El asesinato del obispo Gerardi
Guatemala fue la última nación centroamericana en unirse en 1996 al proceso de paz promovido en la región, a la cual se llegó en 1996, tras complicadas negociaciones. Ello puso fin a 36 años de sangriento conflicto.
La guerra dejó decenas de miles de víctimas combatientes, y una secuela aterradora de 150,000 asesinatos y 50,000 desaparecidos civiles.
Monseñor Juan Gerardi Conedera, mientras fungía como obispo de la diócesis de Quiché, fue testigo de numerosos asesinatos a cargo de paramilitares aliados al ejército. Protestó desde el púlpito y se hizo presente muchas veces ante las autoridades.
Se le amenazó de muerte, pero no le importó, hasta que sus superiores dispusieron enviarlo al extranjero en 1980. Retornó, sin embargo, al país en 1982, designándosele obispo auxiliar de Guatemala. En el nuevo puesto continuó igual, pese a los esfuerzos para que asumiera menos riesgos y mayor moderación.
La época marcó centenares de fusilamientos de poblaciones indígenas, sin discriminación de niños, ancianos o mujeres, combatientes o no. Fue quizás el primer caso de "limpieza étnica" en el istmo centroamericano desde la conquista española.
En 1976 fueron muertos ocho sacerdotes en Argentina, entre ellos el obispo Enrique Angelini. El patrón era el mismo: todos los caminos conducían a la extrema derecha y sus conexiones con el ejército.
En 1971 había sido asesinado en Panamá el sacerdote colombiano Héctor Gallego por la dictadura militar que encabezaba Omar Torrijos, al despertar recelo su trabajo social con campesinos explotados en áreas montañosas de Veraguas.
El 24 de marzo de 1980, mientras oficiaba misa, fue abatido a tiros Oscar Arnulfo Romero, monseñor de El Salvador. Y aunque se comprobó también la participación del ejército de esa nación en el asesinato, en 1993 un tribunal puso en libertad al capitán Alvaro Savarria, señalado como responsable intelectual. Otros más fueron sobreseídos, incluyendo a Roberto D"Abusson, quien al final de la guerra fundó un partido y llegó a ser presidente. Parecieron malos presagios, pero monseñor Gerardi continuó igual.
Tras la suscripción de los convenios de paz en Guatemala, Gerardi se dio a la tarea de preparar un informe e investigación que sirviera de recuento histórico de los 150,000 asesinados y 50,000 desaparecidos durante la guerra en su país. El viernes pasado había por fin presentado el trabajo que contenía cientos de documentos y más de 6,000 entrevistas con cita de nombres y responsables. Tres días después era hombre muerto.
La causa y los autores se deducen de su informe. El 80% de los asesinatos fueron responsabilidad de los militares y sus aliados y el 10% restante de los guerrilleros. Todo vuelve a apuntar hacia el ejército.
Lega monseñor Gerardi su obra imperecedera y un informe que documenta la violación de los derechos humanos en su país, bajo el sugerente título, "Nunca más". Sus asesinos que quisieron borrar su obra con la muerte, no han hecho sino perpetuarla.
La guerra dejó decenas de miles de víctimas combatientes, y una secuela aterradora de 150,000 asesinatos y 50,000 desaparecidos civiles.
Monseñor Juan Gerardi Conedera, mientras fungía como obispo de la diócesis de Quiché, fue testigo de numerosos asesinatos a cargo de paramilitares aliados al ejército. Protestó desde el púlpito y se hizo presente muchas veces ante las autoridades.
Se le amenazó de muerte, pero no le importó, hasta que sus superiores dispusieron enviarlo al extranjero en 1980. Retornó, sin embargo, al país en 1982, designándosele obispo auxiliar de Guatemala. En el nuevo puesto continuó igual, pese a los esfuerzos para que asumiera menos riesgos y mayor moderación.
La época marcó centenares de fusilamientos de poblaciones indígenas, sin discriminación de niños, ancianos o mujeres, combatientes o no. Fue quizás el primer caso de "limpieza étnica" en el istmo centroamericano desde la conquista española.
En 1976 fueron muertos ocho sacerdotes en Argentina, entre ellos el obispo Enrique Angelini. El patrón era el mismo: todos los caminos conducían a la extrema derecha y sus conexiones con el ejército.
En 1971 había sido asesinado en Panamá el sacerdote colombiano Héctor Gallego por la dictadura militar que encabezaba Omar Torrijos, al despertar recelo su trabajo social con campesinos explotados en áreas montañosas de Veraguas.
El 24 de marzo de 1980, mientras oficiaba misa, fue abatido a tiros Oscar Arnulfo Romero, monseñor de El Salvador. Y aunque se comprobó también la participación del ejército de esa nación en el asesinato, en 1993 un tribunal puso en libertad al capitán Alvaro Savarria, señalado como responsable intelectual. Otros más fueron sobreseídos, incluyendo a Roberto D"Abusson, quien al final de la guerra fundó un partido y llegó a ser presidente. Parecieron malos presagios, pero monseñor Gerardi continuó igual.
Tras la suscripción de los convenios de paz en Guatemala, Gerardi se dio a la tarea de preparar un informe e investigación que sirviera de recuento histórico de los 150,000 asesinados y 50,000 desaparecidos durante la guerra en su país. El viernes pasado había por fin presentado el trabajo que contenía cientos de documentos y más de 6,000 entrevistas con cita de nombres y responsables. Tres días después era hombre muerto.
La causa y los autores se deducen de su informe. El 80% de los asesinatos fueron responsabilidad de los militares y sus aliados y el 10% restante de los guerrilleros. Todo vuelve a apuntar hacia el ejército.
Lega monseñor Gerardi su obra imperecedera y un informe que documenta la violación de los derechos humanos en su país, bajo el sugerente título, "Nunca más". Sus asesinos que quisieron borrar su obra con la muerte, no han hecho sino perpetuarla.