Dr. Carlos Calero
“El Don era todo lo que le quedaba en la vida, lo que lo unía aún a la tierra y a aquel mundo enorme, que resplandecía bajo el sol”. Mijail Sholojov
En la puerta de vidrio esmerilado las sobrias letras negras indicaban: Dr. Carlos Calero, Medicina Interna. Allí, en su oficina, nos encontramos por primera vez. Permaneció unos instantes en silencio reclinado sobre el escritorio, atiborrado de papeles, libros y revistas. Llevaba puesta una almidonada bata blanca sobre el impecable ambo de cirugía. El resto del consultorio me confirmó, en ese breve lapso, que estaba frente a un hombre devoto del trabajo. Elevó apenas la mirada mientras sus anteojos, montados en la punta de la nariz, continuaban dirigidos hacia la página que sostenía en sus manos. Luego de presentarme, se puso rápidamente de pie con esa caballerosidad generosa con que los buenos maestros suelen alivianar la timidez y los resquemores de los médicos novatos. Con voz suave y ademanes pausados comenzó a contarme la historia y el funcionamiento de la Clínica Raymond que en ese entonces dirigía. Me asignó un consultorio vecino al suyo que había pertenecido al Dr. Rusódimos.
Nacido en un día que la nacionalidad panameña no puede olvidar jamás, un 9 de enero del año 1909, en Ecuador, donde se recibió de médico en 1935 con Primer Puesto de Honor. Fue contratado por el gobierno nacional para trabajar como médico internista, primero en Colón y luego en el Hospital Santo Tomás. Al poco tiempo viajó a Estados Unidos donde realizó estudios de post grado en Washington y Nueva Orleáns. En Puerto Rico se especializa en Medicina Tropical y conoce a quien luego sería su esposa, Doña Gladys Iglesias, a la sazón enfermera del Bishop Willinger School, una dama con quien ha culminado la mayor de sus obras: fundar una familia que, junto a sus tres hijos, Carlos, Gladys e Isabel, hoy es ejemplo de lo más granado de nuestra sociedad. Trabajó muchos años ad-honorem junto al Dr. Carl Johnson en el Laboratorio Conmemorativo Gorgas. Por veinticinco años fue profesor en la Universidad de Panamá. El 13 de Junio emprendió el viaje final, rodeado del cariño de su familia y de la admiración y profundo respeto que sus colegas sentimos por este médico extranjero que nos ha legado toda una vida dedicada a la prevención, conservación y restauración de la salud en Panamá.
En esta época de globalizaciones selectivas, donde a la ciencia se le exige pasaporte y se le ponen barreras chauvinistas al conocimiento -principal energía que mueve el motor del progreso- este querido colega, callado y laborioso; enemigo natural de las luces y candilejas del “olimpismo” médico mediático, es para nuestra juventud famélica de modelos éticos, un ejemplo vivo que debemos rescatar quienes tuvimos la dicha y el honor de compartir su don apacible.