Disciplina urbanística
Las palabras del Ministro de Turismo, Rubén Blades, y que a muchos les han parecido particularmente severas, pues ha recomendado el endurecimiento de las medidas que tendría que tomar el gobierno contra los dueños de los inmuebles en mal estado y que no los restauran en el Casco Antiguo, son opiniones que están repercutiendo en el sector. Sin embargo, las opiniones son la punta del iceberg del problema que en diversos editoriales hemos venido sosteniendo: el desorden del crecimiento urbano que estamos viviendo requiere sin demora de una nueva disciplina urbanística.
Pero, ¿tenían que morir personas inocentes para hacer estas recomendaciones? ¿Por qué las inspecciones y el control oficial no se realiza regularmente para evitar tales dramas? Para resolver estos cuestionamientos es urgente reglamentar la nueva ley sobre ordenamiento territorial y dotar de los instrumentos necesarios de gestión urbana a todas las dependencias gubernamentales para que todos sepan qué hacer y quién lo tiene que hacer.
El tema no está resuelto. Es más, se agrava, ya que las especulaciones inmobiliarias dejan al descubierto los vacíos y la ambigüedades de las leyes por donde se cuelan muchas anomalías que, sin ser "delitos", tampoco permiten prosperar con justicia y ética el sector.
Lo que mayor preocupación produce es, luego de la tragedia, tener que soportar el típico escenario de acusaciones y culpas donde se destacan los cientos de permisos otorgados, la normas "cumplidas", las autorizaciones y sellos oficiales legalmente estampados por todos los ministerios, oficinas especiales, alcaldías, etc.. Y si todo está legal, entonces ¿qué es lo que está mal? Al escuchar a algunos de los implicados pareciera que en este descomunal desorden urbano todo está en "orden".
Para resolver esta cuestión, está claro que la disciplina urbanística es el instrumento correctivo que debe imponerse para prevenir la crisis que padece la capital.