El arte de presentarse bien
Panamá, como nación con sentido de progreso y anhelos de superación, debe aspirar a que los seres que la integran se esmeren por afirmar su cultura y adherirse a las leyes de la corrección.
Estamos ciertos en que a más sólida cultura corresponde una mejor sensibilidad, una más lúcida actuación y una más segura simpatía por parte de quienes nos traten y nos califiquen. Es imprescindible, pues, empeñarse por mejorar la capacidad, refinar los modales, ajustar las actitudes y las resoluciones a los principios de la buena conducta, los correctos modales y el afán de servir a los demás.
Pero si es importante mejorarnos por dentro, no es menos importante cuidarnos en lo exterior, evitando la dejadez y el desaliño.
Debemos presentarnos correctamente vestidos en el trato con nuestros semejantes, cuidando las normas del aseo y la prolijidad.
Triste impresión es la que causa un individuo desgreñado, mal entrazado y falto de higiene.
El descuido en el vestir, la adopción de posturas incorrectas y el tono disonante en la expresión, son signos desfavorables cuando nos toca formar conceptos de un semejante.
Los pretextos de la comodidad y la falta de tiempo son argumentos de poca o ninguna validez para justificar esas violaciones del comportamiento que nacen de la falta de respeto con uno mismo y que ponen en juego la propia consideración personal.
Triste posición es la que eligen quienes creen que la falta de higiene y la dejadez de la vestimenta son testimonio de originalidad. La extravagancia y las violaciones a las normas del orden establecido no pueden sino provocar desencanto y desagrado en quienes saben que las relaciones humanas deben ajustarse a las reglas de seriedad de corrección y de respeto mutuo.
No estamos preconizando que Panamá se llene de atildados petimetres, ni creemos necesario que al aspecto personal, al cuidado de un peinado o de una vestimenta se destine más tiempo que el normalmente necesario. Pero sí insistimos en que es indispensable, por consideración a la propia persona y a los semejantes, vestir correctamente y no ofender con evidentes indicios de haber faltado a lo esencial de la higiene.
Una personalidad externamente desaliñada difícilmente será moralmente limpia y sana.
El cuidado manifestado en la higiene corporal y en el vestir apropiado es reflejo de la personalidad moral del individuo, de modo tal que podemos concluir: quien se viste sin rebuscamiento y cuida su pulcritud exterior tiende, de ese modo, a ser sano de cuerpo y de alma, y por ende se manifiesta como miembro de la sociedad digno de que ésta confíe en él y le abra un lugar según sus merecimientos.