Educación, valores y derechos humanos
Sobre educación, valores, y derechos humanos se han escrito incontables textos y, seguramente, se escribirán innumerables más. Cada uno de estos tópicos denota un significativo conjunto de ideas que desborda cualquier definición formal o precisa. Ciertamente, estos temas implican mucho más de lo que a primera vista nos muestran. Esto se debe a que aluden a fines o propósitos fundamentales para la existencia y convivencia humana. La educación, los valores, y los derechos humanos tienen el propósito de hacer de nosotros mejores personas y así también construir mejores sociedades y gobiernos. En palabras simples: hacer del mundo un mundo mejor. Una tarea sumamente difícil para un mundo en crisis, aunque no totalmente imposible
En un interesante y relevante pasaje sobre la crisis de la educación, un distinguido consultor de la UNESCO, Juan Carlos Tedesco, escribe que "[l]a crisis de la educación ya no se presenta como un fenómeno de insatisfacción en el cumplimiento de demandas relativamente aceptadas...la crisis...no proviene de la deficiente forma en que la educación cumple con los objetivos sociales que tiene asignados, sino que más grave aún, no sabemos qué finalidades debe cumplir o hacia dónde debe efectivamente orientar sus acciones (...)".
Lo anterior define la crisis de la educación en términos de una falta de finalidades que nos sirvan de orientación en la educación. ¿Y qué son las finalidades humanas sino los propios los valores humanos? La crisis de la educación se muestra así como una crisis por la ausencia de valores que orienten nuestro ser, saber y hacer en el mundo.
Paradójicamente, los valores no pueden ser enseñados, al menos, como se pueden enseñar las matemáticas o las ciencias naturales. Los valores no se enseñan a punta de libros o discursos sobre lo bueno o lo malo. No se trata de la mera transmisión de datos o información de una mente a otra, cuestión relativamente fácil, sino de algo mucho más radical. Se trata de un cambio de actitud, hábitos y conductas, pero un cambio que debe ocurrir desde el interior de la persona. Es aquí en donde la cuestión de los valores es esencial.
En este sentido, nadie debería enseñar valores que no practica. Ni tampoco podría. Sólo pueden enseñar valores aquellos quienes los practican, y esto es ya sumamente exigente. Así, por ejemplo, no es suficiente ser un buen profesor, maestro o educador. Es necesario también ser un profesor, maestro o educador bueno. Es decir, hay que ser primero una buena persona, luego ser un buen profesional. Pero ser una buena persona es un trabajo para toda la vida, no una cuestión de unos cuantos años, como puede suceder en cualquier profesión.
Por lo tanto, no se puede educar en valores sin practicarlos. Sin embargo, aun cuando se pueden poner en práctica y, con ello, dar el ejemplo, esto puede no ser suficiente para que otros puedan aprenderlos. A menudo se requiere de metodologías especiales para la enseñanza de los valores. Y esto es precisamente en lo que consiste el quid de toda educación: ofrecer métodos, formas o maneras que nos faciliten la enseñanza de, prácticamente, cualquier cosa. Incluso los valores, que son una materia muy suis generis en el campo de la educación.
En cuanto a los derechos humanos, no hay duda de que éstos tienen como fundamento ciertos valores. La dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad son, por lo regular, los primeros valores en ser enunciados y asociados a los derechos humanos. Sin embargo, existen valores humanos bien conocidos por todos, pero que no suelen asociarse tan directamente a los derechos humanos. Entre ellos aparecen la amistad, el amor, o la felicidad, que son más sublimes o ideales, mas no dejan de ser por ello menos útiles. De hecho, suelen ser indispensables para que valores de tipo más realista o pragmático sean más efectivos. Así, pues, ¿de qué nos sirve una sociedad justa, pero sin amor, o igualitaria, sin felicidad? Sin duda alguna, los valores de corte más espiritual pueden servir también a la realización de valores más terrenales.
Por todo lo anterior, es fácil notar que la educación, los valores y los derechos humanos se implican mutuamente y en manera significativa.
Imposible es sustentar una educación sin valores. Igualmente imposible es sustentar los derechos humanos sin una educación en valores. El buen o mal estado en que se encuentre alguno de ellos revela el buen o mal estado de los demás. Y el mejoramiento de cualquiera de ellos repercute de manera sinérgica en el mejoramiento de los otros.
Ante la crisis actual de la educación, los valores y los derechos humanos resulta, pues, un imperativo impostergable hacer lo que esté en nuestro alcance para sustentar y fortalecer estos baluartes de la sociedad en general.
En un interesante y relevante pasaje sobre la crisis de la educación, un distinguido consultor de la UNESCO, Juan Carlos Tedesco, escribe que "[l]a crisis de la educación ya no se presenta como un fenómeno de insatisfacción en el cumplimiento de demandas relativamente aceptadas...la crisis...no proviene de la deficiente forma en que la educación cumple con los objetivos sociales que tiene asignados, sino que más grave aún, no sabemos qué finalidades debe cumplir o hacia dónde debe efectivamente orientar sus acciones (...)".
Lo anterior define la crisis de la educación en términos de una falta de finalidades que nos sirvan de orientación en la educación. ¿Y qué son las finalidades humanas sino los propios los valores humanos? La crisis de la educación se muestra así como una crisis por la ausencia de valores que orienten nuestro ser, saber y hacer en el mundo.
Paradójicamente, los valores no pueden ser enseñados, al menos, como se pueden enseñar las matemáticas o las ciencias naturales. Los valores no se enseñan a punta de libros o discursos sobre lo bueno o lo malo. No se trata de la mera transmisión de datos o información de una mente a otra, cuestión relativamente fácil, sino de algo mucho más radical. Se trata de un cambio de actitud, hábitos y conductas, pero un cambio que debe ocurrir desde el interior de la persona. Es aquí en donde la cuestión de los valores es esencial.
En este sentido, nadie debería enseñar valores que no practica. Ni tampoco podría. Sólo pueden enseñar valores aquellos quienes los practican, y esto es ya sumamente exigente. Así, por ejemplo, no es suficiente ser un buen profesor, maestro o educador. Es necesario también ser un profesor, maestro o educador bueno. Es decir, hay que ser primero una buena persona, luego ser un buen profesional. Pero ser una buena persona es un trabajo para toda la vida, no una cuestión de unos cuantos años, como puede suceder en cualquier profesión.
Por lo tanto, no se puede educar en valores sin practicarlos. Sin embargo, aun cuando se pueden poner en práctica y, con ello, dar el ejemplo, esto puede no ser suficiente para que otros puedan aprenderlos. A menudo se requiere de metodologías especiales para la enseñanza de los valores. Y esto es precisamente en lo que consiste el quid de toda educación: ofrecer métodos, formas o maneras que nos faciliten la enseñanza de, prácticamente, cualquier cosa. Incluso los valores, que son una materia muy suis generis en el campo de la educación.
En cuanto a los derechos humanos, no hay duda de que éstos tienen como fundamento ciertos valores. La dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad son, por lo regular, los primeros valores en ser enunciados y asociados a los derechos humanos. Sin embargo, existen valores humanos bien conocidos por todos, pero que no suelen asociarse tan directamente a los derechos humanos. Entre ellos aparecen la amistad, el amor, o la felicidad, que son más sublimes o ideales, mas no dejan de ser por ello menos útiles. De hecho, suelen ser indispensables para que valores de tipo más realista o pragmático sean más efectivos. Así, pues, ¿de qué nos sirve una sociedad justa, pero sin amor, o igualitaria, sin felicidad? Sin duda alguna, los valores de corte más espiritual pueden servir también a la realización de valores más terrenales.
Por todo lo anterior, es fácil notar que la educación, los valores y los derechos humanos se implican mutuamente y en manera significativa.
Imposible es sustentar una educación sin valores. Igualmente imposible es sustentar los derechos humanos sin una educación en valores. El buen o mal estado en que se encuentre alguno de ellos revela el buen o mal estado de los demás. Y el mejoramiento de cualquiera de ellos repercute de manera sinérgica en el mejoramiento de los otros.
Ante la crisis actual de la educación, los valores y los derechos humanos resulta, pues, un imperativo impostergable hacer lo que esté en nuestro alcance para sustentar y fortalecer estos baluartes de la sociedad en general.