El agro y su problema de fondo
El tiempo de respiro que nos ha concedido el proceso de apertura y globalización se nos acaba, ésta o la próxima década, dependiendo del producto. El hecho es que al final quedaremos con un arancel muy cercano a cero; y cuando eso venga sólo sobrevivirán los más capaces de enfrentar la implacable competencia extranjera.
Eso lo saben los industriales quienes, tras generaciones de proteccionismo y acumulación de capitales, tienen en manos un sinnúmero de opciones que van desde el cierre a la reconversión en otro tipo de negocio, pasando por las alianzas estratégicas con propios y extraños, de lo que no se libran ni los bancos, ni las cervecerías.
En el agro, otra es la realidad. Salvo sectores como el arroz y la ganadería, entre otros, que han atesorado grandes volúmenes de capital que les permite financiar su modernización, la mayoría es pobre, disperso y de mera subsistencia. A él hay que ayudarlo y, para eso, el gobierno con asistencia externa ha destinado algunos millones, a los que no se les saca pleno provecho.
La primera sugerencia es elaborar un plan de diez años para modernizar el agro, en lo cual se requiere de la participación de varias entidades que de un modo u otro se relaciona con el sector, tales como el MIDA, la ANAM, Salud, Educación, Vivienda, Contraloría, Economía y Finanzas, a los cuales hay que incorporar entes privados, ONGs y misiones de ayuda externa de países que sepan del negocio y hayan tenido éxito en él.
Para elaborar el plan hay que repasar la experiencia propia para no repetir errores. En concreto, hay que llamar a la gente que trabajó en los tiempos de Torrijos, donde en el breve lapso de diez años se volcó recursos sin precedentes en un esfuerzo portentoso que fracasó estrepitosamente.
Ese ejercicio arrojará sin duda valiosas enseñazas, entre ellas, la subestimación del factor corrupción entre los funcionarios (inspectores, evaluadores, asesores) y la falta de mística de trabajo del cuerpo de agrónomos y técnicos. No fue la falta de dinero, tractores, granjas, tierras, abonos, semillas, mercados y precios lo que falló entonces, fue el hombre.
Se descubrirá entonces que el proceso debe empezar por las aulas, haciendo del campesino un empresario e inculcando a los ingenieros un alto sentido de mística por su trabajo. En un estadio superior, ambos aprenderán los secretos no solo de la producción, sino también de las hasta ahora desconocidas etapas de mercadeo y exportación, cartas de crédito, internet, bolsas, marcas, precios internacionales y otros. Hay, pues, que empezar sembrando empresarios, antes que semillas.
Ese es el camino. Cualquier otro conduce al desastre, incluyendo el proteccionismo politiquero y coyuntural que no sea acompañado por una política de modernización plena. Porque más temprano que tarde las puertas se abrirán. Y nos resta ya muy poco tiempo.
Eso lo saben los industriales quienes, tras generaciones de proteccionismo y acumulación de capitales, tienen en manos un sinnúmero de opciones que van desde el cierre a la reconversión en otro tipo de negocio, pasando por las alianzas estratégicas con propios y extraños, de lo que no se libran ni los bancos, ni las cervecerías.
En el agro, otra es la realidad. Salvo sectores como el arroz y la ganadería, entre otros, que han atesorado grandes volúmenes de capital que les permite financiar su modernización, la mayoría es pobre, disperso y de mera subsistencia. A él hay que ayudarlo y, para eso, el gobierno con asistencia externa ha destinado algunos millones, a los que no se les saca pleno provecho.
La primera sugerencia es elaborar un plan de diez años para modernizar el agro, en lo cual se requiere de la participación de varias entidades que de un modo u otro se relaciona con el sector, tales como el MIDA, la ANAM, Salud, Educación, Vivienda, Contraloría, Economía y Finanzas, a los cuales hay que incorporar entes privados, ONGs y misiones de ayuda externa de países que sepan del negocio y hayan tenido éxito en él.
Para elaborar el plan hay que repasar la experiencia propia para no repetir errores. En concreto, hay que llamar a la gente que trabajó en los tiempos de Torrijos, donde en el breve lapso de diez años se volcó recursos sin precedentes en un esfuerzo portentoso que fracasó estrepitosamente.
Ese ejercicio arrojará sin duda valiosas enseñazas, entre ellas, la subestimación del factor corrupción entre los funcionarios (inspectores, evaluadores, asesores) y la falta de mística de trabajo del cuerpo de agrónomos y técnicos. No fue la falta de dinero, tractores, granjas, tierras, abonos, semillas, mercados y precios lo que falló entonces, fue el hombre.
Se descubrirá entonces que el proceso debe empezar por las aulas, haciendo del campesino un empresario e inculcando a los ingenieros un alto sentido de mística por su trabajo. En un estadio superior, ambos aprenderán los secretos no solo de la producción, sino también de las hasta ahora desconocidas etapas de mercadeo y exportación, cartas de crédito, internet, bolsas, marcas, precios internacionales y otros. Hay, pues, que empezar sembrando empresarios, antes que semillas.
Ese es el camino. Cualquier otro conduce al desastre, incluyendo el proteccionismo politiquero y coyuntural que no sea acompañado por una política de modernización plena. Porque más temprano que tarde las puertas se abrirán. Y nos resta ya muy poco tiempo.