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Droga y terrorismo


En Bogotá, en medio de ataques con explosivos al Palacio de Gobierno y a los alrededores del Congreso, no obstante el enorme despliegue de las fuerzas de seguridad, Álvaro Uribe tomó posesión como nuevo Presidente de Colombia.
Estos atentados, que dejaron al menos quince muertos y veinte heridos, fueron calificados como declaratoria de guerra por parte de las FARC que, al llevar a cabo estas acciones, ratificaron su naturaleza de virulencia criminal en contra de Colombia y su falta de respeto a la comunidad internacional, por cuanto asistieron a la histórica ceremonia de cambio de mando 600 invitados, gran parte de ellos representantes de diversos países amigos.
Uribe, graduado con honores en Harvard y Oxford, alcanzó caudalosa votación en las urnas debido a su discurso de mano dura y corazón grande. Hace 19 años, a su padre le asesinaron los forajidos de las FARC.
Las conversaciones de paz con Tirofijo y sus secuaces demostraron que el diálogo no es posible entre el Gobierno y los narcoterroristas, por cuanto la palabra de éstos nada significa, como lo demostró la realidad de los hechos: al ex mandatario Pastrana el mencionado y avezado cabecilla del narcoterrorismo le dejó plantado al no asistir a una reunión ampliamente publicitada, a la que incluso concurrieron delegados de otras naciones y de organismos internacionales; además, con exceso de candorosidad, graciosamente se concedió a los alzados en armas en referencia decenas de miles de kilómetros cuadrados de territorio, que sirvieron únicamente para fortalecerse en sus posiciones y en el cometimiento de sus características atrocidades: secuestros, matanzas a misioneros, ataques a poblaciones indefensas, asesinatos a gente inocente como producto de lanzar cilindros de gas llenos de dinamita al interior de templos repletos de fieles y cuantos otros incalificables hechos.
Como premisa, no se debe olvidar que tanto el terrorismo como el narcotráfico son cánceres sociales de carácter transcontinental, de allí que esta unión constituye pandemia de dimensiones inconmensurables no exclusivamente para tal o cual nación sino para el planeta en general.
En el discurso de posesión, Álvaro Uribe, que merece el mayor apoyo nacional e internacional, expresó que se debe derrotar a la droga por cuanto destruye la libertad, la ecología, anula la visión de vivir en paz y financia la violencia. Estas aseveraciones entrañan una gran verdad, al recordar que el narcotráfico es colosal fuente de infinidad de males, cuyo mayor testimonio puede dar la atormentada República sudamericana.
El general Fernando Tapias, comandante general de las Fuerzas Militares de Colombia, en una entrevista para la prensa ecuatoriana, dijo textualmente: "En mi país no hay guerrilla, hay grupos narcoterroristas. Aquí no hablamos de ideología comunista, ya que la mayoría de quienes se captura ni saben quiénes fueron Marx, Engels o Lenin; lo que mueve este enfrentamiento es el dinero de las drogas. El problema aquí es el dinero del narcotráfico".
Esos recursos son inmensos, constituyen el eje de la perversa industria cuyas dimensiones -vale la reiteración- son mundiales. Los facinerosos que se desenvuelven en estas prohibidas órbitas se han asociado con malandrines de similar jaez que pretenden tomarse el poder político de manera arbitraria y violenta: por ello, con propiedad se habla de narcoterroristas, gentes sin Dios ni Ley, que han hecho del delito su forma de vida, ya que se trata de bandoleros de la peor especie. ¿Qué acontecería no sólo a Colombia sino a la región andina de llegar estos forajidos a los máximos niveles de gobernabilidad? ¿Con la democracia, la libertad, la justicia y los derechos humanos?
Luego de un análisis de los principales grupos terroristas que operan en el planeta se saca como conclusión que la primordial fuente de financiamiento tienen en las drogas ilícitas: el caso colombiano no puede ser más expresivo, a igual que el de la siniestra red Al Qaeda, del execrable Bin Laden, donde igualmente prevalecen, a más del primitivismo, el opio y los negocios afines.
Informó, como dato curioso, que hay expedicionarios que arriesgan su vida, sólo para escribir sobre los peligros de las trochas. Ellos hacen el recorrido, armados con mapas y brújulas, aun cuando cuentan con el recurso económico para viajar en avión a donde se les antoje.
Esos caminos también son usados por comerciantes que venden sus productos en poblaciones fronterizas colombianas, donde ganan más aunque tengan que arriesgar sus vidas.
El caminante, siempre dispuesto a hablar, aunque con mucha cautela y eligiendo las palabras, informó que había varias trochas más, pero que por la falta de uso, se han perdido en la espesura de la selva.
Ahora bien, se trata sólo de las trochas de Darién centro, pues también las hay en el sector Pacífico (para llegar a Jaqué) y en el Caribe (para llegar a Puerto Obaldía).
Allá en Yaviza quedó el intrépido aventurero, presto a seguir retando a la suerte transitando esos caminos de terror, uno de ellos recorrido parcialmente por El Panamá América.

101 años de Panamá América

 
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