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El bipartidismo y su cansancio


El bipartidismo no es bueno ni malo en sí mismo. Si funciona bien, es una garantía de la alternancia en el poder y los ciudadanos sienten que tienen una opción. Cuando funciona mal, la gente siente que los partidos no representan sus mejores intereses y la alternancia pasa a ser cosas de grupos dentro de un mismo colectivo. Pero no se crea que reemplazar el bipartidismo es cosa fácil, pues las terceras fuerzas tampoco son buenas ni malas en sí mismas.

Las terceras fuerzas son buenas cuando ganan porque logran captar los anhelos y las expectativas de la mayoría de la población y refrescan la legitimidad del poder político, pues éste siempre está en necesidad de legitimarse. Pero las terceras fuerzas ni son ni pueden ser permanentes, y si lo intentan se vuelven tan detestables como toda tiranía, independientemente de su signo ideológico. Allí están los ejemplos de Chávez y Uribe para atestiguarlo. Pero cuando las terceras fuerzas tampoco logran el éxito deseado, el resultado no es un bipartidismo renovado, sino uno descompuesto.

En medio de estos extremos queda el cansancio del sistema de partidos, con líderes poco confiables, de baja credibilidad, y un frustrante déficit de representación global que afecta al sistema político como un todo. Quizás la élite dirigente de los partidos no lo perciba, pero los ciudadanos aspiran a tener gobernantes que les inspiren confianza y respeto, y no tahúres que salieron victoriosos de la mesa de juego.

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