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El aborrecido del momento


Un linchamiento verbal. Eso es lo que parece el que importantes sectores de la llamada sociedad civil persigan y acosen al estilo lapidario, al elegido por la Asamblea Nacional de Diputados para desempeñar la simbólica figura de defensor del pueblo.
Tal parece, por lo que se dice públicamente, que el pasado oscuro del señor Liborio García es un estigma que lo inhabilita para una función de defensa de los derechos humanos, que exige un pasado inmaculado, y ese pasado alegado del señor García, ha dejado como simples travesuras las oprobiosas acciones de otros ciudadanos que ensombrecen el panorama nacional.
He leído en La Prensa el trabajo del periodista investigador Rolando Rodríguez B., del diez de abril, titulado el pasado y el presente del Defensor, que es una historia de presuntos hechos en nada honorables para el señor García, y en la misma edición leí también el artículo de opinión de la señora Faustina García de Molino titulado El Defensor del Pueblo y sus detractores. Muy buen ejercicio informativo se ha dañado con estas dos piezas en beneficio de los lectores, puesto que toda la opinión pública implica la existencia de otra opinión contraria. Toda opinión se hace fuerte y cobra validez sólo si está frente a otra opinión opuesta. Cuando no hay una opinión contraria no tenemos una opinión pública verdadera, sino una corriente de opinión, que por lo general es impositiva. Eso es lo que nos enseñan los maestros de periodismo que saben de estas cosas.
Parece ser que el Defensor es como un apestado y más pecador que todos los otros que llenan de oprobio la vida pública nacional. Ni abogados, ni periodistas, ni creyentes de todas las religiones le conceden al Defensor la oportunidad de un arrepentimiento, ni la posibilidad de un perdón religioso, ni siquiera un lapso para ponerlo a prueba.
Quisiéramos ver igual ardor y vehemencia en los acusadores, para censurar a quienes en una avalancha de votos engendraron al monstruo que se alega es el nuevo Defensor. Tampoco se ve ese ahínco para que cese la vida tormentosa de los hombres y mujeres que están en las cárceles, en condiciones inhumanas que compiten en crueldad y desprecio de los derechos humanos con las mazmorras de la Bastilla o de la Isla del Diablo. ¿Quiénes responderán por el trauma y el estigma que cargarán el resto de la vida los infelices que purgan una pena antes de ser condenados?
En los conflictos matrimoniales, ¿cuántas personas han proferido una frase más venenosa que la mordedura de una serpiente, y la han clavado como puñal en el alma de su cónyuge dejando una herida que no sanará jamás? ¿Acaso no son las heridas contra el honor y la dignidad que se causan los cónyuges, con su conducta o sus palabras, peores que el maltrato físico que las leyes morales tipifican como la máxima ofensa de una persona, y sin embargo, quedan impunes?
No conozco al Defensor ni a su familia, ni soy abogado, ni tengo una intención calculada en este escrito.
Parodiando a John Milton en la Areopagítica, yo diría que hay casos en que una sociedad dada mata la imagen de Dios, como si dijéramos, por el ojo.

101 años de Panamá América

 
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