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El conocimiento al servicio del desarrollo humano


La disociación entre la teoría y la práctica, que es casi decir lo mismo, entre la reflexión científica y la acción, es una de las debilidades de nuestro sistema social. Esto parece no contribuir a superar las enormes carencias materiales y la exclusión de las oportunidades en educación, salud y participación que padecen cuatro de cada diez personas que viven en condiciones de pobreza en Panamá. Sin embargo, también son reveladoras las cifras del alto número de especialistas, estudiantes, docentes e investigadores en las aproximadamente 20 universidades oficiales y particulares, y otro tanto de centros educativos superiores no universitarios en el país. La escasa adecuación que existe entre la formación profesional, el conocimiento y la innovación tecnológica, a los problemas, políticas y proyectos destinadas a reducir la indigencia y la ignorancia, caracteriza el modelo de funcionamiento de nuestra sociedad.
Con frecuencia encontramos instituciones educativas que responden esencialmente al interés de trasmitir el conocimiento, marcado por un programa cuyos objetivos deben cumplirse en un período determinando. Este estilo de gestión académica hace abstracción generalmente de una realidad y de un entorno, en el cual se generan esos saberes y hacia los cuales deberían revertir mediante observaciones, prácticas educativas y profesionales y otras modalidades de intervención en favor de grupos humanos de mayor riesgo social.
Algunos estudios empíricos muestran que la formación que reciben muchos de nuestros estudiantes está centrada más en la memorización y repetición mecánica del conocimiento que en el análisis crítico, la reflexión, el pensamiento innovador, el razonamiento y el compromiso social. Igualmente, señalan que la planificación curricular en la institución y en el aula, incorpora pocos problemas, procesos y situaciones de vida cotidiana que tornen pertinente y den significado a los aprendizajes de los estudiantes y vinculen la formación y la escuela a la sociedad.
Esta separación entre el quehacer académico y la vida de las personas hace resaltar, por ejemplo, casos en que centros educativos que forman en diversas carreras y poseen una capacidad científica y tecnológica, funcionan en entornos caracterizados por la existencia de familias y comunidades que carecen de servicios básicos (educación, salud, viviendas...) o de otras facilidades como organización, capacidad emprendedora, información sobre producción, precios y mercados; o también de orientación sobre el problema de adaptación e integración social. Lejos de articular la educación al desarrollo humano, parece existir una brecha entre lo que se enseña y se aprenda en la escuela, con lo que necesita y demanda la gente y la comunidad.
La inadecuación del conocimiento no se manifiesta en una sola vía. También se espera que de las instituciones del gobierno, los sectores productivos y otras organizaciones de la sociedad, se abran los espacios, para incorporar a los profesionales a las nuevas ocupaciones, consultorías y asesorías técnicas e investigaciones. Todo ello contribuiría a lograr un mejor aprovechamiento del capital social y científico del país y a valorar el conocimiento como piedra angular en el desarrollo nacional.
La práctica social de nuestros profesionales merece ser considerada como un imperativo ético y ciudadano. Responde a una dimensión de la educación para el trabajo y para la vida, a un compromiso con la sociedad y a un pacto de solidaridad con los que más necesitan y menos oportunidades sociales han tenido. Es una noción con múltiples implicaciones. E. Ander Egg y C. Matus aportan diversos ejemplos sobre esta materia. Significa, por ejemplo, estudiar y explicar científicamente la realidad, identificar y jerarquizar problemas, las causas y sus efectos; plantearse alternativas y escenarios viables para actuar en el futuro; compartir información con los grupos afectados por los problemas y motivarlos a participar en la búsqueda de alternativas de solución; contribuir a crear o consolidar organizaciones para la atención de objetivos de desarrollo; analizar conflictos en las organizaciones y enseñar a superarlos; promover la identificación y uso creativo de los recursos; evaluar acciones y resultados de los proyectos e intervenciones sociales; integrar equipos de trabajo y promover métodos efectivos de trabajar; fomentar y vivir valores del trabajo, la honestidad, la convivencia respetuosa, pacífica y tolerante.
La práctica social es inherente a todas las profesiones y especialidades. Las personas profesionales de las ciencias de la salud, las ingenierías, el derecho y la política; la educación, la administración, la comunicación, las artes, la cultura y las humanidades; las ciencias naturales y exactas, las tecnologías, las disciplinas de la conducta y el comportamiento de las personas, de las relaciones sociales; solo por mencionar algunas, tienen un amplio campo de acción y responsabilidad con sus congéneres, mediante la acción social. Algunas de estas formaciones tienen una tradición secular en la práctica social. Mas, un elevado número de ellas aún se sostienen en un modelo formativo academicista, en donde la materia, actualizada o no, es lo fundamental, relegando su aplicación y relación con la realidad, a un papel marginal.
¿Por qué más profesionales de las ciencias sociales, pedagogos, economistas, ingenieros o médicos no intervenimos en el debate sobre las políticas de gobierno y los problemas socioeconómicos del país? ¿Por qué no planteamos, desde nuestras especialidades y áreas de acción, la visión y propuestas alternativas de acción en salud, desarrollo urbano, educación, economía, servicios básicos, delincuencia, igualdad de género, violencia, drogas, medio ambiente, entre otras? ¿Será que se carece de las competencias y la disposición para hacerlo? ¿O que la sociedad, los medios de comunicación y la organización social no facilitan los espacios para acometer esta trascendente tarea.?
Es necesario considerar que intervenir en el análisis y la solución de problemas complejos sin tener la formación y capacidad para hacerlo es un signo evidente de irresponsabilidad. Pero no intervenir teniendo el conocimiento y la preparación académica indispensable para ello, es un acto inadmisible de indiferencia e insensibilidad social. El futuro de Panamá depende en buena parte de sus mejores hombres y mujeres y de la capacidad que tengan de participar con sus conocimientos, actitudes y destrezas en la construcción de una opción de desarrollo humano sostenible. Un modelo educativo que forme las actuales y próximas generaciones con las competencias profesionales y la sensibilidad social necesaria, y una sociedad que les ofrezca los espacios de participación requeridos, podrán influir en forma decisiva en lograr el porvenir deseado.

101 años de Panamá América

 
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