default

El club de debate


HE VISTO CON alegría cómo desde hace varios años, y desde una edad temprana, mi hija se inició en el club de debate de su escuela. La he visto emprender con entusiasmo una forma de conocer el mundo actual a través de sus guerras y conflictos, pero siempre con la convicción de que los más difíciles problemas tienen solución cuando las partes involucradas se ponen de acuerdo. Su fe en la democracia no consiste en un "imperio de fines" que hay que lograr a costa de utilizar cualquier (re)medio. Su pragmatismo radica en que, cuando se trata de la democracia, solo los instrumentos democráticos, como el diálogo, la firma de acuerdos y el respeto a los compromisos adquiridos, son capaces de acercarnos a los objetivos de prosperidad, paz y democracia que son comunes a todos.
Una de nuestras metas como sociedad debiera ser educar a las generaciones más jóvenes en las instituciones de la democracia, como la única salida aceptable que tiene el manejo de los conflictos políticos. Lamentablemente, hay muchas cosas que conspiran en contra de ese aprendizaje. Indudablemente, la principal de ellas, es el propio ejemplo que la sociedad de adultos ofrece cada día, con una cultura política llena de justificaciones ridículas de comportamientos autoritarios, que la llevan a optar por un artilugio detestable antes que seguir una pauta democrática.
Pero he aquí la súbita oportunidad que tiene la sociedad de adultos de entablar un diálogo serio sobre un problema real que nos aqueja de modo acuciante: ante una larga huelga de obreros, maestros y médicos -que ya supera los 30 días- como manifestación de rechazo a la reforma de la seguridad social aprobada con triste celeridad por la Asamblea Nacional, el Ejecutivo ha convenido en hacer suspender los efectos de la controvertida ley, para que en un diálogo amplio, honesto y responsable, se puedan llegar a acuerdos sobre cómo debe reformarse el régimen de la seguridad social de modo que los cambios que deben ser introducidos por los órganos del Estado obtengan el respaldo mayoritario de los ciudadanos.
El Presidente ha dicho que no hay pre-condiciones y que todas las partes de la ley son susceptibles de modificación por recomendación del diálogo. Se trata de una propuesta que tiene toda la apariencia de ser honesta y así ha sido recibida por los sectores que adversan la Ley 17, por lo que parece que los huelguistas volverán a sus puestos de trabajo, la circulación vial recobrará su normalidad, y la tranquilidad volverá a ser parte de la vida cotidiana. Ahora que vamos a tener un diálogo de verdad, cabe preguntarse si sabemos cómo hacerlo.
Revisemos algunos presupuestos básicos del proceso que permite llegar a acuerdos legítimos:
  • Para que un diálogo se desarrolle de modo efectivo tiene que haber reglas parlamentarias claras, que no deben ser impuestas desde afuera, sino que deben ser aprobadas por los integrantes del diálogo, que de esa manera se comprometen a respetarlas.

  • Los integrantes del diálogo deben reconocerse a sí mismos como legítimos, pues cualquier intento de alguno de desconocer la legitimidad del otro sólo entorpecerá el desenvolvimiento del proceso y terminará invalidando los resultados.

  • No debe confundirse la legitimidad del participante, con sus intereses; pues normalmente todo participante tiene intereses legítimos y otros que no lo son tanto. La regla es: se reconocen lo intereses legítimos, pero no se tendrán consideraciones con aquellos que no lo sean.

  • Sin libre acceso a la información, el diálogo es una trampa; todas las partes deben estar en capacidad de conocer los documentos y piezas informativas en los que se basa la discusión.

  • Las propuestas deben ser transparentes, lo que quiere decir que no debe haber cartas bajo la manga para el final. La posición de cada integrante debe ser plenamente conocida por todos desde un inicio.

  • Sin un compromiso de tolerancia y respeto a la libre expresión de ideas y apreciaciones sobre los distintos temas, no hay diálogo que rinda frutos. Nunca se debe buscar el bloqueo de los argumentos y proposiciones de los adversarios, pues ello genera tensiones que menoscaban el proceso.

  • La finalidad debe ser siempre el acuerdo o entendimiento. Cuando el participante en un proceso de diálogo solo busca comprar tiempo para obtener algún tipo de provecho fuera de la mesa del diálogo queda automáticamente descalificado en lo que a la pretensión de alargue se refiere, pues ese no es un interés legítimo.

  • Todo diálogo debe tener un marco de tiempo, reconocido y aceptado por todas las partes desde el inicio, pues los diálogos de carácter indefinido se prestan a los pliegues y a la duplicidad de los participantes.


Además de moderadores y garantes, un proceso de diálogo puede tener observadores, pero ¿dónde vamos a encontrar gente que no tenga una opinión ya formada sobre los extremos de la controversia en torno a la reforma de la seguridad social?
Hay un cúmulo interesante de chicos y chicas de colegios secundarios agrupados en torno al club de debate que conocen las reglas de la discusión y podrían autoinstituirse en observadores imparciales del proceso de diálogo que se iniciará esta semana. Además de ser gente inteligente, sana, y de principios firmes, su mirada no carga una serie de complejos y prejuicios que le impiden a los adultos apreciar las cosas como son. No son enemigos del gobierno, y tampoco traicionarían sus lealtades por apoyar a un político. No abordan las diferencias a través del insulto, ni tienen deseos de causar daño a los que piensan distinto de ellos; pero son suspicaces y no titubean en ser críticos cuando no les persuaden los argumentos que les ofrecen. ¡Tantas cosas que podrían nutrir nuestra cultura política!

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América