El CMA y la guerrilla colombiana
Pocos advertirán la relación estrecha entre el proyectado Centro Multinacional Antidrogas y la difícil situación de seguridad nacional que atraviesa Colombia. Unos 20,000 guerrilleros mantienen en jaque a 120,000 miembros del ejército colombiano. El jefe del Comando Sur con sede en Miami, general Charles Wilhem, ha enviado carta a su homólogo de Colombia, José Bonett, en la que le expresa que las fuerzas del último "no están en condiciones de confrontar y derrotar a las guerrillas".
La grave situación repercutió en la capital norteamericana, donde se teme por la suerte de tres rehenes todavía retenidos, luego de la liberación de un grupo inicial de secuestrados, tras negociaciones en las que pudo mediar el pago de rescate, que pusieron en evidencia la vulnerabilidad de Estados Unidos y de los países vecinos a las zonas en conflicto.
Los norteamericanos fueron capturados y luego liberados a sólo 50 kilómetros de la capital colombiana donde operan con absoluta libertad frentes de dos viejas organizaciones, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que llevan más de 50 años y dos generaciones de alzados en armas contra el gobierno.
Hace una década, la interminable guerra sufrió un cambio cualitativo tras surgir una alianza simbióticoestratégica entre las guerrillas y el narcotráfico. Desde entonces, las primeras brindan protección y libertad de movimiento a los segundos en sus territorios, mientras los narcos les proveen de infinitos recursos financieros y modernos elementos de guerra.
Los irregulares controlan hoy el 40% del territorio colombiano y, en ocasiones, defienden sus dominios de ejércitos hostiles de naciones vecinas. Así ha ocurrido a Venezuela y a la propia Panamá, atrapada en Darién entre patrullas de paramilitares y pequeñas brigadas guerrilleras en busca de descanso.
Fuentes del Pentágono no ocultan su consternación. El ejército colombiano requeriría incrementar su pie de fuerza en al menos 80,000 soldados, además de mejorar su deficiente equipo y entrenamiento, sin garantías de éxito, porque la guerrilla y el narcotráfico podrían hacer lo propio. La moderna estrategia militar recomienda por lo menos una superioridad numérica de 10 a 1.
La agresividad de la guerrilla ha llegado a niveles tales que, frente a la velada amenaza norteamericana de intervenir en Colombia con ayuda de otras naciones, ha advertido de la posibilidad de aplicar sus propias represalias contra los países que integren una eventual fuerza multinacional.
¿Habrá alguien que seriamente piense que un CMA no tendrá mayor alcance que la mera y pasiva vigilancia del transporte de drogas? La guerrilla hace muchas décadas dejó de ser un mero problema de policías y detectives para transformarse en un problema político, militar y económico. No es realista entonces, pretender separar ambos conceptos frente a un problema que toca las puertas de nuestra frontera Este, a pocos kilómetros del Canal.
La grave situación repercutió en la capital norteamericana, donde se teme por la suerte de tres rehenes todavía retenidos, luego de la liberación de un grupo inicial de secuestrados, tras negociaciones en las que pudo mediar el pago de rescate, que pusieron en evidencia la vulnerabilidad de Estados Unidos y de los países vecinos a las zonas en conflicto.
Los norteamericanos fueron capturados y luego liberados a sólo 50 kilómetros de la capital colombiana donde operan con absoluta libertad frentes de dos viejas organizaciones, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que llevan más de 50 años y dos generaciones de alzados en armas contra el gobierno.
Hace una década, la interminable guerra sufrió un cambio cualitativo tras surgir una alianza simbióticoestratégica entre las guerrillas y el narcotráfico. Desde entonces, las primeras brindan protección y libertad de movimiento a los segundos en sus territorios, mientras los narcos les proveen de infinitos recursos financieros y modernos elementos de guerra.
Los irregulares controlan hoy el 40% del territorio colombiano y, en ocasiones, defienden sus dominios de ejércitos hostiles de naciones vecinas. Así ha ocurrido a Venezuela y a la propia Panamá, atrapada en Darién entre patrullas de paramilitares y pequeñas brigadas guerrilleras en busca de descanso.
Fuentes del Pentágono no ocultan su consternación. El ejército colombiano requeriría incrementar su pie de fuerza en al menos 80,000 soldados, además de mejorar su deficiente equipo y entrenamiento, sin garantías de éxito, porque la guerrilla y el narcotráfico podrían hacer lo propio. La moderna estrategia militar recomienda por lo menos una superioridad numérica de 10 a 1.
La agresividad de la guerrilla ha llegado a niveles tales que, frente a la velada amenaza norteamericana de intervenir en Colombia con ayuda de otras naciones, ha advertido de la posibilidad de aplicar sus propias represalias contra los países que integren una eventual fuerza multinacional.
¿Habrá alguien que seriamente piense que un CMA no tendrá mayor alcance que la mera y pasiva vigilancia del transporte de drogas? La guerrilla hace muchas décadas dejó de ser un mero problema de policías y detectives para transformarse en un problema político, militar y económico. No es realista entonces, pretender separar ambos conceptos frente a un problema que toca las puertas de nuestra frontera Este, a pocos kilómetros del Canal.