El asunto es sumar y no restar
La sociedad y las autoridades deben poner más atención a los estudiantes que protagonizan actos de vandalismo destruyendo todo lo que se les cruce en su camino.
Ese tipo de actitud es el reflejo de una juventud que no renuncia a la esclavitud, manipulación, sometimiento y adicción a la violencia que se inicia en su entorno familiar y se alimenta de programas televisivos llenos de miseria, bajeza y vulgaridad; y de una sociedad indiferente e indolente cercenando su plena realización al verse inmersos en la pobreza, discriminados en todos los sentidos, provenientes de hogares disfuncionales, con falta de incentivos personales y profesionales, envueltos en el consumismo material, dependientes de sustancias ilícitas, disgustados de la vida, con personalidad ofensiva y disocial en donde no hay espacio para los valores humanos y espirituales.
No tengo duda que estos muchachos que no son chiquillos sean los futuros pandilleros, terroristas y asesinos de nuestra ciudad.
Cuando una persona recurre a una fuerza incontrolable para causar zozobra se le nubla la razón y queda atrapada por sentimientos negativos como el odio, la rabia, y la maldad y si estos sentimientos se encuentran enraizados en sus pensamientos estamos ante un grave peligro y si la persona además está bajo los efectos de alguna sustancia ilícita se creen poderosos, omnipotentes causando dolor, temor y gozan al ver que están logrando sus objetivos. Estos sentimientos penosos lo que hacen es amplificar pulsiones y deseos agresivos reaccionales.
La violencia se ha institucionalizado en las mentes de nuestros jóvenes estudiantes.
Hay mil y una formas de encauzar a estos muchachos y su entorno familiar que les ayude a apreciar lo poco o mucho que tienen y a valorar la vida de ellos y la de los demás. Una medida contraproducente es la de expulsarlos del colegio.
Es en la calle dónde precisamente van a gozar de libertad y le van a servir a las pandillas y demás grupos antisociales y criminales. Lo más prudente es que se hagan responsables de sus actos haciéndoles pagar y enmendar lo que destruyeron. Deben regenerarse sometiéndolos a talleres de sensibilización y de control de sus impulsos agresivos y violentos.
Esos talleres de sensibilización son para prevenir y contrarrestar las conductas de riesgo; se enfocan en los sentimientos, emociones, conductas e interacciones que los muchachos experimentan como grupo.
Básicamente el sujeto del cambio es la persona. El estudiante agresor se enfrenta a sí mismo, se confronta con su propia imagen y con la percepción que los demás miembros del grupo tienen de él o ella, propiciando un cambio de conducta. El asunto es sumar y no restar.
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