El amor según la encíclica "deus cáritas est"
EN UN MUNDO donde el desamor avanza como las arenas del desierto, resulta encomiable que la Iglesia Católica por intermedio del Papa se haya dispuesto a opinar sobre el amor en sus distintas formas y presentaciones. Aunque dirigida al público, su texto, nutrido de conceptos filosóficos, éticos, históricos y religiosos parece destinado a lo interno de la Iglesia. Comienza definiendo que Dios es amor y sustenta su afirmación con una cita de Juan a la que hace llegar más allá, cuando dice "... No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro de un acontecimiento, con una Persona" (sic.), refiriéndose obviamente a Jesucristo. Más adelante, cuando se refiere al amor humano se remite exclusivamente al de un hombre con una mujer y enfoca su origen, sorprendentemente, en forma similar al amor divino: "... Los antiguos griegos dieron el nombre de eros al amor entre hombre y mujer, que no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano". (sic). Es de notar que para la Iglesia ambas manifestaciones tienen el mismo origen, no racional y no ético, pero mientras que el amor divino nace de un encuentro, el humano le es impuesto. Cabe preguntarnos aquí: ¿impuesto por quién? Si el amor humano no es más que una imposición divina, inevitable e inexcusable, toda forma o manifestación suya no admite exclusión alguna. En cambio si no es impuesto por Dios, sino por el deseo o la libido, entonces el eros humano es tan natural como el hambre o la ira.
La carta no define al amor, reconoce el problema semántico y considera que es una palabra abusada (sic) a la que se le dan acepciones diferentes y luego ejemplifica sus distintas formas: el amor a la patria, a la profesión, al trabajo, entre amigos, padres e hijos, hermanos, familiares, al prójimo y a Dios. Acepta textualmente que el arquetipo del amor es el que hay entre un hombre y una mujer; pero no hace referencia alguna, ni aborda, el amor entre personas del mismo sexo. Una ausencia demasiado notoria para los tiempos que corren y que le resta al mensaje profundidad y sustancia, porque pone en evidencia un tema tabú en el desconocimiento insólito de la sexualidad en todos sus aspectos y complejidades, además de revelar "in absentia", una devastadora y absurda incomprensión psicológica sobre esta realidad HUMANA ancestral, a la que la Iglesia todavía no se ha atrevido a abordar libremente, un siglo y medio después del nacimiento de Freud (1856). Tampoco hace mención de otros aspectos sexuales del sacerdocio, como el celibato, y la homosexualidad, ni hace referencia de los notorios casos de paidofilia cometidos por sacerdotes, un hecho catastrófico que ameritaba ofrecer al menos una disculpa en nombre de ese agapè cristiano al que hace mención y con el que sublimiza al desmeritado eros humano. Todo ello con el agravante intencional de que el tema de la Encíclica pretende ser "la comprensión y la praxis del amor" (sic). Comprensión y praxis que hubiera merecido desarrollar alguna consideración sobre el deseo (palabra sólo citada por boca de Aristóteles) o de la libido. Pero desgraciadamente el escrito se queda elaborando sobre la interpretación que del eros hacían los griegos, asemejándolo a una "locura divina", todo esto dicho para refutar la cita que el Papa hace de Nieztche: "El cristianismo ha dado de beber al eros un veneno, el cual, no lo llevó a la muerte, pero lo hizo degenerar en vicio". Mas adelante amplía el concepto citando otras religiones dedicadas, a su entender, a la prostitución "sagrada", considerada ésta como una perversión utilizada bajo el disfraz del ritual de la fertilidad. Aunque no la menciona, creo entender que se refiere entre otras, al tantrismo dravídico hindú donde el eros es, contrario a lo expuesto, una vía sublime hacia la Iluminación.
El núcleo filosófico de la primera parte de la carta papal, a la que me refiero, radica en esta aseveración: "Por eso, el eros ebrio e indisciplinado, no es elevación, "éxtasis" hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre". (sic). Para rematar luego: "Resulta así evidente que el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera, lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser". (sic).
Evidentemente que si el amor humano, según lo dicho, se afirma en el eros y éste necesita de disciplina y purificación, se colige que el placer sexual -tal cual se lo interpreta en la encíclica con criterio infalible- está contaminado por algún veneno espiritual... entonces Nieztche tenía razón y su aseveración sigue tan vigente como vana la posición de la Iglesia sobre algo tan obvio y complejo como la sexualidad humana en todos sus aspectos.
Debo aclarar que estas consideraciones personales las hago con todo el respeto que me merecen la Iglesia, sus autoridades y los católicos practicantes, los creyentes no practicantes y mis amigos "contestatarios". Como teodiceista, no puedo más que expresar mis inquietudes para que alguien con verdadero fuste y conocimiento sobre el tema, las corrija o las afirme.
Como explicaba recientemente, en una entrevista, el ex-embajador de Venezuela en la ONU, Milos Alcalay, mientras que Chávez está empecinado en la lucha ideológica, China opera desde una base práctica y no desde una perspectiva ideológica. Y como la ideología a menudo va en contra de la eficiencia y de la competencia, los líderes chinos tienden a rechazarla.
(*)Académico de Hoover Institution y autor de "China"s Lessons for Cuba"s Transition" (University of Miami).
www.aipenet.com
La carta no define al amor, reconoce el problema semántico y considera que es una palabra abusada (sic) a la que se le dan acepciones diferentes y luego ejemplifica sus distintas formas: el amor a la patria, a la profesión, al trabajo, entre amigos, padres e hijos, hermanos, familiares, al prójimo y a Dios. Acepta textualmente que el arquetipo del amor es el que hay entre un hombre y una mujer; pero no hace referencia alguna, ni aborda, el amor entre personas del mismo sexo. Una ausencia demasiado notoria para los tiempos que corren y que le resta al mensaje profundidad y sustancia, porque pone en evidencia un tema tabú en el desconocimiento insólito de la sexualidad en todos sus aspectos y complejidades, además de revelar "in absentia", una devastadora y absurda incomprensión psicológica sobre esta realidad HUMANA ancestral, a la que la Iglesia todavía no se ha atrevido a abordar libremente, un siglo y medio después del nacimiento de Freud (1856). Tampoco hace mención de otros aspectos sexuales del sacerdocio, como el celibato, y la homosexualidad, ni hace referencia de los notorios casos de paidofilia cometidos por sacerdotes, un hecho catastrófico que ameritaba ofrecer al menos una disculpa en nombre de ese agapè cristiano al que hace mención y con el que sublimiza al desmeritado eros humano. Todo ello con el agravante intencional de que el tema de la Encíclica pretende ser "la comprensión y la praxis del amor" (sic). Comprensión y praxis que hubiera merecido desarrollar alguna consideración sobre el deseo (palabra sólo citada por boca de Aristóteles) o de la libido. Pero desgraciadamente el escrito se queda elaborando sobre la interpretación que del eros hacían los griegos, asemejándolo a una "locura divina", todo esto dicho para refutar la cita que el Papa hace de Nieztche: "El cristianismo ha dado de beber al eros un veneno, el cual, no lo llevó a la muerte, pero lo hizo degenerar en vicio". Mas adelante amplía el concepto citando otras religiones dedicadas, a su entender, a la prostitución "sagrada", considerada ésta como una perversión utilizada bajo el disfraz del ritual de la fertilidad. Aunque no la menciona, creo entender que se refiere entre otras, al tantrismo dravídico hindú donde el eros es, contrario a lo expuesto, una vía sublime hacia la Iluminación.
El núcleo filosófico de la primera parte de la carta papal, a la que me refiero, radica en esta aseveración: "Por eso, el eros ebrio e indisciplinado, no es elevación, "éxtasis" hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre". (sic). Para rematar luego: "Resulta así evidente que el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera, lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser". (sic).
Evidentemente que si el amor humano, según lo dicho, se afirma en el eros y éste necesita de disciplina y purificación, se colige que el placer sexual -tal cual se lo interpreta en la encíclica con criterio infalible- está contaminado por algún veneno espiritual... entonces Nieztche tenía razón y su aseveración sigue tan vigente como vana la posición de la Iglesia sobre algo tan obvio y complejo como la sexualidad humana en todos sus aspectos.
Debo aclarar que estas consideraciones personales las hago con todo el respeto que me merecen la Iglesia, sus autoridades y los católicos practicantes, los creyentes no practicantes y mis amigos "contestatarios". Como teodiceista, no puedo más que expresar mis inquietudes para que alguien con verdadero fuste y conocimiento sobre el tema, las corrija o las afirme.
Como explicaba recientemente, en una entrevista, el ex-embajador de Venezuela en la ONU, Milos Alcalay, mientras que Chávez está empecinado en la lucha ideológica, China opera desde una base práctica y no desde una perspectiva ideológica. Y como la ideología a menudo va en contra de la eficiencia y de la competencia, los líderes chinos tienden a rechazarla.
(*)Académico de Hoover Institution y autor de "China"s Lessons for Cuba"s Transition" (University of Miami).
www.aipenet.com