default

El coraje de la decadencia


¡Yo os consagro marido y... marido! Empecemos por el principio. La Sagrada Biblia en su Génesis, nos cuenta que Dios creó al hombre varón y mujer, como ideal complemento de comunidad prístina. Luego, Mateo 19, hace referencia a que "el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su esposa y los dos serán como una sola carne", ennobleciendo su unión en matrimonio. Juan Pablo II, El Grande, que recién nos abandona, ha expresado en su Familiaris Consortio que "esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son", y nos dicen los teólogos que "en el cuerpo de Eva, Adán descubre la propia naturaleza, un ser que, también en su condición corporal, es a "imagen y semejanza de Dios", y que la "masculinidad y feminidad, la condición sexuada del cuerpo, el hecho de la dualidad varón-mujer como dos "conciencias complementarias del significado del cuerpo", permite al hombre superar los límites de su soledad en el mundo, haciendo posible la comunión interpersonal".
Siguiendo el curso de la historia, repasemos ahora la marmórea definición de matrimonio que nos legó Modestino, al final de la época clásica romana: Nuptiae sunt conjuctio maris et feminae, consortium ovnis vital, divini et humani juris communicatio. Es la unión del hombre y la mujer, implicando igualdad de condición y comunidad de derechos divinos y humanos. Justae nuptiae, justum matrimonium. Y no es porque lo dijese caprichosamente un tal Modestino, es simplemente que él cumple la importante misión de traducir un principio del derecho natural el cual es reflejo de la ley eterna sobre nuestra conciencia. Es el predominio de la razón. Es la lógica. Y, en igual sentido, con afortunada inspiración romanista, el artículo 26 del Código de la Familia define el matrimonio - por lo menos hasta que la Corte Suprema de Justicia decida lo contrario, adelantándose a ciertos impíos arrestos legislativos - como "la unión voluntariamente concertada entre un hombre y una mujer, con capacidad legal, que se unen para hacer y compartir vida común".
Es el derecho de las cosas. De resto, introducirle modificaciones al texto de la ley en cualquiera de sus elementos esenciales en punto de una de las más perfectas y sabias definiciones sería una enorme tergiversación. Sería, como por decirlo más gráficamente y en terminología de moda, un monumental torcido, no un camarón, sino una verdadera "langosta peluda".
Tuve el infortunio de estar en el ojo del huracán, en Toronto, la fatídica fecha del 10 de junio de 2003, cuando la Corte de Apelaciones de la Provincia de Ontario falló cambiando la definición ancestral de matrimonio al decir en mala hora que es "la decisión libre y voluntaria de dos personas para vivir juntas". Todavía retumban en mi cerebro las imágenes proyectadas por la T.V. reflejando el pintoresco espectáculo de dos hombres besándose en la boca, uno de ellos con bigote y todo. El primero en festejar fue el alcalde de Manitoba, quien de antes había ya adquirido licencia como padre adoptante, a sabiendas de su abierta condición gay. No solo en Canadá se cuecen habas. Bélgica, Holanda, los países escandinavos y la ahora socialista Madre Patria han tomado similar rumbo, dando mal ejemplo.
Y en medio de la euforia del momento, ahora exigen que, en virtud del nuevo orden de cosas, las "same-sex couples" tengan la posibilidad de educar a sus hijos - biológicos previos o adoptivos- de acuerdo con su particular esquema de valores, tradiciones y creencias. Es decir, harán de ellos los verdaderos "gays" del futuro, garantizando así la preservación de su especie. Y, obviamente, están de por medio las consecuentes implicaciones patrimoniales, hereditarias, inclusive la posibilidad de poner a trabajar los laboratorios y fórmulas in vitro - con ayuda externa, cuando toque- para que la pareja pueda tener y criar a sus hijos a su imagen y semejanza.
Pero no estamos discriminando a los gays y a las lesbianas. No somos homofóbicos. Ellos tienen todo el derecho a ser lo que a bien tengan y a vivir en pareja, de la manera más respetuosa y discreta posible. Merecen toda la consideración del mundo, pues en el fondo su condición es producto de una maraña de circunstancias genéticas, de educación distinta o de simples caprichos o desbarajustes de orden sexual, de difícil control racional. Su condición responde a un algo contra natura, a un grave desorden de la ley natural, como lo ha indicado la Iglesia, y siempre los habrá, hasta en las mejores familias. Pero no por ello pueden abrogarse el derecho de imponerse descarada y alborotadamente y erigir su condición arrastrando consigo a su paso todo el orden religioso, jurídico y el esquema de valores que informa lo más acabado de la civilización y que tanto trabajo nos ha costado mantener.
(*) Pontificia Universidad Javeriana.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América