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¡Disparates!


Eloy Grimaldos M., "cronista político", refiriéndose a mi candidatura a la Presidencia de la República, se pregunta: "¿Otra vez para qué?" y, en forma sarcástica, "¿Para qué más de lo mismo?" (El Panamá América, 2 de febrero de 2003) y endilga sus acusaciones e insinuaciones con base en actos de corrupción que supuestamente gozaron de impunidad durante mi gobierno. Porque estas aseveraciones desdicen de la seriedad con que se pretende revestir la crítica y muestran una aureola de santurronería trasnochada, que no queda nada bien, voy a referirme a hechos concretos, cosa que por más que se empeñe, no puede emular el cronista.
Grimaldos asegura que en mi gobierno no robamos porque no había dónde robar. Esta declaración es un atrevimiento sin nombre que refleja más bien una personalidad negativa y falta de integridad de un pensamiento malsano. Es un hecho conocido que al asumir el gobierno en 1989 nos encontramos con la desagradable sorpresa de un Banco Nacional de Panamá en que solamente el Estado se había sobre girado en casi un millardo de balboas, y estaba en una insolvencia alarmante; de una Caja de Ahorros en la que todos los técnicos financieros y bancarios daban como única solución la quiebra judicial definitiva. Sin embargo, el cronista maliciosamente omite mencionar que al cabo de cinco años, al entregar el poder al ganador de las elecciones de 1994, las finanzas públicas habían sido saneadas en un giro diametralmente opuesto y que las arcas del Tesoro Nacional contaban con recursos suficientes para financiar cómodamente innumerables proyectos que el siguiente gobierno pudo realizar gracias al juicioso manejo de los dineros del pueblo en manos de mi gobierno. Si de robar se hubiese tratado, como lo sugiere su peculiar lógica, era de suponer que nuestra conducta dolosa hubiese impedido que la situación fiscal en 1994 fuese mejor que en 1989; pero tal parece que el proceso de razonamiento del cronista lo lleva a conclusiones disparatadas, según las cuales la verdad es mentira y la honradez es un defecto.
Un cronista político que desee tener una palabra autorizada, que aprecie los valores de un sistema democrático y que respete las instituciones que le dan forma, no podría hacer aseveraciones desafortunadas e imprudentes como las que se han hecho.
La columna del cronista cita, además, algunos comentarios periodísticos que no resisten al más mínimo análisis y no apoyan la peregrina tesis que se esboza. Algunos de esos comentarios tenían una clara motivación político partidista del momento; otros eran generalizaciones sin puntualizar ningún hecho concreto; y otros, nada tenían que ver con la honestidad en el desempeño gubernamental. Es más, se citan varios casos que constituían llamados de atención o advertencias formuladas, precisamente, por altos funcionarios públicos, entre ellos el entonces Contralor General de la República y el Ministro de Salud. Pienso que no se tendrá la osadía de pretender torcer de tal forma la verdad para llegar a la ridícula conclusión de que el funcionario de mi gobierno que denunció y que combatió la corrupción donde la percibió o sospechó, estaba por ello incurriendo en el mismo pecado que denunciaba. Durante mi gobierno, el Contralor estableció controles efectivos para prevenir abusos y fue, precisamente en virtud de esas medidas, como se pudo detectar y prevenir el desenfreno en la utilización de los recursos públicos al que se había acostumbrado la administración pública hasta ese momento.
Nos permitimos agregar lo siguiente: En primer lugar, como ex Presidente de la República pude disfrutar de una inmediata inmunidad como miembro del Parlamento Centroamericano. Si hubiera tenido algún temor sobre cualquier acción dolosa mía o de mi gobierno, como maliciosamente se sugiere, me hubiese resguardado con ese escudo protector. En cambio, no me pasó por la mente ni siquiera tomar posesión de dicho cargo, porque sabía que, aun cuando posteriormente quisiere renunciar a dicha inmunidad, no podría hacerlo sin contar con la anuencia del Parlamento. Por eso dejé el camino libre desde el principio para que cualquier otro panameño, incluyendo al cronista político, pudiera acusarme sin impedimento legal alguno.
Cabría agregar a este punto, que el cargo que dejé de ocupar se le asignaba un no despreciable salario de 3,500 balboas mensuales. Resulta, entonces, inexplicable que este gesto ético de mi parte me impidió recibir casi un cuarto de millón de balboas que legítimamente me hubiera correspondido. Ese sacrificio como político con vocación de servir al pueblo bien puede ser acogido como un ejemplo, a diferencia del columnista que me descalifica.
En segundo lugar, durante los siguientes cinco años a partir de mi entrega del mando al candidato opositor que me sucedió, no estuve fuera del país ni un solo día. Permanecí en Panamá durante todo este tiempo y continuó hoy día totalmente accesible como cualquier ciudadano desprovisto de privilegios especiales para responder de frente y con la fuerza de mi verdad a cualquier acusación infundada que personas revestidas de una gran audacia, como la de Grimaldos, pretendiesen formular.
Si el cronista político realmente cree lo que escribe, he de recordarle que ha tenido todo este tiempo, y aún lo tiene, para presentar formalmente sus acusaciones ante los organismos competentes y probarlas y, si alguna duda tiene sobre la eficiencia e imparcialidad de esas instancias, puede muy bien usar su pluma para exigirles respuestas. Mi opinión de las malas artes e hipocresía de este columnista me recuerdan las palabras del Evangelio, según San Mateo, Capítulo 23, versículo 27: "Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque sois semejantes a los sepulcros blanqueados, los cuales por afuera parecen hermosos a los hombres, mas por dentro están llenos de huesos de muertos, y de todo género de podredumbre".
Luego de intercambiar detalles sobre algunos aspectos del plan, Posada Carriles y "Emilio" se despidieron con un fuere apretón de manos. A modo de despedida, el emisario expresó: "-Recuerda, Luis: confiamos en ti para seguir adelante con nuestros planes", luego se dirigió al hotel, pues ese mismo día viajaría supuestamente a Panamá. Todo esto ocurrió entre el 24 y 25 de junio de 2000.
A fines de agosto, o en el mes de septiembre (este detalle no lo recuerda bien) Luis Posada se encontró con Gaspar Jiménez en Panamá, a donde éste había viajado por petición suya. Jiménez se hospedó en el Hotel El Panamá, lugar en el que sostuvieron una reunión. Después de explicarle con lujo de detalles las intenciones del jefe de seguridad de Castro, Eduardo Delgado, lo que ocurriría el 16, 17 ó 18 de noviembre, así como otros detalles de lo que pasaba a lo interno de Cuba con los grupos clandestinos, le comentó la preocupación que había en la isla por el alto grado de infiltración existente en el exilio.
Gaspar Jiménez se mostró receloso acerca de la visita de Emilio y le expresó a Luis Posada que no compartía la idea de que él viajara solo a Panamá. Le aseguró que él gestionaría el asilo político del futuro desertor, con algunas amistades suyas, pero insistió en que Posada Carriles debería viajar a Panamá unas semanas antes para familiarizarse con el terreno, alquilar por lo menos tres apartamentos en diferentes áreas de la ciudad y también preparar y estudiar la ruta de escape. Recalcó que lo que se proponían hacer no era fácil, y que se dificultaba mucho más porque ocurriría en plena Cumbre, cuando las medidas de seguridad serían extremas.
Entre ambos comentaron lo que ya se sabe entre los cubanos, que donde quiera que viaje el dictador sus servicios de inteligencia siempre ofrecen a las autoridades del país anfitrión, con semanas de anticipación, una lista con los nombres de los cubanos en el destierro, a quienes ellos consideran como amenazas potenciales.
Ya se tiene conocimiento de algunos casos en que algunos de los cubanos que aparecen en la extensa lista desean ingresar al país mientras el tirano se encuentra allí y se le ha dado a escoger entre regresar a Miami en el siguiente vuelo disponible, o quedarse detenido hasta que el tirano abandone ese territorio.
Para salvar este inconveniente, Gaspar y Luis, quienes saben muy bien que su nombre encabeza la famosa "lista negra" anticastrista, decidieron entrar a Panamá en forma encubierta, con nombres supuestos, para evitar ser detectados y quizás perseguidos por los matones del tristemente célebre Departamento América de la inteligencia cubana, a los que ellos mismos identifican como killers.
De igual manera, considerando las medidas de seguridad que habría en los aeropuertos del país con motivo de la Cumbre, toman la decisión de ingresar a Panamá por Paso Canoas, el puesto fronterizo que comunica al país con Costa Rica por vía terrestre. Estaban seguros de que las autoridades de los aeropuertos tendrían fotografías suyas, al igual que conocían las amenazas de muerte que pendían sobre ellos por parte de los castrocomunistas. Por algo en el cuerpo de Posada Carriles están marcados los impactos de ocho balas calibre 45, como mejor testimonio de sus aprensiones.
Había otro motivo que favorecía la decisión de ingresar por Paso Canoa, y es el de que ellos contaban con un amigo común en la provincia de Chiriquí, de quien habían sabido que se encontraba mal de salud, por lo que la ocasión se presentaba oportuna para hacerle una visita.
Gaspar Jiménez y Luis Posada acordaron traer con ellos a Panamá a Guillermo Novo Sampol y a Pedro Remón, quienes entrarían al país con su documentación estadounidense, pues si se presentaba la ocasión de viajar con el desertor en un vuelo comercial, ellos serían los encargados de cumplir esa parte de la misión: de no ser así, se adoptaría el plan original, que era el de ser recogidos por un avión particular, después de mantenerse escondidos durante un tiempo prudencial. Otra de las opciones era llegar a la embajada norteamericana, algo que veían muy arriesgado, pues sería el primer lugar que bloquearían los secuaces de Castro.
Por esas fechas, me encontraba en Atlanta, Georgia, asistiendo a un seminario que nos ofrecía capacitación, tanto a mí como a mi empresa, para desarrollar los enlaces técnicos necesarios con el fin de establecer enlaces comerciales y técnicos con clientes de Estados Unidos, Puerto Rico, México, Argentina y Brasil. Desde esa ciudad realicé un apresurado viaje para reunirme con Gaspar Jiménez, en San José de Costa Rica, con el propósito de volar juntos hasta Panamá y poder brindar el apoyo esencial que se requería para la recepción de uno o más desertores de la escolta de Fidel Castro que habían planeado desertar durante su corta estancia en la tierra de Omar Torrijos.
Gaspar Jiménez me esperó en el Hotel Best Western, de San José, en donde pernoctamos antes de seguir viaje hacia la frontera con Panamá. A las seis y media del día siguiente salimos del aeropuerto Juan Santamaría con rumbo a Coto 47.
El pequeño bimotor de Sansa cruzó los cielos costarricenses sobrevolando lo que aparentaba ser una alfombra de selva inhóspita, mientras que en el estrecho espacio de la cabina nos disputábamos el escaso oxígeno disponible, lo que provocó que Jiménez padeciera una severa disfonía, secuela de una dolencia cardíaca que lo afecta desde hace tiempo. Luego de una hora y cuarto, divisamos en la distancia un claro en el que muy pronto distinguimos un pequeño y desolado aeropuerto, a poca distancia de la frontera panameña. Continúa mañana

101 años de Panamá América

 
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