventaja que produce injusticia o atenta contra la colectividad, por lo cual se hace impostergable un reordenamiento, lo que produce es un conflicto social y político que profundiza el desorden generalizado que vivimos.
La libertad o el derecho de alguien, termina donde empieza la libertad o el derecho de otro o de otros.
Venimos de veintiún años de dictadura donde todo estaba permitido, menos atentar contra el régimen militar. El que quisiera miccionar en la calle, botar basura, hacer escándalo, manejar desordenadamente, no pagar impuestos, drogarse exponiendo a otros, corromper a servidores públicos, coimear y cuanta aberración que atentara contra una convivencia organizada se podía realizar, y seguro que poca o ninguna oposición encontraba para salirse con la suya. Y en los doce años de democracia (¿) las cosas no han variado mucho en cuanto a tener más orden.
Tratar de ordenar la sociedad por sectores conduce al fracaso, a la frustración y, peor aún, a generar más desorden.
Llegó la hora de la sensatez y de cambiar actitudes; llegó la hora de un gran acuerdo nacional; llegó la hora de que todos seamos políticos; llegó la hora de buscar el bien común... Y esta hora no se irá hasta que hagamos una Constituyente exitosa y no fracasada como las Constituyentes de 1941 y 1946, para que constituyamos la nueva república con libertad y orden.