EL CoNEP
El Consejo Nacional de la Empresa Privada (CoNEP) pareciera estar en vías de desaparecer. Por haber participado en su creación, me permito algunas reflexiones. En 1963, Estados Unidos (EU) puso en marcha la “Alianza para el Progreso”, un ambicioso programa para superar el subdesarrollo económico y social en la América Latina. EU asignó los fondos necesarios, pero condicionó el acceso a los mismos a la existencia en el país de planes y programas de desarrollo, que debían ser elaborados, revisados periódicamente y ejecutados con la participación del sector privado.
Los gobiernos estarían representados por su oficina de Planificación, pero no había contra parte del sector privado. Existían muchas organizaciones, pero trabajaban independientemente y, en muchas oportunidades, tenían posiciones distintas por razón de los intereses que representaban. Hubo la necesidad de reunirlos para que entre ellos lograran acuerdos que luego se llevaban a la mesa de planificación e intentar consensos, o por lo menos compromisos, con el Gobierno. Para resolver ese problema, el USAID, desde principios de 1964, promovió en cada país la creación de un Consejo Nacional de la Empresa Privada. Así nació nuestro CoNEP, que no estuvo diseñado para ser súper organismo; era la “caja de resonancia” de los sectores no gubernamentales para los efectos de participar con el Gobierno en la preparación, revisión periódica y ejecución de los planes de desarrollo económico y social. Cada organización del mismo discutía a lo interno el tema a tratar para llevar a la mesa, con el Gobierno, una posición de consenso. Las reuniones del CoNEP eran con la participación de los presidentes de las asociaciones miembros que en ocasiones se hacían acompañar por sus asesores técnicos. Ese era el momento cuando realmente existía el CoNEP. Terminada la reunión, lo que quedaba era la mesa y las sillas que habían sido ocupadas por los presidentes.
Este arreglo funcionó muy bien, como lo puede atestiguar el Dr. Nicolás Ardito Barletta, en ese tiempo, director general de Planificación de la Presidencia de la República. Esa fue la cuna del I Plan General de Desarrollo Económico y Social para el período 1965-1970, y su posterior actualización para el período 1971-1975.
Resultó muy desafortunado que en 1965, cuando se llevó a ese foro la reforma tributaria, que era otro requisito de la “Alianza para el Progreso”, la discusión se transformó en una confrontación, de la cual salió mejor librado el CoNEP. Eso llevó a muchos dirigentes del sector privado a pensar que ese sería el más efectivo instrumento para enfrentar al Gobierno.
A lo largo de los años, el CoNEP ha adoptado papeles variados, algunas veces como foro de discusión para lograr consensos y otros como Ministerio de Guerra para enfrentar al Gobierno. Y debo aceptar que en ocasiones ha derrotado intentos del Gobierno por imponer medidas o políticas perjudiciales para el sector productivo. Pero ahora que estamos enfrentando una de las peores crisis de este país, se necesita de acuerdos consensuados. Ojalá que así lo entienda también el sector gubernamental.
Conviene recordar que la economía nacional mostró un crecimiento vigoroso entre los años 1950 y 1970, y así mismo se mejoraron las condiciones sociales de la población, si bien extremadamente desequilibrada. El crecimiento económico, las políticas y los programas sociales realizados durante ese período lograron mejoras sustanciales en las condiciones generales de vida de la población, aunque en forma parcial, sesgada y muy diferenciada entre los distintos segmentos sociales, sectores y regiones.
El deterioro social se ha acentuado. La dinámica de la apertura económica apoyada por un modelo que privilegia el mercado, junto con el impulso del proceso de modernización, contribuye a agravar las condiciones de segregación preexistentes. Lo que sucederá en nuestro país dependerá del mayor o menor crecimiento de la población y la fuerza de trabajo; de la severidad de la reestructuración derivadas de las políticas de liberalización arancelaria; la magnitud del proceso de privatización de empresas y servicios públicos; de la intensidad de la competencia internacional; el ritmo de incorporación de nueva tecnología intensiva en capital y recursos humanos calificados; el esfuerzo de ahorro e inversión internos y su complemento externo; las calificaciones, educación, hábitos de trabajo de la población activa, sobre todo de los más jóvenes; las barreras institucionales para acceder a los mercados externos: el grado de segmentación del mercado de trabajo.
Es bien conocido que en Panamá la mayoría de estos factores presentan característica francamente negativas. Enfrentar este reto no es tarea que puede acometer el Estado solo, tampoco lo puede hacer únicamente el sector privado. No puede lograrse, con un sector privado segmentado, en defensa de intereses individuales. Se va a requerir de un esfuerzo concertado. La pregunta que me hago, y a ustedes, es si en estos momentos se justifica o no el CoNEP; pero no como un instrumento de guerra, sino de coordinación de políticas y de participación en la formulación de una estrategia nacional de desarrollo que nos saque de la crisis. Pienso que sí; que el CoNEP no sólo debe sobrevivir, sino que debe ser reforzado y devuelto a lo que fue su misión inicial, porque tiene un papel decisivo en estos momentos cruciales. No sé qué piensan ustedes.
Los gobiernos estarían representados por su oficina de Planificación, pero no había contra parte del sector privado. Existían muchas organizaciones, pero trabajaban independientemente y, en muchas oportunidades, tenían posiciones distintas por razón de los intereses que representaban. Hubo la necesidad de reunirlos para que entre ellos lograran acuerdos que luego se llevaban a la mesa de planificación e intentar consensos, o por lo menos compromisos, con el Gobierno. Para resolver ese problema, el USAID, desde principios de 1964, promovió en cada país la creación de un Consejo Nacional de la Empresa Privada. Así nació nuestro CoNEP, que no estuvo diseñado para ser súper organismo; era la “caja de resonancia” de los sectores no gubernamentales para los efectos de participar con el Gobierno en la preparación, revisión periódica y ejecución de los planes de desarrollo económico y social. Cada organización del mismo discutía a lo interno el tema a tratar para llevar a la mesa, con el Gobierno, una posición de consenso. Las reuniones del CoNEP eran con la participación de los presidentes de las asociaciones miembros que en ocasiones se hacían acompañar por sus asesores técnicos. Ese era el momento cuando realmente existía el CoNEP. Terminada la reunión, lo que quedaba era la mesa y las sillas que habían sido ocupadas por los presidentes.
Este arreglo funcionó muy bien, como lo puede atestiguar el Dr. Nicolás Ardito Barletta, en ese tiempo, director general de Planificación de la Presidencia de la República. Esa fue la cuna del I Plan General de Desarrollo Económico y Social para el período 1965-1970, y su posterior actualización para el período 1971-1975.
Resultó muy desafortunado que en 1965, cuando se llevó a ese foro la reforma tributaria, que era otro requisito de la “Alianza para el Progreso”, la discusión se transformó en una confrontación, de la cual salió mejor librado el CoNEP. Eso llevó a muchos dirigentes del sector privado a pensar que ese sería el más efectivo instrumento para enfrentar al Gobierno.
A lo largo de los años, el CoNEP ha adoptado papeles variados, algunas veces como foro de discusión para lograr consensos y otros como Ministerio de Guerra para enfrentar al Gobierno. Y debo aceptar que en ocasiones ha derrotado intentos del Gobierno por imponer medidas o políticas perjudiciales para el sector productivo. Pero ahora que estamos enfrentando una de las peores crisis de este país, se necesita de acuerdos consensuados. Ojalá que así lo entienda también el sector gubernamental.
Conviene recordar que la economía nacional mostró un crecimiento vigoroso entre los años 1950 y 1970, y así mismo se mejoraron las condiciones sociales de la población, si bien extremadamente desequilibrada. El crecimiento económico, las políticas y los programas sociales realizados durante ese período lograron mejoras sustanciales en las condiciones generales de vida de la población, aunque en forma parcial, sesgada y muy diferenciada entre los distintos segmentos sociales, sectores y regiones.
El deterioro social se ha acentuado. La dinámica de la apertura económica apoyada por un modelo que privilegia el mercado, junto con el impulso del proceso de modernización, contribuye a agravar las condiciones de segregación preexistentes. Lo que sucederá en nuestro país dependerá del mayor o menor crecimiento de la población y la fuerza de trabajo; de la severidad de la reestructuración derivadas de las políticas de liberalización arancelaria; la magnitud del proceso de privatización de empresas y servicios públicos; de la intensidad de la competencia internacional; el ritmo de incorporación de nueva tecnología intensiva en capital y recursos humanos calificados; el esfuerzo de ahorro e inversión internos y su complemento externo; las calificaciones, educación, hábitos de trabajo de la población activa, sobre todo de los más jóvenes; las barreras institucionales para acceder a los mercados externos: el grado de segmentación del mercado de trabajo.
Es bien conocido que en Panamá la mayoría de estos factores presentan característica francamente negativas. Enfrentar este reto no es tarea que puede acometer el Estado solo, tampoco lo puede hacer únicamente el sector privado. No puede lograrse, con un sector privado segmentado, en defensa de intereses individuales. Se va a requerir de un esfuerzo concertado. La pregunta que me hago, y a ustedes, es si en estos momentos se justifica o no el CoNEP; pero no como un instrumento de guerra, sino de coordinación de políticas y de participación en la formulación de una estrategia nacional de desarrollo que nos saque de la crisis. Pienso que sí; que el CoNEP no sólo debe sobrevivir, sino que debe ser reforzado y devuelto a lo que fue su misión inicial, porque tiene un papel decisivo en estos momentos cruciales. No sé qué piensan ustedes.