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Dos temas de política exterior: Taiwan y Cuba


En los dos casos, de gran importancia y actualidad, hay un denominador común: La vigencia y defensa de la democracia y el respeto a principios fundamentales, que deben ser la columna vertebral de nuestra política exterior.
Aunque la República Popular de China fue creada en 1949, la comunidad internacional siguió reconociendo al gobierno presidido por Chiang Kai Shek, trasladado a la Isla de Taiwán después del triunfo de la revolución comunista encabezada por Mao Tse Tung. Y 22 años transcurrieron hasta que las Naciones Unidas decidieron desbancar al gobierno de Taiwán y entregarle su puesto al gobierno de Beijing.
Desde 1971 hasta el presente, un número importante de países cortó sus relaciones diplomáticas con Taiwan y las estableció con la China Popular. Otros, entre los que se encuentra Panamá, han seguido manteniendo relaciones diplomáticas con Taiwan, y a la par, han establecido o mantienen relaciones comerciales con la China Popular.
Cada vez que en Panamá se inaugura una nueva administración vuelven al debate la suspensión de las relaciones con Taiwan y el establecimiento de relaciones diplomáticas con la China Popular. Esta, no es un secreto para nadie, mantiene y financia una ofensiva constante, cuya cara visible es una organización local de amigos de la China Popular, de la que forman parte reconocidas personalidades panameñas.
Al igual que ocurrió durante las administraciones Endara, Pérez B., Moscoso, y ahora con la del Sr. Torrijos, el gobierno nacional ha decidido mantener el actual estatus. Comparto esa posición y abogo porque no se altere. Sin dejar de reconocer la importancia política y económica de la China Popular, creo que mientras su régimen no se inscriba entre las naciones que practican la democracia y el respeto a los derechos humanos, quienes hemos hecho de ellos la base de nuestra manera de vivir y convivir, no debemos darle la espalda a Taiwán y a lo que ella representa.
En cuanto a Cuba, mi posición es conocida pero quiero recalcarla ahora que nuestro gobierno parece cada vez más inclinado a complacer al tirano cubano. El señor Castro, no debemos olvidarlo, preside un régimen represivo y conculcador de los derechos humanos. No hace tanto tiempo, como para olvidarlo, que el gobierno cubano aplicó severas condenas a casi un centenar de disidentes por el solo hecho de reclamar democracia y libertad para su país.
A raíz de los indultos concedidos por la presidenta Moscoso, el gobierno castrista decidió romper relaciones diplomáticas y consulares con Panamá. Aunque la ruptura de relaciones diplomáticas, y sobretodo de las consulares, es una práctica cada día menos frecuente, si el régimen castrista decidió tomar esa medida estaba en su derecho, pero que persista en su actitud es inexplicable y absurdo. Pero más inexplicable y más absurda es la conducta de nuestro gobierno frente al exabrupto cubano, que ha celebrado, como si de una victoria diplomática se tratara, que el señor Castro haya decidido restablecer las relaciones consulares.
Ya explique en un artículo anterior, que muy flaco favor nos hacemos al permitir que el gobierno cubano juzgue la conducta de nuestros gobernantes. A los tribunales panameños, y solo a ellos, les corresponderá, en su momento, decidir sobre la medida tomada por la presidenta Moscoso. Por ello, no debemos tolerar que el señor Castro se erija en juez de sus acciones mucho menos que insista en chantajearnos, como lo hizo en la reciente cumbre iberoamericana, celebrada en San José de Costa Rica.
El régimen de Fidel Castro es un anacronismo incompatible con la comunidad americana de naciones, especialmente después de que ésta, en el año 2001 adoptó en Lima la Carta Democrática Interamericana. Allí establecimos que los pueblos de las Américas tienen el derecho a vivir en democracia y que no pueden ser parte de ella los regímenes como el cubano que no sólo no la practican sino que, además, vulneran los derechos fundamentales de sus pueblos.
Hacerle el juego al régimen castrista y permitirle que condicione a su capricho el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Panamá es un atentado a nuestra soberanía y un ataque abierto a la independencia de nuestros tribunales.
En vez de permitir que el señor Castro nos imponga condiciones, creo que debiera ser a la inversa.
Panamá, al igual que han hecho otros países, debiera condicionar el mantenimiento de relaciones diplomáticas con el régimen castrista a que éste deje de perseguir y encarcelar a sus nacionales y a que se comprometa a establecer en Cuba una verdadera democracia.

101 años de Panamá América

 
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