default

El cuento del GPS



Los políticos, junto a los autobuseros, encontraron otra curita para la hemorragia socioeconómica que representa el transporte público en la ciudad capital: el sistema de posicionamiento global (GPS, por sus siglas en inglés). Casi un cuarto de millón de dólares costará la aventura, y el dinero saldrá de las arcas estatales, es decir, otra vez del bolsillo de los panameños.

Consideran los estrategas y transportistas que colocando un aparato de estos en cada bus acabarán las regatas, el mal trato a los usuarios, las llantas lisas, la falta de mantenimiento, el ruido excesivo, la aberración de los pavos, y la concupiscencia tanto de conductores como ayudantes.

Es cierto que con un GPS puede lograrse mucho, pero para que esto sea así es necesario contar una plataforma tecnológica de avanzada. El aparato por sí mismo de nada sirve. Para alcanzar los objetivos que ansían los usuarios, hay que poner a funcionar una sala de control desde la cual se monitoreé la posición de los autobuses, versus la cantidad de usuarios en las paradas en cada una de las rutas, de manera que puedan reubicarse los vehículos en aquellas líneas donde más se necesiten. Desde una sala como la sugerida, que funcionaría 24 horas, se vigila la velocidad del bus y puede detenerse el vehículo sólo apretando una perilla, si se excede de lo reglamentado, lo que elimina el peligro. Porque, ¿de qué le servirá al Gobierno saber a qué velocidad va un autobús si no puede hacer nada para detenerlo, o si se entera cuando ya los cadáveres están regados en la vía?

También puede el controlador enterarse de si el bus está detenido, averiguar por qué, y enviar ayuda si se trata de un robo, un daño mecánico, o indiferencia del prestatario del servicio, sobre todo en horas pico. Con el GPS podría funcionar lo que en otras latitudes se conoce como “botón del pánico”, que está a la mano del conductor y de los usuarios, y pone en alerta al cuarto de controles de que algo no anda bien.

Vemos que pensar en un GPS como herramienta solitaria, desconectada de un universo con mayores posibilidades, es un error. Es volver a gastar dinero en organizaciones que no generan confianza, y proyectan la imagen del burlador que pronto tratará de salirse del sistema, apagar el aparato y volver a sus andadas, mientras los usuarios ponen de su dinero para que otros sigan jugando vivo. Este pueblo no resiste una burla más.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América