El bipartidismo, sus vicios y riesgos
No es correcto afirmar que el bipartidismo es un defecto del sistema democrático en sí mismo. Lo que ocurre es que, el predominio de uno o dos grandes partidos tiende a generar cuantiosos dividendos en términos de poder y control de todos los factores generadores de la riqueza de un país, hasta que al final, ambos terminan acomodando las reglas de juego conforme a sus intereses y divorciándose del interés nacional, lo cual da por resultado la alternabilidad en el poder. En cambio, un bipartidismo con reglas claras y amplias, de libre acceso y participación a otras fuerzas sería inobjetable.
El bipartidismo viciado, al cual nos referiremos en adelante, restringe el crecimiento y participación de terceras fuerzas, amañando los calendarios de inscripción y la disponibilidad de libros de adherentes, enriquecido con fórmulas ingeniosas tales como la exigencia de proporcionalidad de los registros de adeptos con un mínimo indispensable en cada uno de los circuitos electorales; de modo que de nada vale exceder la cuota mínima si toda se concentra en la capital. Y así en todo.
Los partidos líderes comparten de ordinario el control del Legislativo y pueden aprobar leyes tales como el que se financie con fondos públicos el funcionamiento de los colectivos en proporción a su caudal electoral, con el cual los contribuyentes terminan fortaleciendo con su bolsillo el sistema. Este detalle es grave porque los costos de inscripción de un nuevo colectivo, sumado a los que se requieren para las campañas electorales, es enorme. Al final son los partidos con más dinero los que tienen la ventaja, gracias en parte, al dinero de los contribuyentes. En el mismo sentido caminan las partidas circuitales, con las cuales los fondos públicos terminan contribuyendo a la reelección de los parlamentarios en ejercicio (también del bipartidismo) en detrimento de nuevos aspirantes.
La eliminación de las elecciones primarias para escoger candidato presidencial también fortalece al sistema expuesto, desde el momento que el ungido por las cúpulas partidarias sube comprometido hasta el tuétano con intereses que muchas veces son opuestos a los nacionales. La revocatoria de mandato, igual. Cualquier legislador con independencia de criterio puede arriesgar su curul, si su partido le sigue un proceso interno por indisciplina. Se ha dicho que Panamá es si no el único, al menos uno de los pocos que pone en manos de la dirigencia partidaria y no de los electores la facultad de remover a un legislador. En otros países, tal facultad corresponde a los electores.
El bipartidismo, pues, es un sistema perfecto para los intereses egoístas de los colectivos más grandes, que limita la participación de ciudadanos independientes, quienes se quedan sin más alternativa que sumarse a la corriente o excluirse del proceso. El problema es para el país que se ve privado de contar con más opciones que las que ofrece el sistema, sin posibilidad de enriquecerlo. Eso provoca cansancio en el electorado, abstencionismo, cinismo e indiferencia, todo lo cual alimenta aún más al sistema, hasta que un día explota por la acción de grupos cívicos y organizaciones de la sociedad civil quienes lo llevan finalmente a la hoguera, arriesgándose a males mayores. Todavía recordamos a Fujimori, un humilde profesor universitario que a bordo de un pequeño Volkswagen batió al bipartidismo, disolvió el Congreso y despidió a todos los magistrados y jueces para iniciar una revolución que duró diez años.
El bipartidismo viciado, al cual nos referiremos en adelante, restringe el crecimiento y participación de terceras fuerzas, amañando los calendarios de inscripción y la disponibilidad de libros de adherentes, enriquecido con fórmulas ingeniosas tales como la exigencia de proporcionalidad de los registros de adeptos con un mínimo indispensable en cada uno de los circuitos electorales; de modo que de nada vale exceder la cuota mínima si toda se concentra en la capital. Y así en todo.
Los partidos líderes comparten de ordinario el control del Legislativo y pueden aprobar leyes tales como el que se financie con fondos públicos el funcionamiento de los colectivos en proporción a su caudal electoral, con el cual los contribuyentes terminan fortaleciendo con su bolsillo el sistema. Este detalle es grave porque los costos de inscripción de un nuevo colectivo, sumado a los que se requieren para las campañas electorales, es enorme. Al final son los partidos con más dinero los que tienen la ventaja, gracias en parte, al dinero de los contribuyentes. En el mismo sentido caminan las partidas circuitales, con las cuales los fondos públicos terminan contribuyendo a la reelección de los parlamentarios en ejercicio (también del bipartidismo) en detrimento de nuevos aspirantes.
La eliminación de las elecciones primarias para escoger candidato presidencial también fortalece al sistema expuesto, desde el momento que el ungido por las cúpulas partidarias sube comprometido hasta el tuétano con intereses que muchas veces son opuestos a los nacionales. La revocatoria de mandato, igual. Cualquier legislador con independencia de criterio puede arriesgar su curul, si su partido le sigue un proceso interno por indisciplina. Se ha dicho que Panamá es si no el único, al menos uno de los pocos que pone en manos de la dirigencia partidaria y no de los electores la facultad de remover a un legislador. En otros países, tal facultad corresponde a los electores.
El bipartidismo, pues, es un sistema perfecto para los intereses egoístas de los colectivos más grandes, que limita la participación de ciudadanos independientes, quienes se quedan sin más alternativa que sumarse a la corriente o excluirse del proceso. El problema es para el país que se ve privado de contar con más opciones que las que ofrece el sistema, sin posibilidad de enriquecerlo. Eso provoca cansancio en el electorado, abstencionismo, cinismo e indiferencia, todo lo cual alimenta aún más al sistema, hasta que un día explota por la acción de grupos cívicos y organizaciones de la sociedad civil quienes lo llevan finalmente a la hoguera, arriesgándose a males mayores. Todavía recordamos a Fujimori, un humilde profesor universitario que a bordo de un pequeño Volkswagen batió al bipartidismo, disolvió el Congreso y despidió a todos los magistrados y jueces para iniciar una revolución que duró diez años.