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¡Educación, por favor!


DESDE HACE quinientos años se dice que América Latina es "el continente de la esperanza". Pero, los países latinoamericanos han estado plagados de la más absoluta, extendida y persistente desesperanza.
Hace poco recibí un correo electrónico con el título de "El arte de errar", en el que el comentarista peruano Jaime Baily reflexionaba sobre las causas del fracaso de nuestros países: "...nos va mal porque somos autodestructivos y nos lo merecemos. Nadie tiene la culpa de nuestros fracasos, salvo nosotros mismos...La mejor prueba de que somos tontos es que elegimos malos gobiernos". Lo peor es que no sólo los elegimos, sino que los reelegimos y los ratificamos. En casi todos nuestros países tenemos una, o varias vergonzosas historias, de presidentes considerados políticamente "muertos", execrados, expulsados, vituperados, que a la vuelta de unos años son resucitados y aclamados por sus pueblos. ¡Qué baja autoestima, qué falta de confianza en nosotros mismos! La verdad es que en política los únicos muertos son los que tienen una buena cantidad de metros cúbicos de tierra encima.
Hay un caso que escalofría: el regreso de Abdalá Bucaram a Ecuador. Y no sería nada el que regresase. Lo que aterra es que las posibilidades que tiene de arrasar en las elecciones son altísimas. Lo reportó en mayo de 2004 el diario Panamá América y El Nuevo Herald hace cinco días.
¡Educación, por favor! ¿Cómo va a arrasar Bucaram, que fue declarado por el Congreso "cesante" en sus funciones por "incapacidad mental" hace tan sólo 8 años? ¿En dónde quedan las acusaciones de corrupción, ineptitud, despilfarro, y nepotismo, y la orden de captura y extradición por malversación de fondos del gobierno, dictada por la Corte Suprema de Justicia? ¿Es que a los ecuatorianos se les olvidó tan pronto lo que les tocó vivir? ¿Será verdad que no hay quien pueda enrumbarnos por caminos de prosperidad? Yo creo que sí hay líderes. Lo que sucede es que nuestros pueblos, en su ignorancia, reconocen como líder a cualquiera que, como Bucaram, se encarame en una tarima y se desgañite en arengas groseras, descalificadoras e insultantemente machistas. Y eso es lo menos grave.
¡Educación, por favor! Educación para reconocer quiénes son las luces que nos guían, no los reflectores que nos encandilan. ¡Educación, por favor! Educación para convertirnos de una vez por todas en el continente de las realidades.
(*) Periodista venezolana.
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