Educación para la democracia
TODOS ESTAMOS de acuerdo en decir que queremos fortalecer nuestra democracia y que le asignamos un valor primordial a la educación en la tarea de mejorar las capacidades y oportunidades de la gente. Cabe cuestionar si lo que se dice, se practica de veras o se dice más bien porque ha llegado a ser una especie de barandal que sirve a todos, en el gobierno y la sociedad civil, para hablar o moverse en público con la seguridad de recibir aprobación (y con la seguridad adicional de no tener que hacer nada al respecto). Hay que preguntarse si no se trata de un discurso prefabricado, palabras sobre palabras que no hacen ninguna reflexión de fondo y que pueden servir más para callar y evitar sobre lo que verdaderamente urge hablar.
En gracia de argumentación, vamos a suponer que ambas afirmaciones integran efectivamente el ideario nacional del consenso, y que la discusión surge a partir del cómo deben alcanzarse las metas y cuáles deben ser las estrategias a seguir. Esto no quiere decir que no haya personas y grupos que son conscientes de que reciben beneficios gracias a la falta de democracia y que lógicamente intentarán mantener esas condiciones para prorrogar las fuentes de su bienestar. Si bien es cierto que en la democracia ganan todos los ciudadanos, como ciudadanos, en la práctica, el avance de la democracia implica que hay gente que gana y otra que pierde (precisamente por la incapacidad de identificarse como ciudadanos y el apego a roles disfuncionales).
Al hacer énfasis en el "cómo", podremos descubrir que para poder solucionar el problema hay que saber cómo plantearlo primero; dicho de otro modo, si no sabemos plantear la cuestión, nunca llegaremos a resolverla. Si la planteamos mal, de una forma incompleta y equivocada, entonces es probable que el intento de solución empeore la situación.
Educar para la democracia no se logra con un curso de derechos humanos de 48 horas, ni haciendo seminarios para funcionarios. Supone introducir en el diseño curricular una dimensión que empieza con el sistema escolar mismo y que aborda la cuestión de la democracia desde el punto de vista de la formación del individuo en una serie de valores como son la tolerancia, la convivencia pacífica, el respeto a la diversidad de culturas, y la integridad en el ejercicio de las funciones públicas (por mencionar algunos temas). Supone que los educadores han leído y entendido a Dewey, Piaget, Kohlberg y Habermas (por mencionar sólo algunos hitos fundamentales).
No se trata de inculcar un dogma, sino de abrir la mente a los problemas actuales y a la búsqueda de soluciones duraderas. A una edad más avanzada, la educación en democracia exige el estudio del desarrollo social y el conocimiento de las razones de la insostenibilidad de ciertos estilos de crecimiento económico. La educación para la democracia se irá decantando en una cultura para el fortalecimiento de las instituciones democráticas cuando el acervo bibliográfico nacional cuente con un caudal de obras científicas conocidas y comentadas sobre la historia de la democracia panameña, los problemas en la transición hacia la democracia y las tareas pendientes en el avance de los derechos humanos y la lucha contra la corrupción.
Se trata, pues, de formar a la población más joven en la convicción de que la democracia no es un todo acabado, sino que ella tendrá que darle forma a la suya para que responda a los problemas de su tiempo, ayudados por el hilo de la historia que une y da sentido a la evolución de la sociedad.
Hoy estamos todavía lejos de tener una educación que refuerce el compromiso democrático, pues lo primero que llama la atención es que educación y democracia se plantean siempre como problemas aislados unos de otros. Por lo general, a las cuestiones educativas se les exige una asepsia política, porque no se considera que la ciudadanía es el principal concepto político de nuestro tiempo. Cualquier conexión entre las actividades políticas y las educativas reciben de inmediato un juicio de reproche. Se cree que la buena educación debe estar libre de toda preferencia o favoritismo político y ser neutral en la competición de las ideas y las ideologías. Esta concepción de la educación, ya sea que se compre sobre la base de ser científica o utilitaria, ha dejado a la democracia sin dientes y a la política sin cerebro.
Hay que reivindicar el valor de la democracia para la educación y darle contenido (y expresión curricular) a la idea de que la educación fortalece la democracia. Todos los niños y niñas del país deben saber y sentirse que el acceso a una educación gratuita es una conquista política de la democracia y que el país necesita completar la cobertura del sistema educativo para que no haya ningún niño ni niña que crezca al margen del aprendizaje que se realiza en las escuelas; que es necesario mejorar la calidad de la educación porque ello mejora la calidad de las oportunidades que se tendrán después. De la misma forma, nuestra niñez debe aprender a una edad muy temprana de la vida que la corrupción en la vida pública y privada tiene como resultado quitarle a un niño el pan de su boca. El sistema educativo tiene que enseñarle a nuestros hijos a rechazar la corrupción, y no a justificarla como algo que fue necesario en su debido momento y en el debido lugar. La corrupción de las generaciones presentes y pasadas debe ser causa de vergüenza nacional, y eso hay que enseñarlo en las escuelas. Así, los corruptos serán parias y no arribistas.
Si empezamos hacer esto desde este año, no veremos los resultados en forma inmediata. Pero si persistimos como nación en demostrar nuestra convicción democrática y respetar el principio de que nuestros hijos sean educados para la democracia, entonces, después de 10, 15 ó 20 años, comenzaremos a ver los resultados. ¡Vale la pena!
En gracia de argumentación, vamos a suponer que ambas afirmaciones integran efectivamente el ideario nacional del consenso, y que la discusión surge a partir del cómo deben alcanzarse las metas y cuáles deben ser las estrategias a seguir. Esto no quiere decir que no haya personas y grupos que son conscientes de que reciben beneficios gracias a la falta de democracia y que lógicamente intentarán mantener esas condiciones para prorrogar las fuentes de su bienestar. Si bien es cierto que en la democracia ganan todos los ciudadanos, como ciudadanos, en la práctica, el avance de la democracia implica que hay gente que gana y otra que pierde (precisamente por la incapacidad de identificarse como ciudadanos y el apego a roles disfuncionales).
Al hacer énfasis en el "cómo", podremos descubrir que para poder solucionar el problema hay que saber cómo plantearlo primero; dicho de otro modo, si no sabemos plantear la cuestión, nunca llegaremos a resolverla. Si la planteamos mal, de una forma incompleta y equivocada, entonces es probable que el intento de solución empeore la situación.
Educar para la democracia no se logra con un curso de derechos humanos de 48 horas, ni haciendo seminarios para funcionarios. Supone introducir en el diseño curricular una dimensión que empieza con el sistema escolar mismo y que aborda la cuestión de la democracia desde el punto de vista de la formación del individuo en una serie de valores como son la tolerancia, la convivencia pacífica, el respeto a la diversidad de culturas, y la integridad en el ejercicio de las funciones públicas (por mencionar algunos temas). Supone que los educadores han leído y entendido a Dewey, Piaget, Kohlberg y Habermas (por mencionar sólo algunos hitos fundamentales).
No se trata de inculcar un dogma, sino de abrir la mente a los problemas actuales y a la búsqueda de soluciones duraderas. A una edad más avanzada, la educación en democracia exige el estudio del desarrollo social y el conocimiento de las razones de la insostenibilidad de ciertos estilos de crecimiento económico. La educación para la democracia se irá decantando en una cultura para el fortalecimiento de las instituciones democráticas cuando el acervo bibliográfico nacional cuente con un caudal de obras científicas conocidas y comentadas sobre la historia de la democracia panameña, los problemas en la transición hacia la democracia y las tareas pendientes en el avance de los derechos humanos y la lucha contra la corrupción.
Se trata, pues, de formar a la población más joven en la convicción de que la democracia no es un todo acabado, sino que ella tendrá que darle forma a la suya para que responda a los problemas de su tiempo, ayudados por el hilo de la historia que une y da sentido a la evolución de la sociedad.
Hoy estamos todavía lejos de tener una educación que refuerce el compromiso democrático, pues lo primero que llama la atención es que educación y democracia se plantean siempre como problemas aislados unos de otros. Por lo general, a las cuestiones educativas se les exige una asepsia política, porque no se considera que la ciudadanía es el principal concepto político de nuestro tiempo. Cualquier conexión entre las actividades políticas y las educativas reciben de inmediato un juicio de reproche. Se cree que la buena educación debe estar libre de toda preferencia o favoritismo político y ser neutral en la competición de las ideas y las ideologías. Esta concepción de la educación, ya sea que se compre sobre la base de ser científica o utilitaria, ha dejado a la democracia sin dientes y a la política sin cerebro.
Hay que reivindicar el valor de la democracia para la educación y darle contenido (y expresión curricular) a la idea de que la educación fortalece la democracia. Todos los niños y niñas del país deben saber y sentirse que el acceso a una educación gratuita es una conquista política de la democracia y que el país necesita completar la cobertura del sistema educativo para que no haya ningún niño ni niña que crezca al margen del aprendizaje que se realiza en las escuelas; que es necesario mejorar la calidad de la educación porque ello mejora la calidad de las oportunidades que se tendrán después. De la misma forma, nuestra niñez debe aprender a una edad muy temprana de la vida que la corrupción en la vida pública y privada tiene como resultado quitarle a un niño el pan de su boca. El sistema educativo tiene que enseñarle a nuestros hijos a rechazar la corrupción, y no a justificarla como algo que fue necesario en su debido momento y en el debido lugar. La corrupción de las generaciones presentes y pasadas debe ser causa de vergüenza nacional, y eso hay que enseñarlo en las escuelas. Así, los corruptos serán parias y no arribistas.
Si empezamos hacer esto desde este año, no veremos los resultados en forma inmediata. Pero si persistimos como nación en demostrar nuestra convicción democrática y respetar el principio de que nuestros hijos sean educados para la democracia, entonces, después de 10, 15 ó 20 años, comenzaremos a ver los resultados. ¡Vale la pena!