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Discurso político: responsabilidad o abulia


La campaña electoral actual posee la potencialidad de abrir las puertas del electorado panameño (desde el plano mental y moral), a un mejor futuro. Esta oportunidad, bien aprovechada por los contendores al solio, podría ser una circunstancia ideal para avanzar el nivel del debate político, haciendo docencia pública, abriendo horizontes mentales y proveyendo la oportunidad de iniciar diálogos sociales inéditos, de cara a resolver el problema básico de la sobrevivencia de la Nación, en un particular y difícil momento de su ya casi centenaria historia.
Lamentablemente, nuestras expectativas parecen estar quedándose cortas. La visión cortoplacista de la mayoría es francamente decepcionante y, en muchos casos, realmente preocupante, pues hemos escuchado cosas para preocuparse y bastante: desde candidatos que dicen no creer en la necesidad de un programa electoral (justificando la improvisación como procedimiento lícito) hasta aquellos que recurren a embustes y falacias (y cifras falsas y falsos testimonios) para justificar sus inconsecuencias intelectuales y morales.
Toda esta parodia patética viene derivada de la naturaleza meramente electoralista de la mayoría de estas susodichas candidaturas, quienes representan, en la casi totalidad de los casos, a los intereses rapiñosos de diversos grupos de poder oligopólico (empotrados en los mal llamados partidos políticos). Por ello, la mayoría de los portaestandartes de estas propuestas (los candidatos) proyectan meros fragmentos de un trazado miope y mediocre con el que supuestamente pretenden gobernar el país. Y mucho de lo que esbozan en su discurso no es, en realidad, más que una vulgar colección de espejismos, evasivas, lugares comunes, clichés y fantásticos cuentos de camino, dirigidos a engatusar al electorado para acceder al poder inmediato y a sus beneficios (alcanzando el dorado premio del turno quinquenal de apropiarse de la piñata del Estado).
Juzgando por lo que hemos oído (por ejemplo, en el pasado Foro de Fundamujer) la gran mayoría se ha dedicado a la prédica salmódica de sus falsas virtudes y a la cacofonía intelectual: unos sacudiendo frases trilladas, buscan cubrir sus grandes lagunas con recursos teatrales diversionistas, con el azuzamiento del prejuicio o embutiéndonos somníferas anécdotas folklóricas. Otros, henchidos de amnesia y de desfachatez, se nos presentan como el súmmum del bifrontismo oportunista, tratando de disimular sus inevitables falencias morales y sus enormes vicios de origen, con mentiras y cortinas de humo.
Los denominadores comunes de la mayoría de estos sujetos (devenidos en candidatos por arte del dedazo, de las torceduras de brazos, de la autoproclamación o del billete) son, por un lado, su total renuencia a hablar de la naturaleza humana y moral de sus tenebrosos entornos inmediatos (sus asesores, amigotes, parentelas, socios, patrocinadores, etc.). Por otro lado (y lo que es más grave aún), su negativa a tocar los verdaderos problemas profundos del país, limitando su discurso a clichés vernaculares e irresponsables, embadurnando la justa rabia acumulada del electorado con los demacrados colores del parroquianismo y de la superficialidad.
Y cuando hablamos de los principales problemas de este país nos referimos a aspectos categóricos mayores de nuestra crisis actual, a sus raíces reales más profundas, evidentes para cualquier persona con suficiente sentido común. Nos referimos a cosas: como a) la falta de un proyecto de Sociedad a largo plazo, que se cumpla y se respete y que sea fruto de un acuerdo básico nacional; b) la necesidad de refundar institucionalmente a la República; y c) la urgencia de sanear moralmente a la Nación.
En el primer orden de cosas, es fundamental el que todos los supuestos “presidenciables” entiendan que nadie (ni el ganador ni su partido tampoco) puede acometer las tareas de resucitar la economía de manera efectiva por sí solos, sin una carta de navegación social y política seria y que vaya más allá de los alcances de sus propias narices, acuerpada y llevada adelante por toda la ciudadanía. Pero para ello, es necesario que todos nos pongamos de acuerdo primero (y esta campaña es un buen momento para ello) respecto a la dirección que queremos para el país, a corto, mediano y largo plazo. Respecto a qué tipo de país deseamos construir, honestamente. Porque sin un compromiso mayoritario (realmente mayoritario y no de esas tristes y sórdidas mayorías relativas electoreras) que convoque, unifique y movilice honestamente a las mejores voluntades y mentes de la Nación, ninguna reactivación socioeconómica puede llevarse seriamente a término. Y hasta el metal más duro se quiebra por la fatiga.
Este país no puede soportar un desengaño ni una tomadura de pelo más. Pero tampoco puede tolerar las consecuencias de la chabacanería ni de la improvisación, por muy bien intencionada que estas sean.
En cuanto al segundo aspecto, es increíble la gama de silogismos, sofismas y argucias verbales a la que han recurrido casi todos los candidatos, para tratar de esquilmarle al pueblo su derecho a proveerse de una nueva Constitución, por la vía de una Asamblea Nacional Constituyente. Unos hablan de reformas constitucionales, otros le meten mano a otras figuras de lenguaje y casi todos rehuyen siquiera mencionar al cuco por su nombre. Tanto pánico les causa la idea misma de una Constituyente. ¿Por qué? Porque ello puede significar el fin del régimen de incurias en que se sustenta el andamiaje partidocrático: la llegada al poder para malvivir de sueldazos y privilegios, amparados en inmunidades que son impunidades. El fin del nepotismo, de la repartición de los consulados, de las jugosas notarías, de los contratos y de las consultorías millonarias.
Una nueva Constitución puede abolir de raíz la base misma del sistema deformado que, como un verdadero cáncer, tanto daño le ha causado al progreso de este país. Una nueva Constitución puede crear instituciones de supervisión y control ciudadano, de exigencia de cuentas claras y, por ende, de castigo al abuso y al delito de cuello blanco. Puede ser el fin definitivo de la pachanga y eso, para el común de los políticos, es como mostrarle un crucifijo a Drácula. Por ello, en esto nuestro compromiso ciudadano debe ser rotundo y claro: negarle el voto a cualquiera que se oponga a una Asamblea Nacional Constituyente.
Finalmente, es indispensable administrarle un purgante (no tengo otra palabra más precisa) al cuerpo social panameño. Cada cierto tiempo, las sociedades humanas (al igual que cualquier organismo vivo) van acumulando productos de desecho político, burócratas con vocación de escoria, profesionales de la botella y del compadrazgo, eso que la jerga marxista calificaba como el “lumpen”. También va acumulando una suma de desequilibrios, de descalificaciones, de malos ejemplos, de groseras injusticias rampantes, que necesitan ser resueltas, so pena de hacer colapsar a la sociedad como un todo.
Por eso, es urgente que el país recurra a usar el brazo pesado y largo de la justicia, para devolverle el sentido auténticamente republicano y democrático a las acciones del Estado y a toda la vida nacional. Para ello se debe proceder a corregir los entuertos, a investigar y a castigar los crímenes impunes, a llevar ante la justicia a los ladrones y prevaricadores, a purgar de una buena vez a toda la gusanera corrupta que ha crecido amparada en las debilidades de nuestra democracia, desnaturalizándola y matándola lentamente. Y en esto, tampoco, se puede andar con medias tintas, evasivas o vacilaciones, sino que hay que adoptar compromisos claros y someterse a la auditoría implacable del electorado, mientras se ejerza el poder político y se tenga la responsabilidad de gobernar.
Sin entender el alcance de estas tareas estratégicas pendientes y sin una visión madura de nuestra realidad, sin una perspectiva de estadista honesto y valiente, será muy difícil que ningún candidato actual pueda encarar y vencer a los demonios que asolan nuestro presente y que denigran y distorsionan nuestro futuro.
Hace casi un año, en David, un gran panameño dijo, refiriéndose a lo que hacía falta para sacar al país de su postración, lo siguiente: “...¿Qué necesitamos para convertir estas...palabras en realidad? En mi opinión, dos cosas: Definir claramente las metas que queremos alcanzar en forma específica y cuantificable, y traducir esa voluntad de dejar de ser pobres, en un esfuerzo concertado y dirigido de pueblo y gobierno, para alcanzar las metas propuestas...”. Estas visionarias palabras de Alberto Vallarino cobran cada vez más sentido y nos hacen ver que, en esta campaña, la calidad de la mayoría de los candidatos nos debe poner a pensar muy profundamente, de aquí hasta el momento de depositar nuestro voto en la urna. En ese momento podremos, sin saberlo, darle un abrazo al futuro de nuestros hijos o asestarle una terrible puñalada a los sueños inmediatos de la Patria.

101 años de Panamá América

 
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