El Centenario de la República
El 3 de Noviembre de 1903, al mismo tiempo que nos liberamos del centralismo colombiano e hicimos realidad nuestros ideales de independencia, el Tratado Hay-Buneau Varilla, pocos días después, nos obligó a sufrir la situación colonial que se desarrolló en la Zona del Canal y de la cual nos redimió el Tratado Torrijos-Carter.
Las aberraciones del régimen colonial marcaron profundamente nuestras vidas, porque aprendimos que nada estaba terminado con una independencia mediatizada y que las luchas generacionales continuarían para erradicar las estacas colonialistas de nuestro territorio. Cien años después, disfrutamos el pleno ejercicio de la soberanía y la integración de todo el territorio nacional bajo una sola bandera, pero sabemos que las luchas no han terminado.
El desarrollo de la conciencia ciudadana pone de relieve que en Panamá hay carencias que hacen medrar la ignorancia, las enfermedades, la pobreza, la corrupción, las frustraciones y la desesperanza entre muchos de nuestros compatriotas. Se impone la necesidad de dar grandes pasos en materia de educación, ya que si no actuamos con diligencia perderemos el derecho al futuro. Sabemos que la unidad fundamental del pueblo panameño sólo puede ser preservada si nuestra sociedad se reconoce en un sistema de valores, en un sentido de autoestima y en metas de interés común.
La celebración del primer centenario de la República es una ocasión especial para recordar acaecimientos, poniendo en perspectiva nuestro pasado y nuestro futuro. Tengo la convicción de que si no estamos regidos por la ética no podremos hacerlo bien.
En 100 años de vida republicana ha habido en Panamá arquetipos que encarnaron importantes cristalizaciones históricas y que tenían a Panamá no sólo en la inteligencia; también la tenían en el corazón y en la pasión.
Como tuve ocasión de expresar hace algunas semanas en la Cena Homenaje a las Etnias y Culturas del país, organizada por la Fundación Panameña de Etica y Civismo, los clubes de Leones, el Activo 20-30, los Kiwanis, los Rotarios y el Comité Nacional del Centenario, Panamá es el resultado de una constelación de hechos, que se han encaminado en una marcha ascendente hacia la conformación de una singularidad nacional.
Desde que el Istmo se integró al sistema mundial, Panamá ha sido un lugar de intercambios y de esos intercambios surgió una sociedad configurada por aportes genéticos y culturales de distintos grupos humanos.
Carlos Fuentes sostiene que “no existe un solo latinoamericano desde el Río Bravo hasta el Cabo de Hornos, que no sea heredero legítimo de todos y cada uno de los aspectos de nuestra tradición cultural” y que nos permite reconocernos unos a otros. Complementa su pensamiento señalando que se refiere a la cultura que hemos sido capaces de crear como descendientes de indios, negros y europeos. Se refiere a la múltiple presencia europea y a la singular y sufriente presencia negra africana. Su alusión a la presencia europea incluye, a su juicio, la presencia “ibérica, y a través de Iberia, Mediterránea, Romana, Griega y también Arabe y Judía.”
Al tiempo que Panamá entraba en un proceso de incorporación a Occidente -en su lengua, en su religión, en sus valores- la experiencia panameña tuvo un acontecer que enriqueció los rasgos impuestos por la presencia española.
La temprana llegada a nuestro país de aportes raciales provenientes del Africa y de Oriente le dieron a Panamá una formidable capacidad para los pluralismos. La sociedad panameña fue desde muy temprano después del descubrimiento de América, capaz de frecuentar los más variados contenidos raciales, religiosos, culturales, con una disposición propicia a la aceptación sin traumas ni intolerancias de lo que es distinto y de lo que es ajeno.
En otras palabras, la función de puente que nos fue dada por la geografía hizo que Panamá haya pertenecido a la cultura occidental de una manera diferenciada. La identidad panameña no es ciertamente igual a la africana, ni a la china, ni a la indostana, ni siquiera es igual a la que crearon los indígenas antes de la llegada de los españoles. Tampoco es igual a la manera como pertenecen a la cultura occidental los franceses, los alemanes, los ingleses, los griegos y ni siquiera los españoles. La manera panameña de pertenecer a la cultura occidental es una manera panameña de estar en el mundo y una manera del mundo de estar en Panamá.
En cierta ocasión, en el pórtico de una catedral gótica en Europa leí una inscripción en latín cuya traducción libre sería la siguiente: SOY EL RECUERDO DE QUIEN ME CONSTRUYÓ. Sólo decía eso. No había nombres y podemos imaginar que fueron muchos los que murieron poniendo piedra sobre piedra y que fueron muchos los que lo hicieron con cariño, con devoción y con fervor.
En estos 100 años de vida republicana hemos contado con el concurso de hombres y mujeres de talentos diversos que iluminaron con su inteligencia o con su fervor cívico los buenos y los malos momentos de un país que hoy celebra su primer siglo de independencia. Esos hombres y mujeres constituyen un patrimonio de ejemplaridad que debemos considerar con especial respeto. La ética implica memoria y comparación. Memoria de quienes dieron su vida por la plena soberanía que hoy poseemos. Memoria de quienes sufrieron persecuciones y cárcel por la libertad que hoy disfrutamos. Memoria de quienes realizaron obras trascendentes con recursos finitos y precarios.
En cuanto a la comparación, es a través de ella que podemos hacer la apreciación cabal de los bienes materiales de los que hoy gozamos. Esa comparación es una exigencia ética que reclama la atención de quienes poseen casi todo sin saber el valor de casi nada, porque siempre se aprecia más aquello por lo que se ha luchado, por lo que hemos soñado, por lo que nos hemos desvelado. Es preciso pues comparar y pensar en aquellos y aquellas que tanto contribuyeron para enriquecer y preservar el patrimonio nacional. Al mismo tiempo es preciso comparar y pensar en los que no tienen casi nada.
Creo que a esos antepasados, a esos panameños y panameñas que nos precedieron y que en muchos sentidos nos superaron moralmente, las actuales y futuras generaciones pueden rendirles tributo a través de la formación -individual y socialmente- de una ética del porvenir, una ética de lo que está aún por hacerse, una ética de lo que debemos hacer. Si esa ética estuviera ausente entre los gobernantes y entre los gobernados, tendremos que pagar un precio que equivaldría a hipotecar el futuro de nuestros sucesores, de las generaciones futuras.
Insisto en que se trata de una exigencia moral para que los gobernantes, los responsables, los dirigentes, sepan adoptar las medidas que hagan que nuestro pueblo alcance puntos de no retorno a los males presentes y pasados; puntos que sean palancas para el desarrollo, para el progreso, para el bienestar.
Nuestra prioridad es combatir por todos lo medios la crisis de valores, de honradez, de transparencia y de tolerancia que corroe las entrañas de la Patria, para lo cual convocamos a los panameños y panameñas de todas las edades, de todos los colores, ricos y pobres, indígenas, campesinos, trabajadores, profesionales, comerciantes, industriales, estudiantes, educadores, así como a la iglesia, a lo largo y ancho de la geografía nacional, para que se sumen en un reencuentro ciudadano dirigido a recuperar la confianza en nosotros mismos, a restablecer nuestra imagen internacional, y a adherirnos a un catecismo de la nacionalidad, que eleve la imagen de la patria y asegure la libertad interior, la dignidad nacional y el decoro exterior de la República.
Es a través de un consenso forjado mediante la consulta popular que se pueden sentar las bases para la paz pública, el sosiego doméstico y la reconciliación nacional, que le abra al país horizontes de armónico progreso y elimine las causas de desasosiego mediante el reconocimiento de los espacios políticos, económicos y sociales a que tienen derecho todos los panameños y panameñas con igualdad de oportunidades, dentro de una democracia verdaderamente participativa.
Las dolorosas lecciones de la experiencia nos enseñan que esta es la fórmula sensata, humana y transparente para erradicar la violencia, el terrorismo y las luchas intestinas que retrasan el progreso de los pueblos.
Busquemos un régimen de unidad de voluntades que salve a la nación del naufragio de sus instituciones, del desconcierto, del desorden, de la corrupción y de la ignominia.
Cobijémonos bajo la sombra de la bandera nacional iluminada por la luz del centenario para hacer a la Patria más rica, más hermosa y más honesta.
Cultivemos el orgullo de ser panameños, afirmando nuestra dignidad en la gloria, el honor y el ejemplo de los grandes hombres y de los grandes hechos de nuestra historia.
Las aberraciones del régimen colonial marcaron profundamente nuestras vidas, porque aprendimos que nada estaba terminado con una independencia mediatizada y que las luchas generacionales continuarían para erradicar las estacas colonialistas de nuestro territorio. Cien años después, disfrutamos el pleno ejercicio de la soberanía y la integración de todo el territorio nacional bajo una sola bandera, pero sabemos que las luchas no han terminado.
El desarrollo de la conciencia ciudadana pone de relieve que en Panamá hay carencias que hacen medrar la ignorancia, las enfermedades, la pobreza, la corrupción, las frustraciones y la desesperanza entre muchos de nuestros compatriotas. Se impone la necesidad de dar grandes pasos en materia de educación, ya que si no actuamos con diligencia perderemos el derecho al futuro. Sabemos que la unidad fundamental del pueblo panameño sólo puede ser preservada si nuestra sociedad se reconoce en un sistema de valores, en un sentido de autoestima y en metas de interés común.
La celebración del primer centenario de la República es una ocasión especial para recordar acaecimientos, poniendo en perspectiva nuestro pasado y nuestro futuro. Tengo la convicción de que si no estamos regidos por la ética no podremos hacerlo bien.
En 100 años de vida republicana ha habido en Panamá arquetipos que encarnaron importantes cristalizaciones históricas y que tenían a Panamá no sólo en la inteligencia; también la tenían en el corazón y en la pasión.
Como tuve ocasión de expresar hace algunas semanas en la Cena Homenaje a las Etnias y Culturas del país, organizada por la Fundación Panameña de Etica y Civismo, los clubes de Leones, el Activo 20-30, los Kiwanis, los Rotarios y el Comité Nacional del Centenario, Panamá es el resultado de una constelación de hechos, que se han encaminado en una marcha ascendente hacia la conformación de una singularidad nacional.
Desde que el Istmo se integró al sistema mundial, Panamá ha sido un lugar de intercambios y de esos intercambios surgió una sociedad configurada por aportes genéticos y culturales de distintos grupos humanos.
Carlos Fuentes sostiene que “no existe un solo latinoamericano desde el Río Bravo hasta el Cabo de Hornos, que no sea heredero legítimo de todos y cada uno de los aspectos de nuestra tradición cultural” y que nos permite reconocernos unos a otros. Complementa su pensamiento señalando que se refiere a la cultura que hemos sido capaces de crear como descendientes de indios, negros y europeos. Se refiere a la múltiple presencia europea y a la singular y sufriente presencia negra africana. Su alusión a la presencia europea incluye, a su juicio, la presencia “ibérica, y a través de Iberia, Mediterránea, Romana, Griega y también Arabe y Judía.”
Al tiempo que Panamá entraba en un proceso de incorporación a Occidente -en su lengua, en su religión, en sus valores- la experiencia panameña tuvo un acontecer que enriqueció los rasgos impuestos por la presencia española.
La temprana llegada a nuestro país de aportes raciales provenientes del Africa y de Oriente le dieron a Panamá una formidable capacidad para los pluralismos. La sociedad panameña fue desde muy temprano después del descubrimiento de América, capaz de frecuentar los más variados contenidos raciales, religiosos, culturales, con una disposición propicia a la aceptación sin traumas ni intolerancias de lo que es distinto y de lo que es ajeno.
En otras palabras, la función de puente que nos fue dada por la geografía hizo que Panamá haya pertenecido a la cultura occidental de una manera diferenciada. La identidad panameña no es ciertamente igual a la africana, ni a la china, ni a la indostana, ni siquiera es igual a la que crearon los indígenas antes de la llegada de los españoles. Tampoco es igual a la manera como pertenecen a la cultura occidental los franceses, los alemanes, los ingleses, los griegos y ni siquiera los españoles. La manera panameña de pertenecer a la cultura occidental es una manera panameña de estar en el mundo y una manera del mundo de estar en Panamá.
En cierta ocasión, en el pórtico de una catedral gótica en Europa leí una inscripción en latín cuya traducción libre sería la siguiente: SOY EL RECUERDO DE QUIEN ME CONSTRUYÓ. Sólo decía eso. No había nombres y podemos imaginar que fueron muchos los que murieron poniendo piedra sobre piedra y que fueron muchos los que lo hicieron con cariño, con devoción y con fervor.
En estos 100 años de vida republicana hemos contado con el concurso de hombres y mujeres de talentos diversos que iluminaron con su inteligencia o con su fervor cívico los buenos y los malos momentos de un país que hoy celebra su primer siglo de independencia. Esos hombres y mujeres constituyen un patrimonio de ejemplaridad que debemos considerar con especial respeto. La ética implica memoria y comparación. Memoria de quienes dieron su vida por la plena soberanía que hoy poseemos. Memoria de quienes sufrieron persecuciones y cárcel por la libertad que hoy disfrutamos. Memoria de quienes realizaron obras trascendentes con recursos finitos y precarios.
En cuanto a la comparación, es a través de ella que podemos hacer la apreciación cabal de los bienes materiales de los que hoy gozamos. Esa comparación es una exigencia ética que reclama la atención de quienes poseen casi todo sin saber el valor de casi nada, porque siempre se aprecia más aquello por lo que se ha luchado, por lo que hemos soñado, por lo que nos hemos desvelado. Es preciso pues comparar y pensar en aquellos y aquellas que tanto contribuyeron para enriquecer y preservar el patrimonio nacional. Al mismo tiempo es preciso comparar y pensar en los que no tienen casi nada.
Creo que a esos antepasados, a esos panameños y panameñas que nos precedieron y que en muchos sentidos nos superaron moralmente, las actuales y futuras generaciones pueden rendirles tributo a través de la formación -individual y socialmente- de una ética del porvenir, una ética de lo que está aún por hacerse, una ética de lo que debemos hacer. Si esa ética estuviera ausente entre los gobernantes y entre los gobernados, tendremos que pagar un precio que equivaldría a hipotecar el futuro de nuestros sucesores, de las generaciones futuras.
Insisto en que se trata de una exigencia moral para que los gobernantes, los responsables, los dirigentes, sepan adoptar las medidas que hagan que nuestro pueblo alcance puntos de no retorno a los males presentes y pasados; puntos que sean palancas para el desarrollo, para el progreso, para el bienestar.
Nuestra prioridad es combatir por todos lo medios la crisis de valores, de honradez, de transparencia y de tolerancia que corroe las entrañas de la Patria, para lo cual convocamos a los panameños y panameñas de todas las edades, de todos los colores, ricos y pobres, indígenas, campesinos, trabajadores, profesionales, comerciantes, industriales, estudiantes, educadores, así como a la iglesia, a lo largo y ancho de la geografía nacional, para que se sumen en un reencuentro ciudadano dirigido a recuperar la confianza en nosotros mismos, a restablecer nuestra imagen internacional, y a adherirnos a un catecismo de la nacionalidad, que eleve la imagen de la patria y asegure la libertad interior, la dignidad nacional y el decoro exterior de la República.
Es a través de un consenso forjado mediante la consulta popular que se pueden sentar las bases para la paz pública, el sosiego doméstico y la reconciliación nacional, que le abra al país horizontes de armónico progreso y elimine las causas de desasosiego mediante el reconocimiento de los espacios políticos, económicos y sociales a que tienen derecho todos los panameños y panameñas con igualdad de oportunidades, dentro de una democracia verdaderamente participativa.
Las dolorosas lecciones de la experiencia nos enseñan que esta es la fórmula sensata, humana y transparente para erradicar la violencia, el terrorismo y las luchas intestinas que retrasan el progreso de los pueblos.
Busquemos un régimen de unidad de voluntades que salve a la nación del naufragio de sus instituciones, del desconcierto, del desorden, de la corrupción y de la ignominia.
Cobijémonos bajo la sombra de la bandera nacional iluminada por la luz del centenario para hacer a la Patria más rica, más hermosa y más honesta.
Cultivemos el orgullo de ser panameños, afirmando nuestra dignidad en la gloria, el honor y el ejemplo de los grandes hombres y de los grandes hechos de nuestra historia.