"El buen socio" de Estados Unidos en América Latina
Si alguien dudaba acerca de quién lleva la batuta de las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica, mejor se fije en las declaraciones de Roger Noriega sobre la materia. Durante la reciente Cumbre de Monterrey, el Subsecretario Adjunto de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental sorprendió a los observadores al manifestar que el presidente argentino Néstor Kirchner era un "buen socio" de Estados Unidos en América Latina.
Unos días antes, el jefe de la diplomacia estadounidense para América Latina había cuestionado el "giro a la izquierda" del gobierno argentino. Algo similar había ocurrido con las opiniones que algunos funcionarios emitieron sobre el presidente de Brasil, Luis Inacio "Lula" da Silva, el candidato de los partidos de izquierda cuya victoria en las urnas fue vista con manifiesta preocupación por algunos funcionarios del gobierno del presidente George W. Bush, pero no por Noriega.
"Cuando se trata de la política exterior de Brasil, Noriega confía en los profesionales de Itamarati (el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasilia)," aseveró un veterano diplomático estadounidense. "Sabemos que están en manos competentes y que nos entenderemos con ellos, aunque por momentos nos harán la vida difícil".
En contraste con los vaivenes de las relaciones con las grandes potencias sudamericanas, los observadores citan las relaciones más estables de Washington con Panamá y la mayoría de los gobiernos de Centroamérica y el Caribe. "Los países más cercanos geográficamente tienen una mejor noción de cómo marcha el pulso político de Washington", expresó un observador que pidió que no se lo identificara con su nombre.
La ambivalencia que se asoma en las relaciones con los sudamericanos frecuentemente se manifiesta por las divergencias que existen entre las declaraciones del Departamento de Estado y las evaluaciones que emite el Departamento del Tesoro que mide a los gobiernos más por sus pagos de la deuda que por su importancia política. Así, durante el fin de semana, los diplomáticos resaltaron que el vínculo Buenos Aires-Washington avanza ahora sobre los rieles tendidos por Kirchner y Bush en Monterrey. Además, el nuevo clima se traduce en gestos de acercamiento y decididos elogios a la gestión del presidente argentino, mientras que el Tesoro norteamericano, por medio de su número uno, John Snow, volvió a la carga con sus pedidos hacia el Gobierno para que atienda los reclamos de los acreedores externos.
"Desde su asunción, el presidente Kirchner ha hecho enormes progresos", destacó ayer James Carragher, director de la Oficina de Asuntos del Cono Sur del Departamento de Estado norteamericano. "La relación bilateral es fuerte y esperamos que sea todavía más fuerte en el futuro", señaló más adelante.
Las declaraciones de Carragher tuvieron este mismo tono conciliador. Las hizo junto al embajador argentino en Washington, José Octavio Bordón, con quien compartió un encuentro sobre los vínculos bilaterales en la sede del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, influyente think tank de la capital norteamericana. En su repaso de los éxitos de la gestión Kirchner, Carragher mencionó el fuerte respaldo que ganó el Presidente desde su asunción, los cambios en la Corte, el crecimiento cercano al 8% en el último año, el auge de las exportaciones y las perspectivas positivas para el año que comienza.
"Kirchner -afirmó- está ahora en posición de afrontar los temas sociales pendientes y encarar negociaciones con los tenedores de deuda, cosa que al principio no se podía decir." "En la relación bilateral -añadió el diplomático norteamericano- hay diferencias que no vamos a ignorar, pero que no son en torno a temas centrales en nuestro vínculo."
Estas "diferencias" tienen que ver, sobre todo, con la reestructuración de la deuda argentina y la política respecto a Cuba, un eje de las relaciones de Estados Unidos con América latina.
"Diferimos en algunos aspectos de la relación con Cuba y a cómo promover la democracia allí", coincidió Bordón en una entrevista con el periódico bonaerense La Nación. "Pero -agregó- los valores y las aspiraciones son las mismas."
La decisión de Kirchner de no viajar a Cuba el mes próximo, hecha pública tras su encuentro con Bush, aquietó las aguas y, más aún, convenció al presidente de que debía tomar en sus propias manos el vínculo con Estados Unidos.
Unos días antes, el jefe de la diplomacia estadounidense para América Latina había cuestionado el "giro a la izquierda" del gobierno argentino. Algo similar había ocurrido con las opiniones que algunos funcionarios emitieron sobre el presidente de Brasil, Luis Inacio "Lula" da Silva, el candidato de los partidos de izquierda cuya victoria en las urnas fue vista con manifiesta preocupación por algunos funcionarios del gobierno del presidente George W. Bush, pero no por Noriega.
"Cuando se trata de la política exterior de Brasil, Noriega confía en los profesionales de Itamarati (el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasilia)," aseveró un veterano diplomático estadounidense. "Sabemos que están en manos competentes y que nos entenderemos con ellos, aunque por momentos nos harán la vida difícil".
En contraste con los vaivenes de las relaciones con las grandes potencias sudamericanas, los observadores citan las relaciones más estables de Washington con Panamá y la mayoría de los gobiernos de Centroamérica y el Caribe. "Los países más cercanos geográficamente tienen una mejor noción de cómo marcha el pulso político de Washington", expresó un observador que pidió que no se lo identificara con su nombre.
La ambivalencia que se asoma en las relaciones con los sudamericanos frecuentemente se manifiesta por las divergencias que existen entre las declaraciones del Departamento de Estado y las evaluaciones que emite el Departamento del Tesoro que mide a los gobiernos más por sus pagos de la deuda que por su importancia política. Así, durante el fin de semana, los diplomáticos resaltaron que el vínculo Buenos Aires-Washington avanza ahora sobre los rieles tendidos por Kirchner y Bush en Monterrey. Además, el nuevo clima se traduce en gestos de acercamiento y decididos elogios a la gestión del presidente argentino, mientras que el Tesoro norteamericano, por medio de su número uno, John Snow, volvió a la carga con sus pedidos hacia el Gobierno para que atienda los reclamos de los acreedores externos.
"Desde su asunción, el presidente Kirchner ha hecho enormes progresos", destacó ayer James Carragher, director de la Oficina de Asuntos del Cono Sur del Departamento de Estado norteamericano. "La relación bilateral es fuerte y esperamos que sea todavía más fuerte en el futuro", señaló más adelante.
Las declaraciones de Carragher tuvieron este mismo tono conciliador. Las hizo junto al embajador argentino en Washington, José Octavio Bordón, con quien compartió un encuentro sobre los vínculos bilaterales en la sede del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, influyente think tank de la capital norteamericana. En su repaso de los éxitos de la gestión Kirchner, Carragher mencionó el fuerte respaldo que ganó el Presidente desde su asunción, los cambios en la Corte, el crecimiento cercano al 8% en el último año, el auge de las exportaciones y las perspectivas positivas para el año que comienza.
"Kirchner -afirmó- está ahora en posición de afrontar los temas sociales pendientes y encarar negociaciones con los tenedores de deuda, cosa que al principio no se podía decir." "En la relación bilateral -añadió el diplomático norteamericano- hay diferencias que no vamos a ignorar, pero que no son en torno a temas centrales en nuestro vínculo."
Estas "diferencias" tienen que ver, sobre todo, con la reestructuración de la deuda argentina y la política respecto a Cuba, un eje de las relaciones de Estados Unidos con América latina.
"Diferimos en algunos aspectos de la relación con Cuba y a cómo promover la democracia allí", coincidió Bordón en una entrevista con el periódico bonaerense La Nación. "Pero -agregó- los valores y las aspiraciones son las mismas."
La decisión de Kirchner de no viajar a Cuba el mes próximo, hecha pública tras su encuentro con Bush, aquietó las aguas y, más aún, convenció al presidente de que debía tomar en sus propias manos el vínculo con Estados Unidos.