Domingo de gloria
Así nos levantamos oyendo por mucho tiempo, antes de la reforma litúrgica del Vaticano III, que después de la Semana Santa todo terminaba con el domingo de gloria, que en nuestro folclor externamente y laicamente, se celebraba con los acostumbradas expresiones populares.
Con la reforma, hemos notado que más público creyente está interesado en celebrar con la liturgia de la Iglesia, y hoy hablamos del Domingo de Resurrección que es el mismo Domingo de Gloria, pues según el salmo así se refiere a Jesús resucitado, el Rey de la gloria.
Toda la Semana Santa no es sino la preparación inmediata para el sábado santo a media noche. Los primeros cristianos conmemoraban esa noche con un servicio religioso ritual que hacía visible todo el misterio encerrado en la persona de Cristo: la encarnación de Dios, la muerte, la resurrección la exaltación-ascensión y la comunicación del Espíritu Santo a sus seguidores.
En Cristo muerto, resucitado y exaltado con todo el poder de Dios, se nos revela todo el misterio del hombre, de todo hombre, a quien Dios ha hecho, lo sabemos por Cristo, carne de su carne y hueso de sus huesos. Sólo varios siglos después se desenvolverá todo el misterio pascual en distintas fiestas distribuidas a lo largo del año.
En un principio solamente se celebraban los dos domingos; el Domingo de Ramos y el Domingo de Resurrección. La entrada de Cristo en Jerusalén, el domingo de Ramos, era un símbolo de la re-entrada triunfal de Cristo en la vida por la resurrección y un adelanto de la entrada de Cristo en la nueva Jerusalén al fin de los tiempos.
La resurrección de Cristo es el acontecimiento en el cual se funda nuestra fe cristiana. “Si Cristo no ha resucitado nuestra fe es una mentira dice San Pablo a los Corintios capítulo 15, pero Cristo ha resucitado.
La resurrección de Cristo nos revela que Dios ha colocado la capacidad de resucitar dentro de la existencia humana. El Hijo del hombre al resucitar nos revela que Dios ha decidido permanecer hombre para siempre.
La resurrección de Cristo nos revela que la naturaleza humana no está hecha para ser destruida, sino para ser resucitada, divinizada.
La resurrección de Cristo nos revela que hemos de resucitar nosotros mismos, no otros, aunque no sepamos cómo, ni sepamos cuándo.
Reflexionar sobre el hecho de la resurrección de Cristo nos lleva a ser optimistas respecto al hecho de que el mal no siempre triunfará como está triunfando, sobre todo cuando nos sentimos ahogados por el problema del tráfico continuo de droga y su consecuentes crímenes y daños a la humanidad.
Si Cristo venció a la muerte, al demonio y al pecado, también lo que nos espera a nosotros es el triunfo final con Cristo resucitado.