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El amor sigue siendo el camino


A menudo Dios escoge a los improbables de este mundo para que sean su gente especial. Dios usa a veces a gente común y corriente. l usa a personas que al principio suelen resistirse, que aparentemente, según las circunstancias, no cumplen requisitos, personas que empezaron tarde y hasta aquellos que en el pasado lo echaron todo a perder. Dios no solamente usa a este tipo de personas, sino que es capaz de cambiar a este tipo de personas.
Todos en algún momento de nuestras vidas nos hemos sentido inadecuados, pero debemos aceptar, escuchar y seguir al Dios que mora en nuestros corazones y nos habla, que es totalmente sabio, compasivo que nos ama infinitamente y que está dispuesto a trabajar por medio de gente que se siente incompetente.
En ocasiones nos falta sabiduría con mucho más frecuencia de la que queremos admitir y, a veces, llegamos a puntos muertos que nos dejan maltrechos, y es en esos momentos en que debemos recordar que tenemos un Dios que da sabiduría y guía, que espera que hagamos planes, pero que entonces, nos abre puertas y guía nuestros pasos.
Necesitamos cambiar por dentro -desde el fondo del corazón- para poder desarrollar algunas características fundamentales. Esto no puede hacerse solo, ni por cuenta propia. La transformación interior real es hecha por Dios que trabaja a veces, por medio de otras personas y que parece obrar mucho más lentamente de lo que agrada a nuestra impaciente mente.
A veces la transformación interna es estorbada por recuerdos dolorosos, heridas del pasado, conflictos internos, inseguridades o sentimientos de culpabilidad ocultos profundamente que no queremos descubrir ni encarar.
Básicamente, amar significa dar tiempo, fuerzas, afectos, recursos, y por sobre todo: darse uno mismo a favor de otros. El amar al prójimo demanda riesgos personales. Por amor a nosotros, Jesús de Nazaret se dejó clavar en la cruz del calvario. Para amar debemos estar preparados a perder algo a causa de la verdad y la integridad, a estar dispuestos a ser blancos vulnerables, a enfrentar el dolor y hasta el rechazo como alternativa de nuestras acciones altruistas a favor de otros.
Todos necesitamos perdonar y ser perdonados. Una actitud no perdonadora limita nuestras fuerzas creativas y nos quita el gozo de vivir. Más aún, nos llena de amarguras y resentimientos, cortando los hilos afectivos, impidiéndonos ser los beneficiarios del perdón.
Perdonar no es tarea fácil, como tampoco lo es dar, aceptar, crecer o arriesgarse. El camino que nos lleva a amar a otros es difícil, pero es transitable. Amar al prójimo, aun a los que nos ofenden o nos hacen daño, a personas difíciles de amar es un reto perenne que se levanta delante de nuestras vidas, cada día. Solamente podemos recorrer este camino del amor, tomados de la mano de Dios, permitiendo que su amor y su gracia nos dé energías y valor.
El mayor campo de batalla, la lucha más difícil, el mayor esfuerzo por vencer, lo tenemos dentro de nosotros mismos. Nuestros enemigos son los soldados de nuestras debilidades, de nuestros defectos, de nuestras flaquezas, quienes minan y debilitan nuestra voluntad y capacidad de amar; porque la misión que cada alma trae al venir a este planeta al nacer en un cuerpo humano es reflejar la luz de Dios aprendiendo a amar.
El orgullo se imprime en la personalidad humana desde muy temprana edad. Es un rasgo del carácter. Nosotros debemos procurar imitar a todas las almas nobles y de bondad que nos antecedieron en la historia pasada de la humanidad, que con sus vidas ejemplares pavimentaron carretera del cristianismo con un ejemplo consecuente de fe, amor y humildad. La humildad no es un acto teatral religioso, es una forma de vivir piadosamente.
Sean cual fuesen las aflicciones y problemas que te agiten el camino, confía en Dios, amando y construyendo, perdonando las veces que sea necesario, y amparando siempre, porque Dios por encima de todas las calamidades y de todas las lágrimas, te hará sobrevivir, bendiciéndote la vida y sustentándote el corazón.
Mediante el amor a nosotros mismos y a los demás, sanaremos a este planeta del temor y la enfermedad. Ya es hora de que vivamos y practiquemos el amor incondicional, ya que el amor capacitará al mundo para dar ese salto cuantitativo hacia un nuevo y magnífico futuro.

101 años de Panamá América

 
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