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Dos años


Hace una semana cumplió dos años el gobierno que preside Mireya Moscoso. Durante el acto llevado a cabo en la Asamblea Legislativa, y dado que una dolencia física le impidió dirigirse a la Nación, el secretario de dicho órgano leyó el mensaje que tradicionalmente expresa a viva voz la primera autoridad nacional. Frente a la importancia de la fecha considero necesario plasmar algunas reflexiones relacionadas con su gestión pública, habida cuenta la constante repetición de un discurso cuyo contenido de acción social se agota día a día frente a las alarmantes realidades socioeconómicas que afectan al país entero.
De todas las irregularidades y circunstancias que han incidido para colocar a la República de Panamá en el atolladero donde se encuentra hoy, ninguna inquieta más que la percepción generalizada de la población sobre la incapacidad administrativa para capear los muchos malestares que nos aquejan diariamente.
Esta muy particular apreciación del problema global panameño vuelve a traer el permanente dilema que suscita la capacidad y popularidad de un dirigente dado. No tengo la menor duda que hemos iniciado, subliminalmente, el proceso para moldear el perfil del nuevo político que nuestro país necesita. Cualquier hombre o mujer que aspire a convertirse en el estadista que demandan estos difíciles tiempos deberá tener buena popularidad, pero basada primordialmente en su capacidad para plantear esquemas orientados a resolver parte de los problemas nacionales.
El nuevo político que requiere la coyuntura actual deberá aglutinar a otros para proponer asuntos a favor de algo, y no convocar alianzas cuyos estandartes sean la crítica vacía, carente de contenido y huérfana de esperanza. Dentro de sus principales cualidades deberá contar con la virtud de sumar a sus adversarios para superar los escollos cotidianos y así lograr las metas que nos imponen los acelerados cambios que se da en el mundo hoy día.
El clan afín a sus ideas deberá colaborar en la ejecución de los muchos lineamientos que plantee la sociedad en general. Por tal motivo resultará inaceptable maniatar su gestión dentro de una telaraña mezquina de caprichos y ventajas sólo para quienes simpaticen con su grupo y otras banderías amigas.
El bienestar de Panamá se habrá de convertir en meta única. Las decisiones que tomen deberán condicionarse para que los frutos que generen se distribuyan entre todos. El partido, y la coalición que haya hecho posible su triunfo, deberán replegarse a una distancia prudente y que no interfiera con la labor desprendida que tendrá como deber ejecutar, en conjunto con el equipo de trabajo que lo acompañe, a favor del país y todos sus asociados.
Si no modificaciones prontamente el patrón de conducta política imperante, y seguimos con este rancio pensar que tanto daño ha causado a los panameños en general, seguirán las acusaciones e intransigencias de bando y bando hasta cuando se acabe el período de gobierno de la administración actual.
Espero que los presidentes, juntas directivas y comisiones políticas que existen en todos los partidos, además de los estamentos administrativos dentro de los movimientos cívicos y otros grupos que se preocupan por el acontecer nacional, analicen con mesura el camino a seguir y sugieran, a corto plazo y por el futuro de nuestra Nación, una genuina concertación nacional basada en el aporte de figuras relevantes - vengan del partido, movimiento o asociación que sea, o en su defecto esos muchos talentos independientes dentro de la sociedad panameña - que reúnan características y actitudes similares a ésas que hoy me he permitido esbozar. (rbermudez@cableonda.net)

101 años de Panamá América

 
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