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El accidente del SAN 100


En los últimos tres años, volé varias veces en los helicópteros del Servicio Aéreo Nacional hasta lejanas comunidades de Veraguas y Chiriquí. Soy testigo de la pericia y la dedicación de los pilotos y mecánicos que cumplen con su deber en condiciones harto difíciles, que incluyen la obsolescencia de los equipos, la precariedad de recursos y la variedad y cantidad de misiones que realizan a todo lo largo y ancho del país.

Conozco de primera mano los riesgos a los que se exponen los que se desplazan por el aire a zonas apartadas e inhóspitas, donde la habilidad del piloto es el único recurso para evitar un accidente y confieso que, a pesar de todo, siempre me sentí segura al poner mi vida en manos de estos tripulantes serenos y expertos, por quienes siento respeto y gratitud y cuya pena comparto en estos momentos.

Los pocos aparatos del Servicio Aéreo que actualmente funcionan se utilizan para patrullar la frontera, trasladar maestros, policías y funcionarios de casi todas las instituciones y, en algunas ocasiones, periodistas en misiones informativas. Además, atienden a centenares de comunidades situadas en parajes inimaginables, a los que sólo se puede tener acceso por vía aérea o caminando 10 ó 12 horas, y en las que personas que han sufrido accidentes graves o complicaciones -un mal parto, una picada de culebra- morirían si no se les auxiliara de esta manera.

La mayor parte de los accidentes aéreos ocurren por fallas mecánicas, errores humanos o condiciones atmosféricas difíciles, y aunque las causas del accidente del helicóptero SAN 100 deberán establecerlas los expertos en materia de seguridad aérea, las palabras que se le atribuyen al capitán de la nave, poco antes de morir, apuntan a un desperfecto inesperado en el motor. Sólo al término de una investigación exhaustiva sabremos con certeza qué sucedió en los últimos minutos de un vuelo en el que no se habían reportado dificultades.

Como es innegable que los aviones y los helicópteros del SAN, así como el avión presidencial tienen muchos años, debe esclarecerse, más allá de toda duda, si el mantenimiento que se les ha dado es preventivo y adecuado al uso y abuso a que están sometidos, o si más bien han sido reparaciones a daños específicos cuando éstos se han presentado.

Que sepamos, en menos de un año, el avión presidencial sufrió una seria falla mecánica, el segundo vicepresidente vivió un episodio aterrador en un avión del SAN y hace unos días la caída del helicóptero ha costado la vida a once personas, tragedia cuya causa debe esclarecerse rápidamente para actuar en consecuencia.

Ojalá que así lo entiendan las autoridades, pero también quienes se han opuesto a que se hagan las inversiones que se necesitan, invocando el fantasma del militarismo o repitiendo de forma insensata que son innecesarias.

101 años de Panamá América

 
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