El antiyanquismo y Chávez
*
Colaborador
Caracas (AIPE)- El antiyanquismo es un viejo mal latinoamericano, hoy día menos agudo que en otros tiempos. Es un mal con hondas raíces, que básicamente se derivan del dolor que ocasiona en nuestras conciencias el contraste entre los logros de la nación del norte y el desencanto de una América Latina dividida, atrasada, sin mayor peso internacional y hasta no hace mucho plagada de dictaduras. Algunos entre nosotros han tenido el coraje de enfrentar este tema con lucidez y sin complejos, entre ellos el venezolano Carlos Rangel y el peruano Mario Vargas Llosa. La mayoría de nuestros intelectuales, sin embargo, se han refugiado en el silencio o han sucumbido a la moda antiyanqui propagada por la izquierda. Nada más fácil que excusar nuestras faltas y carencias atribuyendo sus causas a otros, en particular si se trata de un blanco tan fácil como los gringos, cuyo éxito genera la envidia y el resentimiento hasta de muchos europeos.
Por fortuna, en tiempos recientes el antiyanquismo ha venido perdiendo terreno en América Latina. En medio de todavía enormes dificultades, la democracia representativa y la economía de mercado han venido abriéndose paso entre nosotros y una actitud menos acomplejada pareciera cundir entre nuestros políticos, que ya no procuran esconder sus fracasos culpando de ellos a los norteamericanos. Tampoco es el odio hacia los yanquis un sentimiento extendido entre nuestros pueblos, que, más bien, miran hacia el norte con esperanza y le observan como un polo de atracción para la conquista de una vida mejor.
Hay excepciones, sin embargo. La de Castro es tan evidente, sus causas tan claras y su decadencia como opción tan significativa que no merece excesiva atención. El pase a mejor vida del déspota caribeño seguramente dará al traste con lo que resta del naufragio revolucionario y Cuba hallará eventualmente de nuevo su lugar entre las naciones democráticas de la región. No será fácil; es probable que al pueblo cubano le aguarden aún muchas dificultades; pero la meta hacia adelante es inequívoca.
Lamentablemente, en estos tiempos de cambio modernizador en América Latina aparece ahora Hugo Chávez, cargado con todos los odios, complejos, resentimientos y dogmas de una izquierda latinoamericana que no pocos daban por muerta. Chávez está resucitando un pasado que nada sino daño causó a nuestros pueblos y se está dedicando a promover un nuevo frente antiyanqui, mediante viajes incesantes a otras regiones del mundo para estrechar lazos con todo aquél que, de algún modo, esté dispuesto a lanzar dardos contra el Tío Sam. Chávez ha firmado acuerdos de cooperación militar con Rusia, China y Cuba, ha visitado a los Ayatolas en Irán y ha declarado su disposición a combatir el "imperialismo" junto a los revolucionarios islámicos. Para no perder un sólo cliché, afirmó además que "Estados Unidos quiere mantener a América Latina en la pobreza".
No se le ocurre al caudillo venezolano que la pobreza o riqueza de los latinoamericanos no es asunto de los
yanquis, sino de nuestro trabajo, disciplina social, productividad y competitividad. No entiende tampoco que
con esa retórica incendiaria y sus nuevas alianzas está afectando intereses vitales de su país, al agredir y
provocar a quienes son los mayores compradores de petróleo venezolano, sus principales inversionistas y
socios comerciales. Una postura política tan demencial no puede sino conducir a un monumental fracaso, cuya
realidad comienza a percibirse con inocultable claridad. Pero no parece haber manera de impedirlo. Hugo Chávez
ha demostrado con creces que es impermeable a la persuasión racional.
(c)* Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar. www.aipenet.com
Colaborador
Caracas (AIPE)- El antiyanquismo es un viejo mal latinoamericano, hoy día menos agudo que en otros tiempos. Es un mal con hondas raíces, que básicamente se derivan del dolor que ocasiona en nuestras conciencias el contraste entre los logros de la nación del norte y el desencanto de una América Latina dividida, atrasada, sin mayor peso internacional y hasta no hace mucho plagada de dictaduras. Algunos entre nosotros han tenido el coraje de enfrentar este tema con lucidez y sin complejos, entre ellos el venezolano Carlos Rangel y el peruano Mario Vargas Llosa. La mayoría de nuestros intelectuales, sin embargo, se han refugiado en el silencio o han sucumbido a la moda antiyanqui propagada por la izquierda. Nada más fácil que excusar nuestras faltas y carencias atribuyendo sus causas a otros, en particular si se trata de un blanco tan fácil como los gringos, cuyo éxito genera la envidia y el resentimiento hasta de muchos europeos.
Por fortuna, en tiempos recientes el antiyanquismo ha venido perdiendo terreno en América Latina. En medio de todavía enormes dificultades, la democracia representativa y la economía de mercado han venido abriéndose paso entre nosotros y una actitud menos acomplejada pareciera cundir entre nuestros políticos, que ya no procuran esconder sus fracasos culpando de ellos a los norteamericanos. Tampoco es el odio hacia los yanquis un sentimiento extendido entre nuestros pueblos, que, más bien, miran hacia el norte con esperanza y le observan como un polo de atracción para la conquista de una vida mejor.
Hay excepciones, sin embargo. La de Castro es tan evidente, sus causas tan claras y su decadencia como opción tan significativa que no merece excesiva atención. El pase a mejor vida del déspota caribeño seguramente dará al traste con lo que resta del naufragio revolucionario y Cuba hallará eventualmente de nuevo su lugar entre las naciones democráticas de la región. No será fácil; es probable que al pueblo cubano le aguarden aún muchas dificultades; pero la meta hacia adelante es inequívoca.
Lamentablemente, en estos tiempos de cambio modernizador en América Latina aparece ahora Hugo Chávez, cargado con todos los odios, complejos, resentimientos y dogmas de una izquierda latinoamericana que no pocos daban por muerta. Chávez está resucitando un pasado que nada sino daño causó a nuestros pueblos y se está dedicando a promover un nuevo frente antiyanqui, mediante viajes incesantes a otras regiones del mundo para estrechar lazos con todo aquél que, de algún modo, esté dispuesto a lanzar dardos contra el Tío Sam. Chávez ha firmado acuerdos de cooperación militar con Rusia, China y Cuba, ha visitado a los Ayatolas en Irán y ha declarado su disposición a combatir el "imperialismo" junto a los revolucionarios islámicos. Para no perder un sólo cliché, afirmó además que "Estados Unidos quiere mantener a América Latina en la pobreza".
No se le ocurre al caudillo venezolano que la pobreza o riqueza de los latinoamericanos no es asunto de los
yanquis, sino de nuestro trabajo, disciplina social, productividad y competitividad. No entiende tampoco que
con esa retórica incendiaria y sus nuevas alianzas está afectando intereses vitales de su país, al agredir y
provocar a quienes son los mayores compradores de petróleo venezolano, sus principales inversionistas y
socios comerciales. Una postura política tan demencial no puede sino conducir a un monumental fracaso, cuya
realidad comienza a percibirse con inocultable claridad. Pero no parece haber manera de impedirlo. Hugo Chávez
ha demostrado con creces que es impermeable a la persuasión racional.
(c)* Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar. www.aipenet.com