Eduación y Centenario (II)
La máquina del tiempo de la educadora Ana González le permitió tomar parte de uno de los acontecimientos más importantes de la educación panameña: la creación de la Universidad de Panamá, el 7 de octubre de 1935, cuyo primer rector fue el Dr. Octavio Méndez Pereira. Pudo enterarse de los afanes del Presidente de la República, Dr. Harmodio Arias M., por fundar este centro de estudios superiores y de las posiciones contrarias expresadas por influyentes personalidades panameñas. Esta universidad nació cobijada por el Instituto Nacional, con una matrícula de 175 estudiantes, atendidos por 8 excelentes profesores.
En Santiago de Veraguas participó el 5 de junio de 1938, en la creación de la Escuela Normal, que luego llevó el nombre de Juan Demóstenes Arosemena, en reconocimiento al Presidente de la República que gestó su fundación. Esta espléndida institución llenó de alegría y esperanzas el interior del país. Inmediatamente estudiantes de todas partes de la geografía istmeña empezaron a llenar sus aulas, sedientos de conocimientos científicos, pedagógicos y culturales, que esparcieron por las escuelas del país. Con esta Normal, cierran sus puertas las normales rurales y se consolida la formación magisterial nacional.
La aprobación de la Ley 47 Orgánica de Educación de 1946, fue otro acontecimiento que alegró el corazón de nuestra viajera. En su aprobación se conjugaron diversos factores: las luchas de los educadores y de los estudiantes, y la mentalidad progresista de José D. Crespo. Era una buena ley, superior a las que ella conocía pero, además, ofrecía estabilidad al personal docente, una condición que consideraba indispensable para dignificar al magisterio. Su relación con la educadora Sara Sotillo, la proponente de esta enmienda, le produjo enorme regocijo.
Mucho le impresionó la preocupación por formar y atender la niñez que padecía ceguera, sordera y deficiencias mentales, mediante la creación del Instituto Panameño de Habilitación Especial, en noviembre de 1951. Después se enteró que, con base en esta experiencia, se gestó la Universidad Especializada de las Américas (UDELAS), en 1997, una institución oficial de reconocidas proyecciones académicas y sociales.
En su viaje conoció de los afanes por reformar los planes y programas de estudio de las escuelas primarias oficiales en 1953, dentro de una enfoque de escuela activa, llamados los Programas del Cincuentenario. En 1954, la creación del Instituto Justo Arosemena, un centro educativo particular, la percibió como una contribución importante a la educación nacional, sobre todo cuando años después pudo constatar que se había convertido en uno de los colegios más grandes y eficaces del país. Su contacto con un movimiento de Reforma Educativa, en 1972, le produjo muchas expectativas. Apreció los cambios para democratizar y hacer eficaces la educación Básica, Media y Superior, en materia de currículo, textos, formación docente, ciencia y tecnología, becas y crédito educativo, creación y organización de escuelas rurales. La relación entre educación, salud, nutrición y desarrollo agropecuario, le pareció algo novedoso y conveniente. Sin embargo, durante una visita al Ciclo Básico de Chitra en Veraguas, en 1979, se enteró que la Reforma había sido derogada, como parte de las demandas de grupos de educadores, políticos y empresarios en huelga. Buscó si había alguna evaluación científica que revelara las deficiencias de ese cambio, pero no encontró ninguna evidencia.
Hacia fines de la década del ‘80, pudo conocer que en Panamá se debatían e impulsaban proyectos de cambio educativo, en medio de una crisis política y económica poco común. En diciembre de 1989, una bomba de alto poder explosivo sorprendió a nuestra viejera en el barrio de El Chorrillo, que hizo vibrar su máquina del tiempo, mientras conversaba con niños acerca de su navidad y el futuro educativo. Era la invasión norteamericana. Ella compartió las expresiones de luto y dolor por las pérdidas humanas y materiales. Una década más tarde, se contagió de la alegría por la recuperación de la soberanía plena y de la integración a la nación del sistema educativo paralelo que funcionaba en la antigua Zona del Canal.
La educadora Ana se enteró de un movimiento mundial al que se le llamaba globalización, que era fuertemente apoyado en los medios modernos de comunicación, las redes de información, la ciencia y la tecnología y el flujo internacional de capitales financieros. Ese proceso y los problemas de atraso educativo y tecnológico, obligaron a países como Panamá a modernizarse y transformar su educación. En 1997 se conoció la Estrategia Decenal de Modernización de la Educación Panameña y el Pacto Nacional que le daba legitimidad social y política. Muchos proyectos se emprendieron para mejorar el sistema educativo. Cinco años más tarde se enteró que con el cambio de gobierno, se puso a un lado esta estrategia y se planteó otro esquema de transformación de la educación. La viajera ingenuamente buscó sin resultados estudios que sustentaran esta decisión. De lo que se enteró fue del Diálogo por la Transformación de la Educación, en el 2002, que produjo gran entusiasmo en muchos sectores sociales y políticos. Después de muchas reuniones, interesantes debates y encuentros intelectuales, surgieron recomendaciones que terminaron en dos leyes administrativa -financieras que no se han reglamentado. Ella pudo observar que la comunidad espera intranquila que se aborde con voluntad el mejoramiento de la calidad de la educación.
Libreta en mano, la educadora Ana González se dispone dejar consignadas sus apreciaciones antes de volver a su escuela y comunidad en 1903, de donde ella partió. Empieza valorando el notable progreso de la educación y la sociedad en estos cien años. Anotó que existe una amplia red de escuelas, colegios y universidades, oficiales y particulares, que cubre el territorio nacional; tasas de escolarización superiores a la media regional; personal docente en su gran mayoría titulado y una sociedad consciente del valor estratégico de la educación. También reconoce que poco ha cambiado el modelo de funcionamiento de las escuelas y del método pedagógico. La relación frontal docente-alumno, la memorización y repetición de la información, es el pilar de funcionamiento de muchas aulas de clases, aun cuando se dispone de nuevas teorías y recursos pedagógicos de gran alcance en los aprendizajes significativos.
La niñez pobre es elevada y sigue teniendo desventaja en las oportunidades y calidad de los aprendizajes, pese al derecho que les reconoce la Ley. Existen más recursos humanos, financieros, materiales y tecnológicos, pero menor eficiencia en su aprovechamiento. La política partidista sigue ejerciendo gran influencia en las decisiones educativas y deteriora la confianza pública en el sistema. El centralismo y la burocracia debilitan la creatividad y eficacia de las escuelas.
Registró que en el Año del Centenario existen múltiples manifestaciones, paros y malestares asociadas al uso de fondos públicos, gestión de escuelas, colegios y universidades, y nombramientos de directivos y personal docente. Concluyó que existe un sentimiento generalizado que la educación padece una crisis y que se espera una acción decisiva para superarla. Por eso, la sociedad y el Estado deben asignarle a la educación la prioridad y atención que se merece. Finalmente, la educadora González reveló que la vuelta al futuro le ha permitido identificarse más con la profesión docente, estar más cerca de las necesidades de la gente y amar acendradamente su patria.
(la primera entrega se publicó el domingo 11 de mayo pasado en esta sección).
En Santiago de Veraguas participó el 5 de junio de 1938, en la creación de la Escuela Normal, que luego llevó el nombre de Juan Demóstenes Arosemena, en reconocimiento al Presidente de la República que gestó su fundación. Esta espléndida institución llenó de alegría y esperanzas el interior del país. Inmediatamente estudiantes de todas partes de la geografía istmeña empezaron a llenar sus aulas, sedientos de conocimientos científicos, pedagógicos y culturales, que esparcieron por las escuelas del país. Con esta Normal, cierran sus puertas las normales rurales y se consolida la formación magisterial nacional.
La aprobación de la Ley 47 Orgánica de Educación de 1946, fue otro acontecimiento que alegró el corazón de nuestra viajera. En su aprobación se conjugaron diversos factores: las luchas de los educadores y de los estudiantes, y la mentalidad progresista de José D. Crespo. Era una buena ley, superior a las que ella conocía pero, además, ofrecía estabilidad al personal docente, una condición que consideraba indispensable para dignificar al magisterio. Su relación con la educadora Sara Sotillo, la proponente de esta enmienda, le produjo enorme regocijo.
Mucho le impresionó la preocupación por formar y atender la niñez que padecía ceguera, sordera y deficiencias mentales, mediante la creación del Instituto Panameño de Habilitación Especial, en noviembre de 1951. Después se enteró que, con base en esta experiencia, se gestó la Universidad Especializada de las Américas (UDELAS), en 1997, una institución oficial de reconocidas proyecciones académicas y sociales.
En su viaje conoció de los afanes por reformar los planes y programas de estudio de las escuelas primarias oficiales en 1953, dentro de una enfoque de escuela activa, llamados los Programas del Cincuentenario. En 1954, la creación del Instituto Justo Arosemena, un centro educativo particular, la percibió como una contribución importante a la educación nacional, sobre todo cuando años después pudo constatar que se había convertido en uno de los colegios más grandes y eficaces del país. Su contacto con un movimiento de Reforma Educativa, en 1972, le produjo muchas expectativas. Apreció los cambios para democratizar y hacer eficaces la educación Básica, Media y Superior, en materia de currículo, textos, formación docente, ciencia y tecnología, becas y crédito educativo, creación y organización de escuelas rurales. La relación entre educación, salud, nutrición y desarrollo agropecuario, le pareció algo novedoso y conveniente. Sin embargo, durante una visita al Ciclo Básico de Chitra en Veraguas, en 1979, se enteró que la Reforma había sido derogada, como parte de las demandas de grupos de educadores, políticos y empresarios en huelga. Buscó si había alguna evaluación científica que revelara las deficiencias de ese cambio, pero no encontró ninguna evidencia.
Hacia fines de la década del ‘80, pudo conocer que en Panamá se debatían e impulsaban proyectos de cambio educativo, en medio de una crisis política y económica poco común. En diciembre de 1989, una bomba de alto poder explosivo sorprendió a nuestra viejera en el barrio de El Chorrillo, que hizo vibrar su máquina del tiempo, mientras conversaba con niños acerca de su navidad y el futuro educativo. Era la invasión norteamericana. Ella compartió las expresiones de luto y dolor por las pérdidas humanas y materiales. Una década más tarde, se contagió de la alegría por la recuperación de la soberanía plena y de la integración a la nación del sistema educativo paralelo que funcionaba en la antigua Zona del Canal.
La educadora Ana se enteró de un movimiento mundial al que se le llamaba globalización, que era fuertemente apoyado en los medios modernos de comunicación, las redes de información, la ciencia y la tecnología y el flujo internacional de capitales financieros. Ese proceso y los problemas de atraso educativo y tecnológico, obligaron a países como Panamá a modernizarse y transformar su educación. En 1997 se conoció la Estrategia Decenal de Modernización de la Educación Panameña y el Pacto Nacional que le daba legitimidad social y política. Muchos proyectos se emprendieron para mejorar el sistema educativo. Cinco años más tarde se enteró que con el cambio de gobierno, se puso a un lado esta estrategia y se planteó otro esquema de transformación de la educación. La viajera ingenuamente buscó sin resultados estudios que sustentaran esta decisión. De lo que se enteró fue del Diálogo por la Transformación de la Educación, en el 2002, que produjo gran entusiasmo en muchos sectores sociales y políticos. Después de muchas reuniones, interesantes debates y encuentros intelectuales, surgieron recomendaciones que terminaron en dos leyes administrativa -financieras que no se han reglamentado. Ella pudo observar que la comunidad espera intranquila que se aborde con voluntad el mejoramiento de la calidad de la educación.
Libreta en mano, la educadora Ana González se dispone dejar consignadas sus apreciaciones antes de volver a su escuela y comunidad en 1903, de donde ella partió. Empieza valorando el notable progreso de la educación y la sociedad en estos cien años. Anotó que existe una amplia red de escuelas, colegios y universidades, oficiales y particulares, que cubre el territorio nacional; tasas de escolarización superiores a la media regional; personal docente en su gran mayoría titulado y una sociedad consciente del valor estratégico de la educación. También reconoce que poco ha cambiado el modelo de funcionamiento de las escuelas y del método pedagógico. La relación frontal docente-alumno, la memorización y repetición de la información, es el pilar de funcionamiento de muchas aulas de clases, aun cuando se dispone de nuevas teorías y recursos pedagógicos de gran alcance en los aprendizajes significativos.
La niñez pobre es elevada y sigue teniendo desventaja en las oportunidades y calidad de los aprendizajes, pese al derecho que les reconoce la Ley. Existen más recursos humanos, financieros, materiales y tecnológicos, pero menor eficiencia en su aprovechamiento. La política partidista sigue ejerciendo gran influencia en las decisiones educativas y deteriora la confianza pública en el sistema. El centralismo y la burocracia debilitan la creatividad y eficacia de las escuelas.
Registró que en el Año del Centenario existen múltiples manifestaciones, paros y malestares asociadas al uso de fondos públicos, gestión de escuelas, colegios y universidades, y nombramientos de directivos y personal docente. Concluyó que existe un sentimiento generalizado que la educación padece una crisis y que se espera una acción decisiva para superarla. Por eso, la sociedad y el Estado deben asignarle a la educación la prioridad y atención que se merece. Finalmente, la educadora González reveló que la vuelta al futuro le ha permitido identificarse más con la profesión docente, estar más cerca de las necesidades de la gente y amar acendradamente su patria.
(la primera entrega se publicó el domingo 11 de mayo pasado en esta sección).