El cambio
El 3 de mayo, el pueblo autónomo y consciente dio un mensaje sonoro y contundente: ¡No más de lo mismo!; expresó su voluntad soberana negándose al continuismo de un gobierno que le había maltratado, confiscándole los derechos más elementales en casi todos los órdenes de la vida. Así debemos interpretar y leer los resultados electorales. Jubiloso saltó en las urnas, las calles y los circuitos electorales. Había triunfado su cara aspiración: el cambio íntegro y total de una administración cuyos intereses no conciliaban con sus necesidades ingentes.
En esta tesitura, las autoridades entrantes tienen que ser sumamente cuidadosas con lo que van a ofrecer como sinónimo de ese cambio. No hay razón, motivo o circunstancia que pueda justificar el mantenimiento de figuras cimeras del viejo régimen; no sólo porque desdice de una verdadera política de transformación, sino porque aunque fuesen ajenas a los niveles de corrupción evidenciados, el silencio guardado ante éstos, las hace cómplice y aliadas.
Si bien es cierto la máquina del Estado debe continuar, sin menoscabo de las obras buenas que existan; no están en los mandos superiores, designados políticamente, la experticia y conocimientos necesarios para la continuación de los proyectos que, previa evaluación, convenga mantener. De allí que sean muy pocos cuadros, contadísimos, los que verdaderamente ameriten su permanencia en el poder.
La corrupción en el país está enquistada profunda y ampliamente, lo que impone una ardua tarea a los próximos dignatarios. No existe argumento familiar, amical o de otra índole para eximir institución alguna de carácter público, autónoma o semi autónoma, del ojo escudriñador ético y financiero. La rendición de cuentas tiene que ser absoluta, pues donde se ignore, por conveniencia o interés algún caso, se pierde la autoridad moral y la confianza otorgada en las urnas a las nuevos autoridades.
No se dio un cheque en blanco, al portador (como algunos-as-) piensan. No hay nada peor que una población frustrada en sus legítimas expectativas. ¡Cuidado con defraudar sus aspiraciones! Que ello conste en las mentalidades de quienes conducirán la nave del Estado, próximamente.
Los escandalosos negociados eruptados en Educación constituyen la punta del iceberg; me atrevo a apostar que igual están casi todas las instituciones públicas. Nunca como en este periodo se percibió tanta negligencia y desgreño administrativo. Contadas valiosas excepciones, el desarrollo gubernamental fue más una infausta caricatura que una real y coherente administración. Dejar hacer y pasar fue la nota característica de laisseferismo estatal.
No nos engañemos, el cambio implica exorcismo económico y político con verdadera rendición de cuentas. El pueblo está cansado de los cambios cosméticos, mitos y falacias, ¡no abusemos de su paciencia!