Educar en valores
El estreno del último período lectivo panameño del siglo XX y ante la anunciada "modernización de la educación" son suficientes motivos para pergeñar algunas reflexiones en torno al tema de los valores como fundamento de todo el proceso enseñanza-aprendizaje.
Aún recuerdo vívidamente mis años de estudiante universitario cuando el recién fallecido Maestro Vicente Bayard Pérez nos decía que todo el sistema pedagógico responde desde tiempos inmemoriales al tipo de hombre que desea formar, más bien, forjar. Sin duda, la educación es un medio, de los mejores que disponemos, llamado a construir el individuo y, con él, la sociedad a que aspiramos.
Todo parece indicar que ahora se tiende a confundir medios y fines, a anteponer los primeros y postergar los segundos. Y la pregunta surge por reacción espontánea: ¿qué clase de sujeto necesitamos en el alba del siguiente siglo que abre el Tercer Milenio?: un hombre computarizado, mecanizado, obediente y que se acople a consignas del régimen de turno; ensimismado en los logros de la ciencia y de la técnica, escéptico en materia de transcendencia religiosa o bien un individuo pensante, libre, creador, con una plataforma inamovible de conceptos que inspiren su vida y pueda irradiar actitudes positivas en su entorno. Un hombre para quien el avance del conocimiento sea punto de despegue hacia una visión integrada de la cultura universal y nacional; en definitiva, un hombre con sustancia, sensible a la realidad que lo circunda, pero a la vez con amplio horizonte hacia metas más elevadas.
Lo que no podemos hacer es quedarnos impasibles, anodinos e indiferentes ante las mutaciones vertiginosas del mundo y a las cambiantes formas de vida que los cambios implican.
Instituciones religiosas, entidades cívicas, autoridades educativas, medios de comunicación se refieren constantemente al asunto de los valores y a la necesidad de insertarlos en la educación para inculcarlos a las nuevas generaciones que se aprestan a la existencia, es decir, a participar en las lides cotidianas que demanda el hecho de ser hombre contemporáneo.
Los valores siguen inquietando a la Filosofía práctica y son objeto de público debate.
No faltan tampoco quienes anuncian que los valores tradicionales, (no sé a cuáles aluden) están pasados de moda y que, por ende, han dejado de ser atractivos e incapaces de llenar las expectativas que antes cumplían.
Esta vigencia del tema valorativo nos lleva a preguntar de cuáles estamos hablando y cómo se plasman en la vida diaria.
Un reciente ensayo que llevé a cabo en el aula universitaria (Teoría de los Valores) dio como resultado una tabla en la cual aparecían nociones como justicia, tolerancia, libertad, fe, paz, igualdad y así por el estilo. Quienes elaboraron la escala axiológica olvidaron una instancia superior que es la vida y dentro de ella la vida humana de la cual derivan todas las restantes.
La desvalorización de la vida con su secuela de violencia (personal), escolar, familiar, televisada, accidentes de trabajo y de tránsito) no son otra cosa que alarmantes indicadores de que estamos perdiendo la capacidad de mirar alto donde la vida ha de ocupar un lugar privilegiado como el don más importante que nos haya otorgado Dios y la naturaleza, según nuestras ideologías o creencias.
Y qué decir de los valores estéticos cuando se impone lo chabacano, la desfachatez y se nos atiborra por todos los medios de lenguajes distorsionados, modas extravagantes y expresiones totalmente distanciadas de cuanto es agradable y llene nuestras naturales ansias de legítimo goce y admiración por lo bello.
También hay valores religiosos que coinciden con lo sagrado, espiritual y trascendente. Ahora hay una inclinación malsana a suponer que el saber científico, el anclaje de lo inmanente y fugaz pueden colmar nuestra sed de superación y se nos corta toda posibilidad de que la inteligencia se remonte a las alturas de un absoluto, no interesa qué nombre le demos.
Están los valores de la Historia, la del mundo y la nuestra. La historia es una lección de advertencia. Si maliciosamente ignoramos nuestro acervo histórico le arrancamos las raíces a la nacionalidad, la dejamos sin sustento y, lo que es peor, renunciamos deliberadamente a nuestra necesaria identidad como país pequeño y frágil.
En todo el camino educativo, la educación en valores ha de promocionar al hombre, a todo el hombre, a todos los hombres. Será miope una pedagogía que sólo haga énfasis en un solo aspecto del sujeto, ya fuere el material o el espiritual. Desde los griegos (Platón sobre todo) se quiso hacer un equilibrio entre estas dos facetas y a ambas se debe dar toda la atención que merecen.
A nadie escapa enseña la filósofa Adela Cortina- que vivimos en un mundo huidizo.
La educación en valores ha de apuntar hacia el afinamiento de nuestra capacidad de estimar. Todos los valores son estimativas, juicios de preferencia, o sea, saber sabiamente escoger. Una educación de esta suerte es "paideia", orientación a reconocer que hay valores que valen para hacer un mundo más digno de pasar por él y dejarlo convenientemente preparado para quienes nos sucedan en el tiempo y en el espacio.
Sólo el hombre es un ser valorante. Todo depende de que la educación desempeñe su papel formador y no meramente informador.
Aún recuerdo vívidamente mis años de estudiante universitario cuando el recién fallecido Maestro Vicente Bayard Pérez nos decía que todo el sistema pedagógico responde desde tiempos inmemoriales al tipo de hombre que desea formar, más bien, forjar. Sin duda, la educación es un medio, de los mejores que disponemos, llamado a construir el individuo y, con él, la sociedad a que aspiramos.
Todo parece indicar que ahora se tiende a confundir medios y fines, a anteponer los primeros y postergar los segundos. Y la pregunta surge por reacción espontánea: ¿qué clase de sujeto necesitamos en el alba del siguiente siglo que abre el Tercer Milenio?: un hombre computarizado, mecanizado, obediente y que se acople a consignas del régimen de turno; ensimismado en los logros de la ciencia y de la técnica, escéptico en materia de transcendencia religiosa o bien un individuo pensante, libre, creador, con una plataforma inamovible de conceptos que inspiren su vida y pueda irradiar actitudes positivas en su entorno. Un hombre para quien el avance del conocimiento sea punto de despegue hacia una visión integrada de la cultura universal y nacional; en definitiva, un hombre con sustancia, sensible a la realidad que lo circunda, pero a la vez con amplio horizonte hacia metas más elevadas.
Lo que no podemos hacer es quedarnos impasibles, anodinos e indiferentes ante las mutaciones vertiginosas del mundo y a las cambiantes formas de vida que los cambios implican.
Instituciones religiosas, entidades cívicas, autoridades educativas, medios de comunicación se refieren constantemente al asunto de los valores y a la necesidad de insertarlos en la educación para inculcarlos a las nuevas generaciones que se aprestan a la existencia, es decir, a participar en las lides cotidianas que demanda el hecho de ser hombre contemporáneo.
Los valores siguen inquietando a la Filosofía práctica y son objeto de público debate.
No faltan tampoco quienes anuncian que los valores tradicionales, (no sé a cuáles aluden) están pasados de moda y que, por ende, han dejado de ser atractivos e incapaces de llenar las expectativas que antes cumplían.
Esta vigencia del tema valorativo nos lleva a preguntar de cuáles estamos hablando y cómo se plasman en la vida diaria.
Un reciente ensayo que llevé a cabo en el aula universitaria (Teoría de los Valores) dio como resultado una tabla en la cual aparecían nociones como justicia, tolerancia, libertad, fe, paz, igualdad y así por el estilo. Quienes elaboraron la escala axiológica olvidaron una instancia superior que es la vida y dentro de ella la vida humana de la cual derivan todas las restantes.
La desvalorización de la vida con su secuela de violencia (personal), escolar, familiar, televisada, accidentes de trabajo y de tránsito) no son otra cosa que alarmantes indicadores de que estamos perdiendo la capacidad de mirar alto donde la vida ha de ocupar un lugar privilegiado como el don más importante que nos haya otorgado Dios y la naturaleza, según nuestras ideologías o creencias.
Y qué decir de los valores estéticos cuando se impone lo chabacano, la desfachatez y se nos atiborra por todos los medios de lenguajes distorsionados, modas extravagantes y expresiones totalmente distanciadas de cuanto es agradable y llene nuestras naturales ansias de legítimo goce y admiración por lo bello.
También hay valores religiosos que coinciden con lo sagrado, espiritual y trascendente. Ahora hay una inclinación malsana a suponer que el saber científico, el anclaje de lo inmanente y fugaz pueden colmar nuestra sed de superación y se nos corta toda posibilidad de que la inteligencia se remonte a las alturas de un absoluto, no interesa qué nombre le demos.
Están los valores de la Historia, la del mundo y la nuestra. La historia es una lección de advertencia. Si maliciosamente ignoramos nuestro acervo histórico le arrancamos las raíces a la nacionalidad, la dejamos sin sustento y, lo que es peor, renunciamos deliberadamente a nuestra necesaria identidad como país pequeño y frágil.
En todo el camino educativo, la educación en valores ha de promocionar al hombre, a todo el hombre, a todos los hombres. Será miope una pedagogía que sólo haga énfasis en un solo aspecto del sujeto, ya fuere el material o el espiritual. Desde los griegos (Platón sobre todo) se quiso hacer un equilibrio entre estas dos facetas y a ambas se debe dar toda la atención que merecen.
A nadie escapa enseña la filósofa Adela Cortina- que vivimos en un mundo huidizo.
La educación en valores ha de apuntar hacia el afinamiento de nuestra capacidad de estimar. Todos los valores son estimativas, juicios de preferencia, o sea, saber sabiamente escoger. Una educación de esta suerte es "paideia", orientación a reconocer que hay valores que valen para hacer un mundo más digno de pasar por él y dejarlo convenientemente preparado para quienes nos sucedan en el tiempo y en el espacio.
Sólo el hombre es un ser valorante. Todo depende de que la educación desempeñe su papel formador y no meramente informador.