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El accidente nuclear japonés


Anualmente pasan por el Canal de Panamá, no menos de seis naves que portan peligroso material atómico que circulan rutinariamente entre Francia y Japón. Con la misma frecuencia, organizaciones ambientalistas internacionales y locales ejecutan actos de protesta, uno de los cuales consistió hace un par de años, en el temerario abordaje de la cubierta de uno de los buques.
El material transportado consiste en combustible de uranio que es enviado a Francia para su enriquecimiento y reutilización en las plantas de generación energética de Japón, cuya maquinaria industrial depende grandemente de sus doce instalaciones de ese tipo diseminadas en su territorio.
Japón siempre ha sido muy orgulloso de la seguridad de sus plantas que, insisten, son las más eficientes del ramo en el mundo, lo cual suelen sustentar con datos estadísticos que lo avalan. Incluso, tienen en una de sus plantas, un monumento hecho de hierros carcomidos y retorcidos por el inmenso calor provocado por un accidente acaecido antaño, como testimonio de un error y el compromiso de no volver a cometerlo jamás. Pero ocurrió el jueves pasado, pese a todas las providencias.
Un empleado colocó en un dispositivo de la planta, ocho veces más combustible que su capacidad, reventándolo y provocando una reacción en cadena, anticipo de una explosión nuclear como la que redujo a cenizas a Hiroshima y a Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial. La seguridad y los triple controles no sirvieron de nada para prevenir un elemental error humano.
Una nube de material radiactivo se proyectó hacia la atmósfera tras un enorme agujero que el calor abrió en el techo de concreto y acero. Cuando un accidente de este tipo ocurre, nada lo detiene, salvo el decurso de centenares de años y las pobres medidas de mitigación. El peligro fue objeto de una película, "Síndrome de China", que ilustra cómo el uranio incandescente puede en teoría abrir un agujero en el suelo y aparecer en China, al otro lado del planeta.
Cuando ocurrió el desastre de Chernobil en 1986, en Ucrania, la nube atómica dio la vuelta al mundo y envenenó durante años las cosechas de toda Europa. Todavía hoy se estudian y atienden a los condenados a muerte por leucemia y cáncer; y a los que sufren mutaciones, entre ellos ratones, aves y cuanto ser vivo habitaba kilómetros a la redonda.
Cada barco transportador de combustible atómico que transita el Canal, viene precedido por extraordinarias medidas de seguridad, incluyendo la supuesta insumergibilidad (como el Titanic), doble casco, y envase indestructible de vidrio, plomo y acero, que contiene el uranio.
Adicionalmente, se planifican rutas supervisadas por satélite, se tienen escoltas, planes de contingencia, etc. Pero todo es en vano, la perfección no está al alcance de los humanos. De allí que proceda seguir el ejemplo del presidente Clinton quien, poniendo barbas en remojo tras ver arder las del vecino, ha ordenado verificar todos los procedimientos de seguridad en sus plantas. Y en cuanto a nosotros, debemos hacer lo propio con nuestro Canal, que debe cada año soportar el riesgo del tránsito de dichas naves.


101 años de Panamá América

 
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