¿Dónde está nuestra sociedad civil?
La libertad de expresión que el régimen militar suprimió de la noche a la mañana, una vez que éste cayó, se pudo reinstaurar rápidamente. Pero reinstaurar la sociedad civil, las muchas formas paralelas y mutuamente complementarias en que los ciudadanos participan en la vida pública, es más complicado.
La razón es evidente: la sociedad civil es un organismo de intrincada estructura, muy frágil, y a veces hasta misterioso, que ha ido desarrollándose a lo largo de décadas, sino por siglos. Por tanto, tras veintiún años en los que prácticamente no existió, ésta no puede ser restaurada por mandato legal. Sus tres pilares - asociaciones privadas, descentralización del Estado y delegación del poder político en entidades independientes - sólo se pueden reconstruir con paciencia.
En los once años de transición posdictadura, nuestras nuevas elites políticas han adoptado una actitud apática respecto a la reconstrucción de la sociedad civil. Muchos de los políticos ahora defienden los exagerados poderes gubernamentales que dejó como reliquia la era de los militares. Por eso es por lo que muchas instituciones siguen estando regidas por una administración centralizada, aunque podrían haberse transformado en organizaciones que el Estado puede vigilar desde lejos o apoyar mediante procesos transparentes. El debate sobre la descentralización del Estado se ha alargado en este país durante once años sin que ningún departamento del gobierno haya mostrado la más mínima voluntad de transferir sin rechistar poderes a las instancias menores. Y por eso es por lo que el déficit sigue siendo excesivo: el Estado tiene que pagar mil cosas que no tendría que pagar si existiera una sociedad civil avanzada, porque los ciudadanos se harían cargo de ellas directamente.
Esta inercia no tiene nada que ver con la ideología. Cuando algunos políticos buscan la excusa de la ideología para negarse a reducir el poder estatal, dicen que "el pueblo nos ha elegido para gobernar". La intención de la sociedad civil no es burlar al Ejecutivo ni al Legislativo, o los partidos políticos. Lo que pretende es capacitarles para que funcionen de la mejor manera posible. La misma genera pluralismo, y el pluralismo que lleva a la competencia, trae la calidad. En este sentido, se da una similitud entre la economía y la política; cuantas más iniciativas diferentes se permitan, mayores serán las posibilidades de que triunfen las mejores y más innovadoras entre ellas. Depender exclusivamente de la capacidad de las autoridades o de los políticos para decidir siempre lo que hay que hacer y de qué manera hay que hacerlo, equipara al poder con la verdad, el concepto político más peligroso del siglo pasado.
Además, cuanto más estratificada esté la sociedad civil, cuánto más prospere, más estable será la política nacional. La sociedad civil evita que los ciudadanos se vean excesivamente afectados por los cambios en el poder político y facilita de hecho el mismo, de forma que un cambio de gobierno no dé la impresión de ser un huracán que no deja nada en su sitio. Aquí donde no está desarrollada, todos los problemas rezuman hacia el poder político. Y cuanto más fuerza le dejemos, más favorables son las condiciones para que controlen el país. Los militares lo sabían muy bien, y por eso manipulaban hasta las asociaciones de agricultores.
La gente quiere que se le aprecie por lo que aporta al entorno que le rodea. La sociedad civil es una de las formas claves en que podemos desplegar nuestra naturaleza humana en su totalidad. Sus enemigos ivil lo saben y es lo que motiva su oposición a ella.
La razón es evidente: la sociedad civil es un organismo de intrincada estructura, muy frágil, y a veces hasta misterioso, que ha ido desarrollándose a lo largo de décadas, sino por siglos. Por tanto, tras veintiún años en los que prácticamente no existió, ésta no puede ser restaurada por mandato legal. Sus tres pilares - asociaciones privadas, descentralización del Estado y delegación del poder político en entidades independientes - sólo se pueden reconstruir con paciencia.
En los once años de transición posdictadura, nuestras nuevas elites políticas han adoptado una actitud apática respecto a la reconstrucción de la sociedad civil. Muchos de los políticos ahora defienden los exagerados poderes gubernamentales que dejó como reliquia la era de los militares. Por eso es por lo que muchas instituciones siguen estando regidas por una administración centralizada, aunque podrían haberse transformado en organizaciones que el Estado puede vigilar desde lejos o apoyar mediante procesos transparentes. El debate sobre la descentralización del Estado se ha alargado en este país durante once años sin que ningún departamento del gobierno haya mostrado la más mínima voluntad de transferir sin rechistar poderes a las instancias menores. Y por eso es por lo que el déficit sigue siendo excesivo: el Estado tiene que pagar mil cosas que no tendría que pagar si existiera una sociedad civil avanzada, porque los ciudadanos se harían cargo de ellas directamente.
Esta inercia no tiene nada que ver con la ideología. Cuando algunos políticos buscan la excusa de la ideología para negarse a reducir el poder estatal, dicen que "el pueblo nos ha elegido para gobernar". La intención de la sociedad civil no es burlar al Ejecutivo ni al Legislativo, o los partidos políticos. Lo que pretende es capacitarles para que funcionen de la mejor manera posible. La misma genera pluralismo, y el pluralismo que lleva a la competencia, trae la calidad. En este sentido, se da una similitud entre la economía y la política; cuantas más iniciativas diferentes se permitan, mayores serán las posibilidades de que triunfen las mejores y más innovadoras entre ellas. Depender exclusivamente de la capacidad de las autoridades o de los políticos para decidir siempre lo que hay que hacer y de qué manera hay que hacerlo, equipara al poder con la verdad, el concepto político más peligroso del siglo pasado.
Además, cuanto más estratificada esté la sociedad civil, cuánto más prospere, más estable será la política nacional. La sociedad civil evita que los ciudadanos se vean excesivamente afectados por los cambios en el poder político y facilita de hecho el mismo, de forma que un cambio de gobierno no dé la impresión de ser un huracán que no deja nada en su sitio. Aquí donde no está desarrollada, todos los problemas rezuman hacia el poder político. Y cuanto más fuerza le dejemos, más favorables son las condiciones para que controlen el país. Los militares lo sabían muy bien, y por eso manipulaban hasta las asociaciones de agricultores.
La gente quiere que se le aprecie por lo que aporta al entorno que le rodea. La sociedad civil es una de las formas claves en que podemos desplegar nuestra naturaleza humana en su totalidad. Sus enemigos ivil lo saben y es lo que motiva su oposición a ella.