El adolescente invisible
La agresividad es un instinto consustancial al ser humano y la violencia (psicológica o física) aparece como el medio más rápido para conseguir lo que nos proponemos. La persuasión entraña dificultades y exige habilidades dialécticas que no abundan entre los jóvenes. De todos modos, nadie está libre de reacciones primitivas, de personalidades agresivas para defender el territorio propio, que, cuando se producen de forma reiterada, terminan formando una conducta. Los humanos somos la única especie animal que ha creado una cultura de la violencia y los medios de destruir al oponente se hacen cada vez más específicos y complejos. La violencia que más cala en los niños proviene de un estilo de vida (que empapa a la familia, la escuela y la calle) en la que dos de los valores supremos son el control y la seguridad. Las actitudes violentas, en suma, prenden muy bien en una sociedad competitiva que predica soluciones individualistas y que olvida promocionar la dimensión social de las personas. Así, resulta hipócrita que nos espantemos de algunos niños que produce la sociedad que hemos creado. Desde un punto de vista sociológico, por tanto, las conductas violentas de niños y jóvenes podrían interpretarse como la consecuencia de la preponderancia de lo individual ante el interés común.
Pero, desde una perspectiva psicológica, se explican las conductas violentas independientemente del momento social en que se producen, recurriendo a lo más íntimo del ser humano. Generalmente, las travesuras se cometen junto a un grupo de amigos y se actúa espontáneamente. Quien transgrede la norma se siente importante y admirado por sus amigos. Y el acto mismo resulta estimulante: sabe el niño o joven que sus padres no lo aprobarán, pero eso sólo añade un poco de emoción. Lo que importa es la aprobación de los amigos, esa es la recompensa y merece la pena asumir el riesgo del castigo.
Los casos leves de vandalismo y violencia forman parte del desarrollo normal de niños y jóvenes; provienen de su necesidad de sentirse independientes, rebeldes o partes de un grupo, el de sus amigos. Entendámoslo: los sentimientos que impulsan estos actos no cívicos son universales. Los niños buscan identificarse como individuos y reafirmarse como miembros de un grupo. En otras ocasiones, buscan desquitarse de acciones que consideran injustas, protagonizadas por las figuras de autoridad: padres, profesores, policía... Una de las vividas como más injusta es la que convierte al niño y al adolescente en "invisible". Todo lo que él o ella interpreta es que no se le tiene en cuenta o no se le reconocen sus logros. Muchos niños que crecen en ambientes en los que sienten que no valen mucho, pueden (por la excesiva tolerancia familiar) hacer casi cualquier cosa que les pida su grupo. La necesidad de aceptación por el grupo puede inducir a un comportamiento antisocial, especialmente en la adolescencia: en medio de la desorientación, sentirse parte del grupo (que, a veces, es lo único que eligen) es lo más importante.
La violencia, ¿sólo una señal?. Los actos agresivos son la gota que colma el vaso; el problema casi siempre es previo. A veces, el niño emite "sus señales" con gran intensidad (un robo, una pelea con heridos, una agresión a los padres, a un compañero o profesor) y surge el problema, ya ineludible. El "mensaje" requiere respuesta. La de los padres, aún cuando sólo sea el castigo, es imprescindible. Es mejor que nada. Para un adolescente en pleno bache de rebeldía, que se comunica mediante conductas reprobables, sus acciones son palabras no dichas, su opinión ante el estado de las cosas. Por eso, lo peor es el silencio o la vista gorda. El rebelde sin causa no existe, detrás de su comportamiento se esconde la necesidad de expresar sentimientos: está incómodo, se golpea alocadamente con una vida que para otros resulta llevadera cuando no dichosa. Y emite, desesperadamente, señales para que le ayuden o, al menos, le atiendan. Diferenciemos estas conductas con los comportamientos de un niño sociopático, que siempre ha tenido dificultades para distinguir entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo inaceptable. Crónicamente antisocial, no aprende de las consecuencias de sus actos. Son casos raros, pero pueden ocurrir en cualquier familia. Y, ¿qué hacer? Tanto la familia como la escuela, las autoridades y la sociedad, deben abordar el tema con la seriedad y responsabilidad que requiere. Las líneas que deberían inspirar la pedagogía de la tolerancia, la convivencia pacífica y el respeto, parten de una ética de convivencia, de educar para la socialización, mediante la cooperación, el juicio intelectual (conductas reflexivas) y la educación para la frustración. Desde que un niño tiene 2 ó 3 años, debe sentir y saber que hay pautas a su alrededor, que no es posible cumplir todos sus caprichos y que, incluso, algunas necesidades tendrán que esperar un tiempo para ser satisfechas. Debemos enseñarles que los bienes se reparten con los otros niños. La educación familiar y escolar debe ser rígida: todo no puede ser.
Hay que saber aceptar el no, y preguntar los porqués. Deben cultivarse, en la familia y en la escuela, valores socializantes basados en compartir las cosas, el respeto a la diversidad de las personas y el aplazamiento en la satisfacción de necesidades y deseos de niños y jóvenes. Por eso resulta imprescindible que la escuela cuente con el apoyo casi incondicional de los padres, cuya primera actitud será no desautorizar a los docentes delante de los hijos; por mucho que no se compartan algunas de sus decisiones o estilos pedagógicos. Nadie aprobaría, y menos aún asumiría, un sistema de valores propuesto por una entidad desprestigiada y sin credibilidad. Y, a los docentes les convendría contar con el apoyo institucional necesario para que sus decisiones ante las actitudes antisociales fueran respaldadas por los padres y por la autoridad educativa.
(romagrau19@hotmail.com)
Pero, desde una perspectiva psicológica, se explican las conductas violentas independientemente del momento social en que se producen, recurriendo a lo más íntimo del ser humano. Generalmente, las travesuras se cometen junto a un grupo de amigos y se actúa espontáneamente. Quien transgrede la norma se siente importante y admirado por sus amigos. Y el acto mismo resulta estimulante: sabe el niño o joven que sus padres no lo aprobarán, pero eso sólo añade un poco de emoción. Lo que importa es la aprobación de los amigos, esa es la recompensa y merece la pena asumir el riesgo del castigo.
Los casos leves de vandalismo y violencia forman parte del desarrollo normal de niños y jóvenes; provienen de su necesidad de sentirse independientes, rebeldes o partes de un grupo, el de sus amigos. Entendámoslo: los sentimientos que impulsan estos actos no cívicos son universales. Los niños buscan identificarse como individuos y reafirmarse como miembros de un grupo. En otras ocasiones, buscan desquitarse de acciones que consideran injustas, protagonizadas por las figuras de autoridad: padres, profesores, policía... Una de las vividas como más injusta es la que convierte al niño y al adolescente en "invisible". Todo lo que él o ella interpreta es que no se le tiene en cuenta o no se le reconocen sus logros. Muchos niños que crecen en ambientes en los que sienten que no valen mucho, pueden (por la excesiva tolerancia familiar) hacer casi cualquier cosa que les pida su grupo. La necesidad de aceptación por el grupo puede inducir a un comportamiento antisocial, especialmente en la adolescencia: en medio de la desorientación, sentirse parte del grupo (que, a veces, es lo único que eligen) es lo más importante.
La violencia, ¿sólo una señal?. Los actos agresivos son la gota que colma el vaso; el problema casi siempre es previo. A veces, el niño emite "sus señales" con gran intensidad (un robo, una pelea con heridos, una agresión a los padres, a un compañero o profesor) y surge el problema, ya ineludible. El "mensaje" requiere respuesta. La de los padres, aún cuando sólo sea el castigo, es imprescindible. Es mejor que nada. Para un adolescente en pleno bache de rebeldía, que se comunica mediante conductas reprobables, sus acciones son palabras no dichas, su opinión ante el estado de las cosas. Por eso, lo peor es el silencio o la vista gorda. El rebelde sin causa no existe, detrás de su comportamiento se esconde la necesidad de expresar sentimientos: está incómodo, se golpea alocadamente con una vida que para otros resulta llevadera cuando no dichosa. Y emite, desesperadamente, señales para que le ayuden o, al menos, le atiendan. Diferenciemos estas conductas con los comportamientos de un niño sociopático, que siempre ha tenido dificultades para distinguir entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo inaceptable. Crónicamente antisocial, no aprende de las consecuencias de sus actos. Son casos raros, pero pueden ocurrir en cualquier familia. Y, ¿qué hacer? Tanto la familia como la escuela, las autoridades y la sociedad, deben abordar el tema con la seriedad y responsabilidad que requiere. Las líneas que deberían inspirar la pedagogía de la tolerancia, la convivencia pacífica y el respeto, parten de una ética de convivencia, de educar para la socialización, mediante la cooperación, el juicio intelectual (conductas reflexivas) y la educación para la frustración. Desde que un niño tiene 2 ó 3 años, debe sentir y saber que hay pautas a su alrededor, que no es posible cumplir todos sus caprichos y que, incluso, algunas necesidades tendrán que esperar un tiempo para ser satisfechas. Debemos enseñarles que los bienes se reparten con los otros niños. La educación familiar y escolar debe ser rígida: todo no puede ser.
Hay que saber aceptar el no, y preguntar los porqués. Deben cultivarse, en la familia y en la escuela, valores socializantes basados en compartir las cosas, el respeto a la diversidad de las personas y el aplazamiento en la satisfacción de necesidades y deseos de niños y jóvenes. Por eso resulta imprescindible que la escuela cuente con el apoyo casi incondicional de los padres, cuya primera actitud será no desautorizar a los docentes delante de los hijos; por mucho que no se compartan algunas de sus decisiones o estilos pedagógicos. Nadie aprobaría, y menos aún asumiría, un sistema de valores propuesto por una entidad desprestigiada y sin credibilidad. Y, a los docentes les convendría contar con el apoyo institucional necesario para que sus decisiones ante las actitudes antisociales fueran respaldadas por los padres y por la autoridad educativa.
(romagrau19@hotmail.com)