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Disenso y consenso


El día en que un hombre pierde su capacidad de criticar, misma que encierra el derecho a opinar que está inserto, del mismo modo, en el derecho a la libre emisión del pensamiento, sujeto al respeto de las reglas propias de la comunicación humana -respeto al derecho a la dignidad del otro, no incurrir en falsos, diatribas personales o subjetivas, etc.-, podemos decir que ese hombre ha perdido su condición de producir cambios en su entorno familiar, social, político, cultural, y se verá reducido, por consiguiente, en un simple repetidor de ideas o en un obediente lacayo de los demás.

Perder la dialéctica, que es consustancial al pensamiento, el espíritu cogitativo del que hablaba Descartes, o soslayar el imperativo categórico de la lógica Kantiana, sería sucumbirnos en nuestra propia negación de lo que somos: seres racionales. Por opinar o por criticar no se puede condenar a nadie. Se penan o condenan otras cosas: caer en la diatriba que trasciende a la calumnia, la injuria, etc., pero no las elaboraciones o frutos del pensamiento libre. ¡Qué pena me dan aquellos hombres que temen pensar y criticar por miedo a ser ellos mismos sujetos de censura o de contra críticas.

Son pusilánimes aquellos espíritus apocados que temen ser cuestionados o en alguna medida contradichos. Son almas que rehúyen el debate y que se ahuyentan cuando alguien los riposta. Esto suele suceder cuando se adolece del conocimiento para indagar en sus datos el argumento que permita la defensa de la idea o de aquello en lo que se cree.

Me causa mucha tristeza ver, en no pocas ocasiones, hombres y mujeres, más a hombres que mujeres, recular de lo que han dicho o, simplemente para agradar y que nadie diga nada en contra de ellos, decirle a sus interlocutores: "Estoy de acuerdo con lo que usted dice", cuando ni ellos mismos se lo creen. También me causan mucha pena quienes en los debates se convierten en arlequines de los demás y concluyen las diatribas políticas o forenses riendo a carcajadas con el contendor. El buen orador o replicador no brinda su sonrisa a la cara que se mofa de sus ideas, o a quien hace de sus argumentos el contenido de su cinismo. Al insulto pusilánime no se le responde con sonrisas, sino con ciencia, arte y paciencia. A la cobarde ignorancia hay que desnudarla, y esto sólo es posible con inteligencia, seriedad, mesura e hidalguía.

Concluyo: Defienda el consenso y también el disenso. ¡No se arrepienta de aquello en lo que ha creído! Defienda sus ideas, a capa y a espada, pero respete siempre el pensar de los demás. En eso consiste el libre juego de las ideas, básicamente, de las políticas y el respeto a la libre emisión del pensamiento; de las ideas deviene en el pilar fundamental de las auténticas democracias.

101 años de Panamá América

 
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