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Dios y los políticos 


La separación entre Iglesia y Estado es uno de los pilares fundamentales del Derecho y las democracias en la modernidad. Esta separación parte del principio jurídico-político de que la religión y la política no deben mezclarse. Este principio es parte de casi todas las Constituciones de los Estados modernos, garantizando que la libertad de culto y la libertad de pensamiento, entre otras libertades, no ocasionen conflictos en el orden público.

La separación entre el Estado y la Iglesia asume que no existen Estados ni gobiernos que sean realidades sagradas. No hay en éstos nada eterno ni necesario; son sólo formas temporales y contingentes de organización del poder. La autoridad de nuestros gobernantes no proviene de Dios, sino de nuestras propias voluntades. Y las voluntades que expresamos con nuestras voces no son la voz de Dios. Se trata, nuevamente, de nosotros mismos.

Quienes concibieron que la Iglesia –o, en general, las religiones– y el Estado debían separarse entendieron bien el gran peligro que encierra asimilar nuestro deseo por el poder con la voluntad de Dios. Las cruzadas medievales, las guerras religiosas en Europa a principios de la Modernidad (por la reforma protestante) y los actuales conflictos en el Medio Oriente (por regímenes fundamentalistas) constituyen la mejor demostración histórica “in continuum” de la validez del principio que separa al Estado de la religión. Esta separación no es sólo un gran logro de la modernidad ilustrada; actualmente es una “conditio sine qua non” de toda democracia moderna y los derechos humanos.

Cuando identificamos nuestras confesiones religiosas con nuestras preferencias políticas, cometemos un doble error: sacralizamos lo mundano y mundanizamos lo espiritual. Al cometerlo, dejamos ver que no comprendemos adecuadamente estas esferas. Con ello, hacemos de Dios un títere de nuestros caprichos y vanidades al creer –o hacer creer a otros– que Dios tiene en asuntos políticos un trato especial para con nosotros por encima de las demás personas. Sin embargo, no debemos engañarnos: nuestros deseos particulares con respecto a la política no son asuntos que sean del interés fundamental de Dios. Mi deseo por ser diputado o presidente, no es asunto de la providencia. Parafraseando a Nietzsche, esto es un asunto ‘humano, demasiado humano’.

Todo creyente debería tener en claro que a Dios sólo le importa que seamos personas de bien; lo demás es pura vanidad. La fama, la riqueza o el poder en la política no suman nada a los cálculos divinos. Asimismo, la devoción sincera no tiene ninguna relación real con el éxito o el fracaso político.

Dios y nuestras pasiones políticas constituyen dos mundos aparte. Podemos estar seguros de que donde hallemos a uno, nos encontraremos muy lejos del otro.

101 años de Panamá América

 
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