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El ciudadano-enemigo


PARTICULARMENTE encuentro deprimente el estado de paranoia colectiva que vive nuestra sociedad, y la inseguridad en todos los niveles de la vida social. Hoy, a 200 años de las conquistas revolucionarias liberales de la Revolución Francesa y sus infranqueables postulados de igualdad, libertad y fraternidad, y a más de medio siglo de la victoria sobre la amenaza totalitarista del eje nazi, los seres humanos parecemos vivir en una especie de miedo y terror colectivo, y peor aún, somos victimizados por un autoritarismo estatal que se encarga de estigmatizar y sancionar al ciudadano común, al ciudadano honesto y útil, en un proceso social retrógrado por excelencia, una estigmatización al que he querido llamar "la del ciudadano-enemigo".
La palabra enemigo es funcionalmente sinónima de la palabra hostil, la cual se deriva del latín "hostis" y ésta, a su vez, proviene de la raíz sánscrita "ghas" que alude a comer, lo que explica su origen común con hostería. "Hostire" también significa matar y hostia tiene el sentido de víctima.
La pena máxima en muchas comunidades era la expulsión de la comunidad, el exilio, la pérdida de la paz (die Friedlossigkeit), justamente por dejar al sujeto en la situación de extranjero, extraño, enemigo, privado de todo derecho (Albert Du Boys, Historie du Droit Criminale des Peuples Anciens, París 1845). En aquellas sociedades el enemigo nunca recibió el trato de personas, porque simplemente no lo era, reducido a la esclavitud perpetua o a la muerte, simplemente el sistema jurídico lo orillaba a condiciones extremas, un apátrida, un esclavo o una simple cosa, eran los rasgos característicos de su condición particular, maximizados por los tratos vejatorios y crueles que le eran aplicados por su propia condición.
Sistemáticamente, en algunos Estados contemporáneos, como en aquellos tiempos, se ha profundizado un esquema represivo, ya no contra lo extraños, sino contra los propios ciudadanos. En Panamá, el caso es más desalentador: excesivas políticas criminales como la multiplicación de las categorías delictivas y de castigos o penas exageradamente altos establecidos en el Nuevo Código Penal, un poder sancionador exageradamente desproporcionado (véase nuevo reglamento de tránsito), la rigidez y la persecución fiscal, la conversión del Estado de Derecho en un Estado de Excepción Perpetua o de Policía, la disminución de las Garantías o Derechos Fundamentales en pos de una supuesta seguridad "abstracta" -la Ley 15 de 22 de mayo de 2007 sobre seguridad ciudadana, es un buen ejemplo-, el hacinamiento carcelario, el espionaje, las intervención del Estado en la intimidad del ciudadano, los toques de queda, la limitación de la libertad de expresión, el aumento del poder policial -véase, por casualidad, proyecto de ley de la PTJ- , la represión cruda y cruel del ciudadano en un ejercicio de revictimización como el ocurrido contra los afectados por el SIRA en los predios de la presidencia, entre otros componentes.
Seguramente en el ámbito del derecho esa idea también se ve reflejada, como dijimos, a través de la creación de nuevos delitos y formas de comisión de los mismos, castigos más rigurosos, la supresión de garantías procesales y materiales, lo cual es grave y atenta contra el Estado de Derecho cuando dicha conceptualización primitiva es llevada a su máxima expresión. "Debemos movernos con mayor cuidado y precisión, porque el estado nos hace cada día más garantes de lo que nunca nos imaginamos ni se nos ocurriría garantizar". (Zaffaroni).
Sin embargo, los detentadores del poder Estatal panameño van mucho más allá; es frecuente todos los días, el abuso de funcionarios y servidores públicos en contra del ciudadano, la vulgar burocracia, la obscena corrupción y la delincuencia política impune, y los intereses voraces de los gobernantes en detrimento del ciudadano.
Con "ésto y aquello" se hace un amalgama perfecto para poder afirmar, con suficiente razón de lo dicho, que en Panamá, los ciudadanos somos tratados como enemigos. Pero, más preocupante aún, resulta el hecho que tal situación es un caldo de cultivo perfecto para la aparición de caudillos populares al estilo Chávez, que a final de cuentas terminan por empeorar la ya acentuada miseria del ciudadano. Réquiem por la libertad ciudadana.

101 años de Panamá América

 
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